“Unidad básica”, dirigida por Pompeyo Audivert y Andrés Mangone.
Teatro Sobre “Unidad básica”, dirigida por Pompeyo Audivert y Andrés Mangone. Hurgar en el vacío para llegar a la unidad básica, al mínimo ladrillo que constituye todo lo que existe y encontrarse con el infinito. Una partícula subatómica se subdivide en otra y esta, en otras, y cada vez que creemos llegar a la originaria, una explosión, una perseverante creación de mundo se obstina en particiones. Y lo que se parte parte, zarpa. Va hacia otro encuentro, hacia otra forma, hacia otra historia. Pero, si la historia padece de aferramientos, aunque el movimiento continúe, la potencia se estanca. Así pasa cuando lo originario está perdido. En Argentina, “unidad básica” remite a la célula mínima de organización del peronismo. No es un origen abstracto, sino un origen encarnado, conflictivo, construido y atravesado por luchas. Pero, se sabe, todo relato histórico incluye la trampa de un origen pleno. Porque, al igual que sucede a nivel de las partículas, lo originario está marcado por el desconocimiento, por un desfasaje, por un tiempo que es siempre antes o después. Así, nunca resulta una unidad, sino algo que se revela como fallado. Por eso, unidad básica puede leerse como resto mínimo, como la ruina que permanece después de una fractura, a la vez que resulta una ficción necesaria, la necesidad de recomponer una totalidad que no existe. Podríamos decir, la unidad no se rompe después, sino que ya nace dividida o dividiéndose. Y en esa dirección va la obra que se puede ver los domingos a las 18:30 en el Centro Cultural de la Cooperación. Lo básico de esta unidad es el punto de condensación de una pérdida, aquello que se invoca para suturar una división constitutiva, tanto en lo político como en lo subjetivo. ¿DÓNDE ESTÁ LA ENTRADA? Para la filósofa y psicoanalista Anne Dufourmantelle, la obsesión por la seguridad, por cerrar, por hacer Uno termina por separarnos, desterrarnos, exiliarnos de nosotros mismos. En cambio, frente a la unidad como totalidad, propone la dulzura: estar con otros sin reducirlos a lo mismo, un vínculo sin fusión. Y es evidente que Pelusa y Beto no leyeron a Dufourmantelle. Ha habido un golpe, Perón cayó o volvió a caer. Ellos fugan no se sabe de dónde ni muy bien hacia dónde, aunque el destino declarado e imposible sea la Antártida. Ha habido un golpe que los ha golpeado mucho y ambos están heridos. Y, mientras llegan a una primera estación del exilio -una unidad básica en Comodoro Rivadavia-, disputan por la heroicidad de sus heridas. Beto actúa como si la militancia consistiera en apretar los dientes y ser obedecido. Y Pelusa, sumergido en su herida, vacila entre el mandato y la renuncia. Los dos sangran. Pero Pelusa no puede más. Cuando un cuerpo grita que no puede más y el compañero le pega en la herida, el exilio ya está consumado. Sin embargo, ambos merodean en las afueras, como quien dice en el purgatorio- antesala del exilio. Así las cosas, ¿dónde está la entrada del exilio si, como afirma María, “ya no estamos en el país, señor”? Por su parte, María, Pedro y Oscarcito, -guardianes o pretendidos guardianes de la Unidad básica 3219; familia o rejunte; madre, padre e hijo o tres formas de la desolación y la servidumbre- habitan su propio ostracismo: “todo está inundado, el agua bloquea las salidas”. Para peor, “Ha habido una fractura”, “Ha habido traiciones”, “Ha habido renuncias para evitar males mayores”. Y, mientras unos ofrecen refugio, los fugados se tiran cuchilladas de muerte: un hábito de vínculo, que pretende no tener más consecuencias que un empujoncito. Así, la simplicidad de un “Perdóname, no es nada, vamos, compañero” indistingue vivir y morir. Así ocurre en la desolación, cuando el puente con el mundo y con ellos mismos se ha quebrado. Entonces, los exilios se superponen dentro de la unidad que se ha vuelto demasiado básica. Y, cuando Beto y Pelusa atraviesan el marco que une el interior con la inundación, solo Oscarcito, -¿el niño, ¿el viejo aniñado?, ¿el indio vuelto peón?- parece poder comprender qué ve a la distancia. Más silencioso que el resto, Oscarcito merodea su infancia inquieta, habla poco, aunque al circular entre los demás traza el hilo indispensable que une todos los exilios truncados. Oscarcito recuerda tanto al Clov de “Habitación Macbeth”, que una sospecha en un momento si detrás del vano de esa puerta no estarán dando otra función. Lo que es seguro: por ahí no se entra al exilio definitivo. EN LA RADIO NO HABLABAN DE TI El retrato de Perón y Evita ha sido cubierto con un mapa de la República Argentina, es decir, de un país que ya no existe, que va hacia el exilio de sí. Para colmo, cuando sopla el viento del sur, no hay forma de distinguir entre las ráfagas contra las chapas, la vibración de una frecuencia abierta de la radio y el jadeo de un animal recién despierto: “la respiración gigantesca que no termina más y pasa por encima”. El viento contra la chapa reedita el golpe a Perón y corta toda posibilidad de contacto: “Atención, aquí Unidad Básica 3219. Creemos tener los circuitos de recepción fundidos más no los de trasmisión. Asumimos estar siendo escuchados y no tener retorno, repito, no tenemos retorno, pero aún podemos trasmitir”. No hay retorno, entonces, porque lo que ocurrió aún ocurre como herida: “Perón murió hace rato” “Puede ser, pero el dolor no acaba”. Y, si el dolor se instala, el tiempo del reloj está abolido o es un secreto que solo María custodia a modo de afrenta o venganza contra ese hombre que no ha hecho más que ponerla en peligro con sus ilusiones radioaficionadas. También el espacio perdió sus coordenadas. Solo resta “viento, cenizas en el viento”, y un zumbido, como toda señal de un contacto. En el fondo del derrumbe, apenas persiste una vibración que conduce a otro fondo y a otro fondo: “La única verdad es la realidad María, por más que sea mentira”. LA MUERTA QUE
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