Teatro Sobre Alma Mahler – Sinfonía de vida, arte y seducción, de Víctor Hugo Morales. LA CRIATURA LIED Es noche bien adentro del romanticismo alemán cuando nace la criatura. Franz Schubert le trae como presente la fusión perfecta entre poesía y música. La melodía vocal y el piano dicen cosas distintas, pero complementarias; el piano no acompaña, narra. Por su parte, Robert Schumann opina que no se debe olvidar la capacidad introspectiva de la recién nacida: es imperativo evitar que se pase la vida meta describir escenas de exteriores, sin ocuparse de los estados del ama. El tío Johannes Brahms opina que Schubert siempre es demasiado teatral, y ofrece sobriedad y densidad expresiva. Busca una emoción contenida, con gran trabajo armónico. ¿Y qué trae entre manos Hugo Wolf? Viejo lobo del mar de las palabras, llega henchido con la primacía absoluta del texto. La música se adapta minuciosamente a cada inflexión del poema: casi una declamación musicalizada. A esta altura no es sencillo saber en qué rama de este nutrido árbol genealógico se ubica Gustav Mahler. Pero es seguro que su intervención es ya sobre la niña crecida, en un tiempo en que la pequeña comprende que debe dejar de ser solo íntima, que puede volverse orquestal, cósmica, bordear la sinfonía. Lied, así la llama toda esta parentela de hombres que la miman, la buscan y admiran el modo en que este diálogo entre el piano y la voz, de a poco, encuentra perfiles sutiles, inesperados. Para Alma es el tiempo de antes de casarse. Su tiempo, entre1898 y 1901. Su relación con la muchacha Lied es íntima, de una economía expresiva propia de un vínculo donde la composición y la compositora se tratan de igual a igual, de mujer a mujer. Aún no lo saben, pero no se verán en muchas ocasiones. No más de 14 veces, algunas incluso después que Gustav, el marido de Alma, revocara su decisión de impedirle componer, casi sobre los escombros de su matrimonio. Sin embargo, cada encuentro es íntimo y no busca desarrollar grandes formas. El piano nunca construye un mundo autónomo, sino que sostiene a la voz. Habrá, eso sí, momentos de cromatismo suave, pero sin romper del todo la tonalidad. Nunca radicalidad ni contraste dramático, sí refinamiento. En cuanto a qué decirse, siempre eligen poesía de fraseo muy cantábile, con líneas vocales fluidas Lírica y concentrada, Alma. LA CIUDAD EN SILENCIO “De un lado de la escena, un escritorio con muchos libros, anotaciones y partituras. Del otro, un sillón. Detrás, la habitación que comparte con su esposo. suena Die stille stadt de Alma Mahler mientras ella escribe en su escritorio” (1) La composición La ciudad silenciosa de Alma toma el texto de un poema de Richard Dehmel (1863–1920), poeta alemán muy influyente en el cambio de siglo, especialmente en el ámbito del Lied, porque sus textos fueron musicalizados por compositores como Richard Strauss y Arnold Schoenberg (el famoso Verklärte Nacht está basado en un poema suyo). Dehmel fue muy leído y también estuvo en el centro de muchos escándalos en su tiempo, ya que algunos textos suyos fueron censurados por su contenido erótico. Es de suponer que Alma Mahler percibió en este poema su lenguaje “musical”, ese que trabaja con atmósferas y no con narraciones cerradas. Una emoción, un estado de ánimo, una introspección que ella habitó desde adentro de la música. En la obra de Víctor Hugo Morales y en una primera entrada escuchamos el piano, no la letra. Sin embargo, una atmósfera sugiere algo en proceso de apagarse que recuerda al texto del poema. Y podríamos, por qué no, hacer conversar las dos escrituras: Dice el poema: “Hay una ciudad en el valle, /un día pálido se extingue;/no pasará mucho tiempo más/hasta que ni luna ni estrellas queden” (2) Y retruca la dramaturgia, troca la ciudad en el valle en vivienda aislada, en la palidez de una existencia de umbral: “Yo estaba allí. El lago, el bosque y Mahler, que salía de la cabaña solitaria hacia la casa. Y yo, a mitad de camino, como sería siempre” Pero insiste el poema: “Hay una torre que se eleva/desde un mar oscuro de casas;/una tarde silenciosa se congela, y ya no hay ninguna voz”. Una voz silenciada por años, ensombrecida, eclipsada por la luz de un dios sombrío: “Él venía con su manuscrito en la mano, sombrío como el bosque oscurecido por el atardecer, pero con un rayo de sol, atravesando los árboles y su rostro, como si fuera un haz divino de luz. Era Dios, él sentía que era Dios, mientras yo sostenía la cruz”. La luz torna de pronto crepuscular en el poema de Dehmel, es luz que canta una distancia y se escurre: “Un barquero pasa de largo/y canta una canción tan suave;/resuena tan dulce, tan extraña, a través del círculo del crepúsculo”. Luz de dar a luz, luz que suena desde un jardín que se habita en soledad: “Entendí que había terminado la Quinta Sinfonía. Hacía más de dos días que había escuchado el adagietto desde el jardín. Me dio los papeles y me miró el cuerpo embarazado. Él paría su obra más conocida y yo a su primera hija. “ Pero el poema persevera en mutaciones: “Escucho su canto, / y algo en mí se vuelve extraño;/como si la ciudad quisiera hundirse en un sueño profundo”. Y la dramaturgia hace el eco de ese hundimiento, al bajar una pequeña cuesta, o una pendiente muy pronunciada: “Él siguió brevemente su camino, bajando la pequeña cuesta y me quedé con la partitura en mi mano (…) Era lo que yo tenía en mis manos, como depositaria, ese era el rol de una mujer. Sobre todo… de su mujer: ama de casa y copista de su obra Silencio, crepúsculo y lejanía, un estado del alma difuso, espectral. La música toca el cuerpo. El silencio resuena a un dejarse ir en un aturdimiento íntimo, donde Alma ya no coincide del todo con su alma. Todo, mientras la ciudad se hunde en su sueño. AMAR POR EL AMOR “Si amás por la belleza,
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