Revuelto

Ambulantes en Chacarita: pregones que abrigan

En Dumont 4040, Julián Venegas y José Santucho presentaron Módico y de calidad: puesta mínima (voces y guitarras, poca amplificación) para un trabajo enorme de arreglos, timbres y ritmos —milonga, litoral, pregón y más—, con invitadxs y coro de mesa larga que volvió la sala una vereda en fiesta. Por Ale Simonazzi No sabía que estacionar en Chacarita un jueves podía ser una odisea. Por suerte salí con tiempo desde el oeste del GBA y llegué a Dumont 4040, bello espacio con programación muy cuidada. Ambulantes —Julián Venegas y José Santucho— volvió a Buenos Aires con Módico y de calidad, un segundo disco que camina oficios y geografías, y que según la edad del que escucha te devuelve escenas perdidas: el escobero que pasa temprano, el cartero amigo del barrio, la corneta del churrero doblando la esquina. El concierto arrancó con un gesto de comunidad: un audio de Coqui Ortiz cantándoles a estos ambulantes de guitarra y garganta. Terminado el saludo del chaqueño, el dúo subió con los acordes de “Durazno a cuarenta el ciento” (Celedonio E. Flores / José Razzano): milonga de comienzos del XX a la que Ambulantes le arrimó un aire de Cuba. De ahí a “Cocacolero” (de Santucho), tema que nace de esa foto del Estadio Azteca donde Maradona hizo historia. Cuenta Víctor Hugo Morales que cuando le mostraron a Diego la foto remarcó que el mundo vió ese gol menos el vendedor de gaseosas que estaba de espaldas: “Tiembla el partido / la hinchada ya se estira como falda / vos te perdés los goles por la espalda / y ganás carraspera en el rugido”. Ahí sentimos de qué va Módico y de calidad: cronicar lo cotidiano con ternura y pulso. Cuentan que van a tocar el disco completo y con invitadxs. Así es que “Escobero” llega con Nico Arroyo en percusión, después Flor Giammarche se suma para “El vendedor de yuyos” en una interpretación profunda, vals lento que mece la sala y nos lleva lejos de la ciudad: la canasta, las hojas y sus aromas, el remedio que pasa de mano en mano. Con Homero Chiavarino en acordeón la noche se volvió Rosario por un rato: el Paraná, las mesas bajo la arboleda, el humo del carrito que, como dice la letra, “devuelve el alma al cuerpo”. El recorrido del álbum cerró con “El cartero”, al que Miguel Vilca le sumó el charango: la imagen de quien busca palabras de aliento y abrazo en un buzón que está vacío. Con ganas de más, llegan temas del primer disco: “Ambulantes”, “Chatarriero”, “La Florista”. El coro general acompañó cada estribillo, todos cantando “chiquito”, como si escenario y sala fueran la misma mesa larga. En “Pregón del heladero” invitaron a Mauro Ciavattini en saxo y Venegas tomó la kalimba para que todos terminemos en el pregón popular “¡heladoooo, hay palito, bombón, helado!” que nos lleva a veranos de infancia. Para el cierre, “Recolector” —homenaje a esos atletas del asfalto— con Nico Arroyo en percusión y Ciavattini en clarón; y todavía hubo lugar para “El churrero” a dúo, como quien apaga las luces de a poco, después de encendernos el alma. Módico y de calidad trenza milonga, litoral, marcha, pregón, cueca y las mezcla con instrumentos huéspedes (guitarrón, cuatro, tres). El corazón del proyecto es reconocer a las personas detrás de los oficios; resignificar la palabra “ambulante” como dignidad en movimiento. No hay museo ni postal: hay canciones de manufactura que entran en la memoria popular por derecho propio. También hay poética de objetos —la cosa, el oficio, la persona—: la escoba y los trapos de piso que nombran al escobero, la carta que justifica el paso del cartero, la corneta que hace barrio. Por eso Ambulantes imprime cancioneros y acerca sus músicas a escuelas, bibliotecas, sobremesas: para que se canten, que se toquen, que se hereden. Para que vuelvan de donde vinieron, como dijo José Santucho. Y por eso el título: módico en recursos, de calidad en humanidad. Un modo de producción artística que es al mismo tiempo mirada política: cuidar lo común, dar lugar a quienes sostienen la ciudad con trabajos que casi no miramos. Volví de Chacarita sabiendo algo que conviene no olvidar: la música también es trabajo (muchas veces compartiendo el espacio ambulante). Este dúo arma su puesto con pregones afinados y nos entrega una feria de historias. El disco es la foto que en los conciertos es mercado vivo: voces, cuerdas, risas, recuerdos, aplausos… y en esas feria musiquera encontramos lo que andábamos buscando sin saber. Ambulantes honra a lxs laburantes de la calle con canciones necesarias; nosotros —agradecidos— nos volvemos a casa un poco más atentos, un poco más juntos. Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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Hamacas para naúfragos

