Sobre “Fugaz, el latido del tiempo”, en Espacio Aguirre SOBRE- SALTOS El sobre tiembla por anticipado en la mano. Aún no ha llegado la carta y la piel ya preanuncia el encuentro. Es la memoria del tacto cargada de letra manuscrita, del pulso de ese querido o querida lejanos, que al solo impulso de la caligrafía achican distancias. Hay algo profundamente extraño en toda espera, también en esperar una carta. Erramos entre momentos inalcanzables: la imaginación reconstruye escenas que jamás ha visto: la del emisor sentado a su mesa, la espalda curva, el cuerpo entero entregado a la tarea de dejar correr la tinta, o a la fuerza toda puesta en teclear letra por letra, con la ilusión de que alguna letra sobre el papel conserve huellas de lo latido entre las manos. Un denuedo digital, un acecho tras un destino siempre en fuga. Pero también se nos escurre el tránsito, la danza frenética de la carta entre tantas otras, embolsada o encajonada, zarandeada o enclaustrada, en bodegas, en recipientes, en enormes vehículos que transportan del mismo modo la ilusión de una palabra que un cargamento de pólvora. Poco a poco, el viaje será solo un rastro de la travesía sobre la delicada finura del papel del sobre. Pista, traza, fragmento de tiempo que busca la astilla de haber sido doblada, ensobrada, clasificada, conducida. ¿Qué harán las palabras en ese mientras tanto, en medio de semejante astillerío?, ¿tendrán la osadía de tergiversar la letra?, ¿se animarán a la travesura de pretenderse autoras o novelistas? Fugaz, el latido del tiempo, en Espacio Aguirre, sucede precisamente en ese territorio: un correo antiguo, un lugar atravesado por curvas inesperadas, bucles, torsiones de la espera, vuelta ella misma un acontecimiento. Porque, cuando esperamos una carta, no esperamos un objeto. Esperamos un embajador, un retazo de la falta, un pespunte de un género que, aunque se pretenda objetivo, es siempre un poco de ficción. La forma de la voz vuelta grafía. La letra a punto de hablar o el timbre justo en el momento en que renuncia a decir. EL RELOJ HA CADUCADO “El despertador ha caducado. Por su inercia cobra vigencia una mosca, entre un sol y otro, entre un sol y otro, pero no más de dos” – El abandono y la pasividad, Antonio Di Benedetto Nadie sabe qué es el tiempo. Platón lo llamó la imagen móvil de la eternidad. Aristóteles lo ató al movimiento: es el número del antes y el después. San Agustín lo volvió íntimo. Si nadie me lo pregunta, sé qué es el tiempo; si me lo preguntan, no lo sé. Spinoza afirmó que todo ser finito dura y transcurre. Pero, mediante la intuición, también participa de la eternidad de la naturaleza. Por un instante, somos devinientes y eternos a la vez. Kant cambió la pregunta. El tiempo no está ahí afuera. Es la forma en que podemos experimentar cualquier cosa. No vivimos primero y después ponemos lo vivido en el tiempo: vivimos ya dentro de él. Bergson se rebeló contra el reloj. El tiempo que se puede dividir en segundos, minutos, horas no es el tiempo que vivimos. La verdadera experiencia es duración: un presente cargado de pasado, un instante que no está solo, una continuidad en la que todo se transforma. El tiempo no se cuenta: se atraviesa. Einstein hizo caer el reloj universal. Ya no hay un único tiempo para todos. El tiempo se estira, se contrae, depende del movimiento. Espacio y tiempo pasan a formar un mismo tejido: el espacio-tiempo. Y después, la física cuántica volvió a abrir la grieta. En el fondo de la materia, nuestras intuiciones sobre continuidad, simultaneidad, causa y efecto ya no se sostienen tan fácilmente. Tal vez el tiempo no sea aquello que creíamos medir con tanta seguridad. La pregunta está por siempre abierta. Nadie sabe qué es el tiempo. Y, sin embargo. HABITAR LA ILUSIÓN Nadie sabe qué es el tiempo. Así que podemos pensarlo como una dimensión a habitar. A veces, nos desalojan. Nos exigen la paga que nunca terminamos de saldar. Se trata de una deuda que cotiza preocupación sin ocupación, deberes, reclamos, urgencias. El tiempo es entonces un cuerpo aplastado, extenuado. El tiempo es el aire que quisiera desear, pero ha perdido o vendido su deseo. Sin embargo, regresamos, siempre regresamos a esa casa migrante a la forma en que el deseo se afirma. Así, ocho horas de trabajo en una oficina de correos son también la chance de encontrar una temporalidad distinta dentro de los transcursos. Y en esa curva conspirar, enamorarse, acechar un candidato, alimentar el calendario de la ilusión: ese aliado del tiempo vivido, ese enemigo del tiempo administrado. HABÍA UNA VEZ Había una vez una ajetreada oficina de correos. La hora libre se llenaba con la ocupación de aprovecharla. Y la hora de servicio, con la tarea de esperar la hora libre. Así, casi sin advertirlo, el tiempo se transformaba en mercancía. El lenguaje mismo era cómplice: perder tiempo, ganar tiempo, ahorrar tiempo, aprovechar el tiempo, invertir tiempo. El lenguaje mismo era la salida: ¿dónde quedaba “había una vez”, y hace cuánto? Hace mucho, mucho tiempo, ¿resulta una extensión medible? Una vez. Una vez. Esa vez que se reedita y se instala en el presente en cada ocasión que digo “había una vez”. Había una vez, como un grito de rebelión de todo mundo extinto, reaparecido como cuento o relato o desesperación de la memoria. Había una vez, una frase preñada de futuro. SALA DE ESPERA Y entonces sucede la rebelión. La espera no quiere ser antesala de lo que sigue. Se permite expandir su presente, no necesita ir hacia el futuro para moverse. Hay que caminar la espera, de una punta a la otra de la habitación. Hay que escribir la espera. Querido: te escribo para decirte… Mejor, no, así no va. Probemos la informalidad: Hola, te quería preguntar… No, no, muy vulgar…. Esta, esta sirve: Amiga, tan recordada…uf, demasiado exuberante. Vamos al grano, digamos algo con verdad. Ustedes,
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