En el Día del Periodista, un encuentro que atraviesa el tiempo: Alfredo Zitarrosa, joven y tembloroso, frente a Atahualpa Yupanqui. Una etiqueta de cigarrillos, treinta páginas y una conversación que atraviesa el tiempo. Había llovido en Cosquín aquella tarde de enero de 1966. Un joven periodista uruguayo y principiante cantautor estaba cubriendo el festival cordobés y quería entrevistar al, por entonces, más importante cantor popular que había dado esta tierra. Las piernas flacas y largas le temblaban camino al hotel. Lo admiraba profundamente y no quería dejar de preguntarle nada con respecto a la música, pero también ahondar sobre su ideología y pensamiento latinoamericano. Luego de la charla de un día y una etiqueta de cigarrillos, transcribió la conversación, que sumaba 30 páginas, y la redujo a seis a fin de publicarla en el semanario Marcha de Uruguay. Al comienzo, crónica la actuación de Don Ata en el escenario (hasta ese momento sin nombre): «Hubo que verlo subir al escenario, sentarse allí, delante de una concurrencia monstruo, atravesar la guitarra zurda y acomodar en ella sus dos manos cuarteadas, torcidas como las manos de un reumático, para preludiar una milonga en re menor. La noche del debut, el domingo, cantó las ‘Coplas del payador perseguido’, una versión nueva, de duración reducida, con algunas coplas recién hechas. Sobre la plaza bajó un silencio hondo, que sólo se rompió con el aplauso estruendoso del final…» Desde 1972, el escenario de Cosquín lleva el nombre del entrevistado, quien escribió 9 libros y dejó una herencia poético-musical para el país que alcanza para abastecer, por algunos siglos, a un mundo entero. El periodista y cantor se fue muy joven para el silencio; la censura y las sombras de un país lo ahogaron en el humo de la soledad. Hoy, Día del Periodista, me gustó resumir y recordar —con algunas pinceladas de mi imaginación— ese encuentro. Atahualpa Yupanqui entrevistado por Alfredo Zitarrosa «Hoy por hoy, don Atahualpa Yupanqui es uno de los más controvertidos creadores populares del Río de la Plata. Porque vive en París, porque está viejo, porque ‘uno cree que no cambia y que cambian los demás’. Lo mismo que sería imposible remover una montaña sin demolerla, la historia de sus ‘renuncias’, de su ‘envidia’, de su ‘malhumor’, de su ‘divismo’, tan larga ya como reiterada y mejorada en cada tramo por sus detractores de ayer y de hoy, no ha bastado para abrir siquiera una fisura de su bien ganada fama mundial y permanente. La fama en el caso de don Atahualpa abarca significados más hondos, sobrevive a innumerables contingencias a lo largo de cincuenta años de canto y guitarra campesinos, que ocupan en su voz y por gracia de su sensibilidad casi todo lo que va del siglo. (…) Don Atahualpa es un hombre cercado, desde hace mucho, principalmente por su notoriedad, que no ha sabido superar. No nació para lucir smoking y animar la fiesta, firmar autógrafos, recibir aplausos. No goza con eso, no puede. Nació para crear, con humildad y obstinación; para elegir con certeza, entre todas las canciones posibles, la más bella, la más honda para la mayoría, la más antigua, la menos suya. (…) Los que amamos su arte y los que no, los que amamos su integridad de artista y los que siempre van a encontrar en el payador perseguido un peronista, un mal poeta, un comunista renegado o cualquier otra cosa que puedan despreciar, odiar u olvidar sin recato, especialmente los cantores, somos culpables de su soledad. Hoy, allá en París, lejos de su hijo, de sus caballos de andar, lejos del piano que supo tener, esa soledad que él no pudo aborrecer y que le ayudamos a tejer en su torno, lo envuelve como un capullo seco, apenas traslúcido. (…) El Atahualpa de hoy difícilmente hablará bien de nadie o de sí mismo. Estará siempre a la defensiva. Incurrirá en vanidad o será injusto, aun hablando de la justicia o de la vanidad, esa deformación. Se sentirá burlado, avasallado, herido o halagado y reaccionará siempre igual, valido de su rara inteligencia, con una frase corta, cuyo sentido es claro, muchas veces mordaz, siempre sentenciosa, a veces amable pero impersonal. Y será profundamente antipático para el que lo envidie o para el adulón; enternecedor o ambiguo, esquivo según el interlocutor. ‘Divo’ siempre, buscará centrar la atención sobre sí mismo y sobrellevará con tozudez de indio puro el esplendor del que brille más. Pero va a ser difícil, siempre ganarle a la carrera.» (…) Conducta —(…) Es muy delicado cantar, paisano. Porque mal se pueden cantar canciones con sentido social, si en el fondo de su alma o en la conducta diaria no hace más que hacerse mantener por una vieja rica o tener un Mercedes. (…) Es más honorable el ciego que vende lápices en una esquina, que el cantor que anda diciendo por ahí que la tierra y el hombre, y el obrero, y el minero… y resulta que cada año cambia el coche… ¡Hay algo falso ahí! —¿Usted toca la guitarra todos los días, maestro? —No, nunca… muy pocas veces. (…) Leo todos los días, pero no toco la guitarra. Porque me di cuenta de que no voy a aprender más de lo que he aprendido, por los años que tengo, tengo mis manos endurecidas, tengo una técnica defectuosa, un montón de defectos guitarrísticos… En cambio me hace mucha falta aprender de la vida, cosas… —¿Y esos dos mil temas folklóricos que usted dice? —Esos los tengo acá (señala la cabeza)… los publicaré alguna vez. He vivido mucho, he caminado mucho. ¿Yaravíes del Perú? Me animaría a jugarle a un indio del Cuzco, a quién sabe más sobre yaravíes, si él o yo. (…) He vivido con el indio, en Bolivia, he arado la tierra con él y sé lo que es trabajar, lo que es llorar y lo que es rezar… He visto muchos rituales que no conoce la gente. (…) No es el hecho de aprender sólo… un disco, cuatro
Read More