Sobre “Tío Vania”, dirigido por Oscar Barney Finn, actuado por Paulo Brunetti Por Gabriela Stoppelman – El Anartista El filósofo argentino Oscar Del Barco señala una y otra vez la necesidad de sumergirnos en el “exceso” para aspirar a algún espacio de libertad. El exceso no se concibe como un ente supremo o una sustancia trascendente, sino como lo absolutamente otro que excede toda determinación. Es un “plus” que ninguna categoría, lenguaje o concepto puede contener. Ese exceso se experimenta en lo sagrado, en lo inabarcable. Es aquello que se abre en las palabras del poema, en un gesto, en un paisaje. Esa sobreabundancia tan contrastante con la experiencia cotidiana, que no sabemos muchas veces cómo regresar a la cotidianeidad impregnados de su potencia. Allí, en ese exceso, en ese don, que es a la vez intemperie y abandono de toda identidad, lo divino se expone y se retira al mismo tiempo.  Digo don, porque hay un movimiento de gratuidad radical: no es algo que se gana, ni se merece, ni se manipula. Cerca de Bataille se trata de una pura donación sin sujeto que la done ni objeto que la reciba. No es sencillo colgar del perchero el nombre, la profesión, la biografía, nuestro aferramiento a ser solo consecuencia de lo que fuimos. La experiencia de entregarnos a lo otro que siempre podemos ser pude terminar en una huida hacia lo conocido, en la locura, o en la entrega. Y me detengo en la entrega, sí, ese entregarse a la desposesión de uno en la posesión de otro. Ese movimiento exactamente es el que pone en escena el unipersonal que presenta Brunetti. Son ocho personajes desprendidos de un solo cuerpo, cada uno dinamizado por el vínculo con un objeto. El buen teatro siempre me regresa a aquella luz que echó Walter Benjamin sobre nuestra relación con las cosas:  si uno les devuelve dignidad a los objetos, los objetos levantan los ojos y nos miran. De ese modo, una pelotita sale de un bolsillo para marcar el tono y el devenir de un personaje y se continúa en un trozo de tela roja, vuelto voz y cuerpo de mujer. Así, los objetos actúan. Por instantes, la actuación cumple con ese viejo rito mágico de desaparecer en plena presencia. Lo ausente se manifiesta. Lo que falta se insinúa. Pero todo este devenir otro de un único actor se presenta al principio con la veladura del fantasma. Ante el espectador hay una sucesión de retazos, de figuras, un juego de postas de la voz y las inflexiones, donde no se sabe bien quién es quién. Trazos primarios, primeros, como palotes o mamarrachos que se prueban en el esmero de la audiencia. Se ofrecen sin definirse. Hermosa experiencia de la atención que busca, se esfuerza, se implica en esa infancia donde el crayón investiga el origen del lenguaje, aún sin significar. Y, en el transcurrir, el tiempo escénico, la plástica metamorfosis actoral, la escenografía simple y a la vez llena de zonas de pasajes, poco a poco definen los contornos de cada personaje. Un argentinísimo Tío Iván administra la finca y la rotación del resto de los roles.  Igualito a un sol indisciplinado, corre el centro de sus sistema solar -a veces hacia un costado, otras veces hacia el pasado, algunas más hacia el porvenir- y habilita el desplazarse de sus planetas. De pronto, desaparece y deja que, por ejemplo, Sonia- su sobrina- se vuelva el astro rector. Sonia, la tejedora, la que se autodeclara “ordinaria”, la que se deshace en un romance imaginario con Un Dr. Miguel que jamás la ha mirado con deseo. Sin embargo, como todo espíritu luchador, ella prefiere aferrarse a la pequeña ilusión de no definir, de no saber, de no hundirse en la confirmación de un rechazo, antes que sucumbir al desarraigo, a ser una desatada de mundo y constelaciones. Sonia, una de las más telenovelescas las mujeres de Chejov, de a poco muestra lo que la sabiduría guarda en la tela de su ruedo. Mientras la humilde Sonia ovilla su desesperada búsqueda del sentido en cotidianeidades, la bella y multi deseada Helena agota sus días en esa celda que muchos llaman “matrimonio constituido” con un viejo ex gobernador patagónico, Alejandro. Un hombre que transita la ladera de su vida y, entre furores, medicamentos y frustraciones, declina junto a ella hacia un valle sin retorno. Helena, de tanto en tanto, se da un gustito, otea un rincón de la clandestinidad. Pero esos rincones, cuando se los visita sin coraje, también son desabridos. Ya todo está en medio de un torbellino de pasiones, en el momento en que aparece el abanico. Detrás, Isabel, la madre de Iván. Sin embargo, a esta altura no hay nada que materne la escena. Ni los denuedos del ama de llave, María, ni las quejas de Diam, el peón. La danza de los devenires avanza hacia el vacío. En el espacio escénico crece el protagonismo de los callejones. Más allá de las ventanas y las puertas, hay un mundo que no vemos, donde todo se pierde sin horizonte. Como una gran boca que devora los vínculos, incendia los bosques, arrasa el verde de los mapas, sofoca el aire en las cartografías. Quedan una borrachera de silencio en la atmósfera, una perrita que compaña los desamparos y una hamaca, indetenible en su vaivén. Firmes, las cuerdas la sostienen de un sitio invisible. Como las últimas varas de una balsa que se hunde, el yute da sostén a los náufragos. Los mece en esa última posible cuna. Y allí, en esa infancia aún por venir, anuncia los brotes de sentido aún posible. Abraza, cuando todo parece intemperie y abandono.El rito sagrado se ha cumplido. Lo indecible se ha manifestado. Quienes asistimos salimos impregnados de ese imprescindible que nutre la tabla rasa de la mera vigilia.No queda más que agradecer. O poetizar. O pensar lo absolutamente otro. La obra se puede ver en el British Arts Centre, Suipacha 1333, los sábados a las 20 hs.

