Con el estreno de “Charlie y la fábrica de chocolate”, el teatro musical de cuño internacional realizado en Argentina ya transita un nuevo acontecimiento. De la historia plasmada a quienes hacen posible su puesta, puede apreciarse un modo de no arriar las ilusiones y poder encarnarlas.


En tiempos donde la realidad se dirime a partir de números y resultados, la apuesta local por un teatro musical de nivel planetario y el mensaje que destila “Charlie y la fábrica de chocolate” se complotan para entregar un mensaje de signo diferente con los sueños como motor.
La impronta de esta jugada no solamente atraviesa el espíritu artístico de la versión que estalla sobre las tablas del porteño Teatro Gran Rex sino que alcanza a la tríada de productoras Ozono, MP y Los Rottemberg que -bajo licencia de Music Theatre International- están haciendo posible (desde 2023 con el estreno de “Matilda”, primero de los cuatro títulos lanzados desde entonces) que un género tan caro como riesgoso esté renovando un suceso con más de 30.000 entradas vendidas de antemano en una escena argentina atravesada por crisis y carencias.
Y es que más allá de las características particulares del Willy Wonka que el autor Roald Dahl trazara en 1964 y al que Agustín “Rada” Aristarán le adiciona una hilarante humanidad, la pieza que desde el 4 de junio se ofrece en Buenos Aires es una celebración del poder de la fantasía para modificar las cosas.
Especialmente centrada en la figura del niño Charlie y su menesterosa existencia junto a una madre viuda (Mery Del Cerro) y a cuatro abuelos postrados (entre ellos Joe, a cargo de un frenético y cálido Sebastián Almada) y con Aristarán-Wonka asumiendo además el rol de un vendedor de chocolates de la afamada marca en una tienda barrial en un rol donde le añade matices a sus recursos interpretativos, la trama luego se dispara a una historia conocida con la puja del quinteto de infantes y su respectivo acompañante adulto (donde descuella Dolores Ocampo en la piel de la adictiva Sra. Teavee) buscando obtener el premio que prometía el pasaporte dorado incluido en algunas de las golosinas Wonka.

Con dos versiones en cine (una de 1971 dirigida por Mel Stuart y encabezada por Gene Wilder y otra de 2005 donde el universo de chocolate cayó en las oscuras manos de Tim Burton y su actor fetiche, Johnny Depp) y un dispar paso teatral por escenarios de Londres y Broadway, ahora llegó al país con una potencia y un impacto que augura un nuevo éxito con trazos vernáculos en la línea de la citada “Matilda”,“Scholl of Rock” y “La Sirenita” que superaron el medio millón de entradas vendidas en los tres inviernos anteriores.
“Charlie y la fábrica de chocolate” contó con adaptación de Marcelo Caballero y Juan Pablo Schapira y dirección del propio Caballero junto a Ariel Del Mastro y comandando una puesta impecable a la que solamente le faltó el plus de delirio con que Burton supo dotar a los Oompa Loompa, esos seres pequeños que sostienen la infraestructura de la factoría dulce de Wonka.
Para lograr la puesta a punto de la maquinaria de emociones propuesta, la obra apela a más de 20 artistas en escena, cuenta con cuatro elencos para cubrir los roles de infancias, se nutre de ensayos diarios de hasta siete horas y apela a un despliegue técnico y creativo (que incluye el ascensor de cristal surcando el cielo de la sala) a contrapelo de ajustes y recortes.
El triunfo de Charlie (asumido –de acuerdo a la función que toque en suerte- por Juan Martín Flores, Mateo Argibay, Camilo Aizenberg o Dante Barbera) no es solamente la victoria del bueno de turno tal como Hollywood y la industria del entretenimiento nos tienen acostumbrados sino un canto a la imaginación que viene a cuestionar la férrea lógica de la era de la motosierra donde todo –hasta lo esencial- es considerado un gasto y, en esa estela, saluda el empeño de no dejar de promover una industria cultural que da lugar y visibilidad al talento nacional.
La pieza que postula como lema “a veces hay que creer para poder ver” se extenderán hasta el 2 de agosto con una grilla que prevé funciones los miércoles, jueves y viernes a las 20, los sábados a las 15, 17.30 y 20.30 y los domingos a las 15 y a las 18.

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