
Florencia Dávalos convocó a la primera edición de La Dávalos, una peña en homenaje a la obra de su padre Jaime, en Galpón B. Dos horas de música, danza y comunidad, con Mónica Pacheco y Tomás Lipán -entre otros- como invitados, y un cierre coral que reafirmó un legado que se sigue escribiendo.

Convoca el encuentro en torno al nombre de uno de los poetas imprescindibles del cancionero popular. Aquel que «le puso palabras al silencio de su pueblo»: don Jaime Dávalos. Es Florencia, cantora y compositora, hija menor de Jaime, quien propone esta reunión alrededor de ese fueguito de palabra y canción que habita nuestra memoria de pueblo. Anoche fue la primera edición de la peña La Dávalos, una propuesta cuidada en cada detalle —la música, el baile, la puesta, los artistas—, mucho trabajo y amor que fue devuelto en aplausos y sala llena.
Un galpón hecho ronda
Galpón B es un espacio ideal para este tipo de encuentros, donde lo colectivo prima por sobre lo individual. Se respira el hacer cooperativo, anfitrionando propuestas diversas con los brazos abiertos. No es casual que Florencia haya elegido este lugar para la primera edición: la peña, tal como la pensó, es un espectáculo que convoca a la ronda, y Galpón B sabe abrazar estas propuestas con calidad y calidez.
La noche arrancó con «Orillas del Xibi-Xibi», esa hermosa poesía de Dávalos que compara el latido acelerado del corazón con el acto rítmico de la lavandera golpeando la ropa contra las piedras del río —el mismo Xibi-Xibi que atraviesa San Salvador de Jujuy. Florencia en caja y voz, Manu Navarro en guitarra y voz, Mariana Mariñelarena en percusión: trío que anfitrionó la noche y regaló «Corazón alegre», bailecito de la dupla Falú-Dávalos, y «La Hilandera», hermosa letra del libro de poemas inéditos de Jaime que Florencia musicalizó con gran sensibilidad, conectando con el corazón del poema.
Jaime Dávalos murió en 1981, cuando Florencia tenía apenas once años, y buena parte de lo que hoy canta lo fue descubriendo después, en los papeles que su padre dejó, en las anécdotas de familia y amigxs. Con Eduardo Falú formó uno de los binomios más fecundos del cancionero argentino —de esa sociedad salieron «Las golondrinas» y «Zamba de un triste»—, y fue parte, junto a Manuel J. Castilla, Armando Tejada Gómez y el Cuchi Leguizamón, de lo que se conoció como el Nuevo Cancionero. Musicalizar sus inéditos es, para Florencia, una forma de seguir esa conversación.



Voces que vienen de lejos
Llegó el momento de los invitados. Florencia dejó el escenario, se sumó al público, al baile, para disfrutar en primer lugar de Mónica Pacheco, quien vino especialmente desde Jujuy para participar de La Dávalos. Pacheco habitó el escenario «con toda su tierra adentro», diría el barba Castilla. Una voz cruda, auténtica y vibrante que emocionó a todos: fue abrir una ventana de Galpón B y ver los cerros de Jujuy. Mónica es muy cercana a la familia Dávalos —el patio de su casa fue lugar de encuentro en los viajes que hacían desde Zárate a Jujuy, y su madre preparaba muchos de los guisos que acompañaron las guitarreadas—. De «La Ollera» a una selección de bailecitos, Pacheco vibró e hizo vibrar a todos.
Y si de identidad se trata, Tomás Lipán fue el segundo invitado. Coplero de Purmamarca, voz durante los años noventa del grupo de Jaime Torres y uno de los grandes difusores de la cultura del NOA, regaló anécdotas y canciones para terminar a dúo con Florencia haciendo «La Candelaria».
La memoria se hace comunidad
La noche traía más música, más baile y belleza. Volvió el trío anfitrión —Florencia, Manu Navarro, Mariana Mariñelarena— para regalar «Río de Tigres», carta de amor que Jaime le escribió a su compañera María Rosa, mamá de Florencia, quien vino desde Zárate para ser parte del encuentro. Le siguieron momentos de intensidad en torno a la obra de Jaime Dávalos entre músicos invitados —Manuel Abrodos en piano, Mauro Ciavattini en vientos—, bailarinas que dialogaron con las canciones, y un cruce hermoso entre el ensamble de bombos Sembrando Legüeros, que dirige Mariñelarena, y alumnxs del taller de canto de Florencia. No faltaron «Zamba de los mineros» ni «Las golondrinas», esta última con una puesta preciosa de títeres de aves revoloteando en la sala, para terminar todxs en rueda de baile y canto.
Revisitando los encuentros de don Jaime Dávalos, La Dávalos reafirma que el abrazo colectivo nos sana y nos fortalece para seguir luchando por esa patria a la que le escribieron tantos poetas, y que se sigue escribiendo día a día. Larga vida a La Dávalos.

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