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Camila Campodónico despide el 2025 adelantando su segundo ep

Compositora, cantante, guitarrista, docente y actriz, Camila Campodónico concretará el próximo sábado 8 la despedida del año en su faceta solista cuando desde las 21 se presente en la Sala 73 del barrio porteño de Flores. Por Sergio Arboleya La artista aprovechará la presentación en el espacio sito en Bonorino 274 para adelantar el repertorio de “Brota la música”, su segundo ep a lanzarse durante el verano 2026, que registró junto a Juan Manuel Colombo (también productor de este próximo trabajo), Pedro Bragán, Agustín Lumerman y Mariano Ferreyra, el cuarteto que conforma su banda estable y con el que también puso a sonar su primer material “Santa rutina” (2021). “La idea del nuevo disco parte de la certeza de que para mí y ante diferentes situaciones de la vida y hasta diferentes aristas de la propia personalidad, la música me brota desde distintos lugares”, avisa Campodónico sobre el ep grabado en estudio Prisma con Emilio Nicoli como técnico de grabación y producción ejecutiva de Majo Colonna. Desde esa percepción creativa, la intérprete añade que “me gusta pensar en las canciones como en semillitas de experiencias que van quedando y, en un momento, esa experiencia hace su camino, decanta y aparece en forma de canción. Por lo menos ese viene siendo mi proceso con las canciones y mi manera de componer”. “Parto”, “Viento”, “Evaporar” y “Brota la música” forman parte de la continuidad del proyecto en solitario de quien, además, lleva dos décadas como una de las fundadoras y parte del grupo humorístico-musical Ciertas Petunias, coordina el conjunto vocal Cantaratas e integra la compañía de teatro musical para las infancias Ligeros de Equipaje. Para el recital sabatino en Sala 73, a las nuevas piezas se sumarán las registradas cuatro años atrás (“Santa rutina”, “Algo que decir” y “Pan de arena”) y escogidas perlas de su profuso recorrido sonoro que incluye desde música brasileña a cumbias, pasando por el cancionero popular argentino.Las localidades pueden adquirirse por Passline o en la puerta de Sala 73 la noche de la función. Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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MaZaZo Trío: “Escucho voces” en una noche que encendió el canto compartido

