El ensayista Alejandro Horowicz, autor de Los cuatro peronismos, pasó por Después de la deriva. Habló del medio siglo de continuidad que va del Rodrigazo a Milei, de la derrota como un lugar desde donde pensar y de El huracán negro, el libro que está escribiendo.

Primero sonaron canciones, y después la batería de Tomás Batista, que abre cada semana el espacio que Después de la deriva bautizó con nombre de pregunta: Después de Milei. Esa noche, del otro lado de la mesa de Revuelto Radio, estaba Alejandro Horowicz, vecino de la casa, junto a Sergio Arboleya y Ale Simonazzi, invitado a ser parte de la charla. La consigna del segmento no es adivinar qué viene, sino entender cómo llegamos hasta acá. Horowicz no dudó con la primera: “Sí, hay vida después de Milei. El problema es de qué calidad”.
Ensayista, doctor en Ciencias Sociales por la UBA y titular desde 1997 de la cátedra Cambios en el Sistema Político Mundial en la carrera de Sociología, Horowicz (Buenos Aires, 1949) publicó en 1985 Los cuatro peronismos, un libro que todavía se discute. Pasó por las redacciones de Primera Plana, La Opinión, Clarín, Perfil y Tiempo Argentino, y escribió, entre otros, El país que estalló, Las dictaduras argentinas y El kirchnerismo desarmado. Habla con fechas exactas, nombres propios y una ironía que no da tregua.
Medio siglo de continuidad
Para Horowicz, lo de hoy “no empezó la semana pasada”. Su lectura es doble. Por un lado, el 2001 “no pudo parir un nuevo orden político”. Por otro, el orden vigente arranca en 1975, con el Rodrigazo, hace más de medio siglo. Y para que no quedaran dudas fue a los documentos: el decreto que firmó María Estela Martínez de Perón en febrero de ese año para intervenir militarmente Tucumán, con la orden de “neutralizar y/o aniquilar” al enemigo subversivo, y el que firmó en octubre Ítalo Argentino Luder, a cargo del Ejecutivo, que extendió esa orden a todo el país y dejó en pie solo el aniquilar. “Subversivo es todo aquel que a mí se me cante”, explicó. “Si me parece que el modo en que vos cantás es subversivo, lo sos.”
De ese punto al plan de Martínez de Hoz y a la Ley de Entidades Financieras de 1977, “que está vigente”. Después vino el 83, el Juicio a las Juntas y, en su lectura, una teoría de los dos demonios que no nació del prólogo del Nunca Más sino de una decisión del propio Poder Ejecutivo: servía para desresponsabilizar al conjunto de la sociedad. “La continuidad no es analítica, es empírica y fáctica”, resumió. Su método, dijo, es simple: poner los patitos en orden, sumar donde corresponde sumar, restar donde corresponde restar. “Y el resultado es Milei.”
Al volver al viejo barrio
Al referirse al cuarto peronismo, la categoría que atraviesa su obra, Horowicz lo hace arrancar con la muerte de Perón y el final del plan de José Ber Gelbard, el hombre de la Confederación General Económica, cuando empezó “la calesita de los ministros”; el Rodrigazo fue la continuación de esa política. Dentro de ese mismo ciclo entran el menemismo y el kirchnerismo, al que dedicó El kirchnerismo desarmado. La larga agonía del cuarto peronismo (Ariel, 2023). Cuando salió, contó, los kirchneristas se enojaron bastante. Él se acordó de una lección de Jacobo Timerman: “Los que tienen que putear son los que leen, no los que escriben”.
Y para los que todavía sueñan con volver, eligió un tango. “El barrio es el barrio de la memoria de cada uno”, dijo, y en ese barrio el único retorno posible “es musical, literario, poético”. El que crea en otra operación retorno tiene que saber que fracasó en 1964, cuando el avión de Perón quedó detenido en Río de Janeiro, y que fracasó siempre: el mundo de 1946 no era el de 1991, el de 1991 no era el de 2008, y el de 2008 no es siquiera el de hoy.
La picana en el ropero
Sergio trajo una idea que unas semanas antes había dejado en el programa Miguel Mazzeo: que el Nunca Más también fue un nunca más a la insurrección popular y a cualquier horizonte de cambio. Horowicz la llevó a una imagen. El pacto democrático consistía en “yo guardo la picana en el ropero y vos guardás la transformación social en el museo”. El intento de asesinato de Cristina Fernández de Kirchner, en septiembre de 2022, demostró que ese pacto “está roto hace un rato largo”. ¿Por qué lo respetarían entonces los derrotados?
