
Mocchi presentó en el Tasso un repertorio hecho de canciones profundas, memoria y compromiso, acompañado en guitarra por Pedro Rossi y por la violinista Caro Rodríguez. Más de dos horas de música que fueron también confesión y comunidad.

Una fuerte gripe, como la que viene azotando este invierno húmedo de Buenos Aires, me tenía lejos de las salidas nocturnas. Pero hacía rato que quería disfrutar de Mocchi en vivo, y ese deseo, sumado al convite de Jime Pautasso, pudo más que la tos. Fuimos con Salva hacia Parque Lezama: hacía tiempo que no frecuentaba el Tasso, mítico club de música de San Telmo, ese hermoso espacio cultural que combina una programación muy cuidada con la sabrosa cocina y el buen trato.
A las 22, con el salón a pleno, no fue Mocchi quien subió primero al escenario sino Pedro Rossi, destacado guitarrista al que en Revuelto seguimos llamando «Pedrito» porque venimos disfrutando de sus propuestas desde sus inicios. Su guitarra propuso el clima de lo que sería una noche íntima, un fueguito que empezó a abrazarnos en cada acorde.
Cuando subió Mocchi, la canción se hizo territorio desde el primer acorde con «Puentes como liebres»
«El día en que por fin comprenda todo Por fin comprenderé que no hay olvido Me encuentro por la calle codo a codo Con vidas que conozco y no he vivido»
Un trovador que eligió el camino chico
Mocchi irrumpe con sus canciones, con letras profundas y una interpretación que lo convirtió en una de las voces más celebradas de la canción independiente de los últimos años. Nacido en Montevideo en 1990, empezó a estudiar piano a los ocho años y guitarra a los trece, y desde entonces no paró: seis discos publicados de forma independiente —de La velocidad del paisaje (2013) a El frío que nos convoca (2024)—, giras por México, España, Estados Unidos, Chile y Argentina, y la composición de la música de la película La Uruguaya, de Hernán Casciari y Ana Blaya. Pero además de esa trayectoria, trae memoria de trovador: de artista popular comprometido con su entorno y consciente del lugar del que viene y al que pertenece.
En 2014 fue telonero de Paul McCartney en el estadio Centenario de Montevideo, el escenario más grande al que se subió en su carrera. Podría haber sido una puerta fue, en cambio, la confirmación de que ese no era su camino. Lo dijo sin vueltas en Revuelto Radio: «estaba en un estadio lleno con la gente cogotuda de Montevideo, mi mamá no podía comprar la entrada». Desde entonces eligió otro camino: giras autogestionadas, shows en casas, salas chicas donde se puedan ver las caras. El Tasso, con su platea a metros del escenario, es ese lugar.
Mocchi es también una figura trans, y esa identidad atraviesa su obra sin panfletarismo, como una forma más de decir quién es. Se nota en el lenguaje: sus letras incorporan con naturalidad el uso inclusivo, como en «menos mal que estamos juntes», tema de El frío que nos convoca, su último disco y quizás el más íntimo y político de su catálogo, atravesado por la coyuntura latinoamericana y, aun así, esperanzado.

La vos y la guitarra
Entre canción y canción, Mocchi contó cómo se conoció con Pedro, la química que surgió de ese encuentro y los discos que están por venir de este dúo de guitarras y voces. Porque de eso se trata: Rossi no acompaña, dialoga. Su guitarra embellece las melodías de Mocchi, se mete en los coros, construye con él y no detrás de él. Las anécdotas fueron parte de ese mismo recorrido: Mocchi nos hizo parte de una conversación donde compartió historias y emociones, la mayoría de las veces en forma de canción, y otras, de simple charla. Lo dice claro: «hago canciones con el corazón, hago canciones con lo que me pasa».
En un momento de la noche, el dúo pasó a ser trío: subió al escenario la violinista Caro Rodríguez. Se sumó ese roce leve del arco sobre la cuerda que parece una confidencia al oído, un secreto compartido en voz baja, en complicidad con la guitarra de Pedro.
El recorrido incluyó temas propios como «Armadura», «Viaje», «Compostaje» y «Los días nuestros», y en un momento el trío se animó a una versión cruda de «El Necio», de Silvio Rodríguez —toda una declaración de principios en la voz de alguien que también hace de la canción una forma de resistencia.
El abrazo y la canción
Aplaudimos todo lo que pudimos, agradeciendo más de dos horas de canciones. Y como no queriendo la despedida, los tres músicos recorrieron toda la sala cantando «Cuadros» junto al público.
«Duelen las cosas si queremos sentir, todos quisimos algun dia morirnos, y a veces también aprender a vivir».
Anoche en el Tasso seguimos aprendiendo que el abrazo y la canción son ingredientes necesarios para un mundo mejor.

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