La palabra derrota volvió una y otra vez. Para Horowicz, la derrota en el cuerpo de uno es “la decisión de que la propia experiencia no es fuente de conocimiento”. Pero no es un terreno arrasado: es uno que obliga a pensar. Citó a Walter Benjamin y la tarea de volver a peinar las batallas, para ver “dónde metimos la gamba hasta el cuadril” y llegar mejor armados a la próxima. Sin esperar repeticiones: “La historia, cuando se repite, no se repite”.
Un helado a la parrilla
Alguna vez él mismo había definido al gobierno de Milei como un helado a la parrilla, y le preguntamos si el helado resistió mejor de lo esperado. Respondió con su abuela, “una persona mucho más desconfiada que yo”, que le había enseñado que no alcanza con mirar si arriba de la parrilla hay carne: hay que mirar si abajo hay fuego. Como no hay fuego, el helado se derrite, pero despacio. Y al mismo tiempo se achican los otros helados, en un sistema de “peceras electorales donde gana el que pierde menos votos”, con niveles de abstención récords en la historia.
Repasó los números de 2015 y 2019, cuando el Frente de Todos ganó con menos votos de los que Macri había sacado cuatro años antes, y el caso francés, donde Le Pen nunca ganó una presidencial pero logró que la agenda fuera la suya. De esa lectura sale su desconfianza frente a los frentes de unidad: “Alberto Fernández era la unidad popular, ¿se acuerdan?”. Sobre la izquierda distinguió con cuidado: dijo respetar a Myriam Bregman, con quien tiene diferencias políticas, y discutió la idea de que el aparato del Estado responda solo porque cambia quien preside, en un país donde, según sus cifras, treinta grupos concentran el 70% de las transacciones. Tampoco ahorró ironías para quienes reducen la política a un problema de comunicación: “¿Te imaginás al coronel Perón limándose los dientes para salir bien en la sonrisa?”.
De abajo hacia arriba
Al preguntarle sobre la cantidad de luchas populares en los territorios que pasan por el aire de Después de la deriva y la posible conexión que las convierta en la construcción de abajo hacia arriba que él reclama, Horowicz respondió que “No está escrito en el cielo, ni que vaya a pasar ni que no. La derrota de 2001 todavía pesa». Y la fórmula “los muertos los ponemos nosotros” significa, en el fondo, que unos ponen los muertos y otros ponen la política. No alcanza con la riqueza del movimiento social: hace falta que esa conexión exista y sea capaz de organizar una estrategia. Recordó a su amigo León Rozitchner: “La filosofía piensa cuando la calle camina”.
“La política no es una actividad de profesionales, es una actividad colectiva”, insistió, y pidió dejar de esperar al próximo Mesías. “No sabemos por dónde va a saltar la liebre, pero sabemos que va a saltar.” Brasas hay, dijo, y si se las sopla bien hay fuego. Cuando llega el ventarrón, si el fuego está prendido, la pradera se incendia.
El huracán negro
El último libro, Plaza tomada (Marea, 2025), un volumen colectivo que compiló a los ochenta años del 17 de Octubre, con textos de Felipe Pigna, María Pía López y Diego Sztulwark, entre otros. Antes habían salido El huracán rojo. De Francia a Rusia 1789-1917 y Lenin y Trotsky: los dragones de Marx (Crítica, 2024). Ahora escribe El huracán negro, sobre lo que llama la guerra civil europea entre 1917 y 1939, en la que el fascismo no fue derrotado sino que venció, en Italia, en Alemania y en España. Su tesis es incómoda: “El fascismo no fue derrotado. Alemania fue derrotada”. Y la victoria militar soviética fue la de la defensa de la patria, no la del socialismo. “Hemos comprado los análisis soviéticos como si fueran los análisis”, admitió, “y me estoy incluyendo”.
En el medio dejó una definición que le cabe a él mismo: uno tiene la edad de sus arterias, pero la edad que de verdad define es la capacidad de aprendizaje. “Cuando uno perdió esa capacidad es un viejo, tenga 20 o 83.”
La pasión
En la despedida le dijimos que disfrutábamos la pasión con que transmite lo que estudia. La respuesta llegó rápida: “El cristianismo es de la compasión. Yo soy de la pasión”. No puede tomarse en serio, explicó, a nadie que no esté apasionado por lo que hace; la distancia gélida con el objeto queda para los que estudian neutrones. En las ciencias sociales, “dialogás con tu objeto, y ese diálogo no puede no ser apasionado, porque te va la vida en eso”.

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