Sala llena en la María Remedios del Valle (Hasta Trilce) para el debut de MaZaZo Trío —Natalia Martínez, Cecilia Zabala y Victoria Zotalis— con su espectáculo Escucho voces. Un concierto donde la voz fue territorio común: arreglos originales, juego escénico y un repertorio que zigzagueó entre canciones propias, clásicos reversionados y memoria latinoamericana. Por Ale Simonazzi Entramos expectantes a la Sala María Remedios Del Valle en Hasta Trilce. Desde el fondo de la sala se escucha primero el pulso de las palmas. Entran Martínez, Zabala y Zotalis caminando entre las mesas y la rueda se hace coro, todos cantamos “Tan alta que está la luna” (Quilapayún, 1972). El canto colectivo arma el primer puente: la música como convocatoria, la escena como casa. El clima queda encendido y ya en el escenario Victoria Zotalis abre el libro propio con “Princesa linyera”: fraseo flexible, piano que acuna y esa forma suya de poner imágenes en primer plano. Ahí mismo, Vicky se queda sola y nos regala una irreverente y amorosa lectura de “Here, There and Everywhere” (The Beatles). Se suma Natalia Martínez para el dúo y hacen “Tiburón” (Zotalis): juego rítmico, voces que se muerden y se sueltan. Vuelve el trío con “Inventario” (Zabala) —esa carta sobre aquello que se deja y se lleva en cada mudanza— y la sala ya late al ritmo de la armonía de tres. Después, Zabala + Zotalis firman una “Libélula” luminosa (tema del disco Pendiente, 2008 de Zabala), donde la guitarra se vuelve contracanto de la voz. Llega el primer desvío delicioso: tango. “Arrabal amargo” en versión MaZaZo: arreglos vocales finos, timbres que se persiguen y se encuentran; el arrabal no como postal envejecida, sino como color actual. El momento tanguero sigue con “El aguacero” en la voz de Natalia, de trazo expresivo y presencia escénica. Vuelve el puente Brasil–Río de la Plata con “O amor não vê desordens” (del disco Fronteras, Zabala–Philippe Baden Powell): Zabala y Martínez trenzan fraseos y dejan respirar cada sílaba. Y entonces Cecilia queda sola para una “Volver a los 17” que resignifica el clásico: contrapunto de voz y guitarra, sutileza que estremece, energía honesta y sensible. Para el tramo final, el trío presenta dos composiciones: “Rugido humano” (Zotalis) y “Vientre” (Zabala), la pulsación crece en capas y la noche no quiere terminar. Es domingo, pero nadie mira el reloj. MaZaZo se despide como entró: palmas y canto colectivo. Reaparece “Tan alta que está la luna”. Todos cantamos: “Vamos vida, yo ya me voy, con mi cajita de cuero, te digo adiós”. Pero no alcanza, pedimos más y el trío vuelve para el bis con “Rugido humano” y la declaración queda flotando: el canto como manera de estar juntas. MaZaZo Trío no “muestra” voces: las entrelaza. Y ahí aparece la huella del proyecto —arreglos originales, impronta escénica, voces como instrumento colectivo. Escucho voces es el espectáculo con el que MaZaZo se presenta, un trío de amigas que celebra el encuentro y convoca a transitar paisajes sonoros en comunidad. Salimos a la calle con la sensación más simple: alegría. Tres artistas enormes disfrutando la libertad de habitar el arte, corriendo límites y haciéndonos parte de un menú de canciones deliciosas. Si el debut es promesa, MaZaZo ya cumplió la primera: escuchar voces —y las escucharnos. Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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Músicas y diversión, conjuros para encontrarse en la Revuelto Fest

Por Sergio Arboleya “A malos tiempos, confluencia” podría haber funcionado como revalidado título de la segunda noche del año de la Revuelto Fest que el viernes se desplegó en el Teatro El Alambique con el protagonismo de las músicas del cuarteto folklórico Lo Péz, del cuarteto de Mintcho Garramone, la participación de María de los Ángeles “Chiqui” Ledesma y el estreno de Mazazo Trío. Y para conseguir ese propósito, la apuesta comunicacional independiente y autogestiva de Revuelto Radio sumó el humor y la animación de Gabichu que así integró otro aspecto esencial que habita en el espíritu de una programación cuya fecha de inicio de sus transmisiones por streaming quedó sellada en la noche del 24 de marzo pasado cuando se presentó la grilla nocturna de la emisora con una extensa y cálida velada. “Estamos con más compromiso que nunca para que el arte sea un salvavidas”, expresó Ale Simonazzi, responsable de la diversa programación de Revuelto y mentor de la nave insignia que impulsa todo el entramado de propuestas radiales, dando inicio a una reunión que, tras los primeros esbozos de la charla TED con que Gabichu -anfitrión de la noche- narró avatares de uno de sus oficios como animador de fiestas infantiles, tuvo su primer pasaje musical en las manos y las voces de Martín Miconi, Julio Orieta, Mariano Prosdocimo y Román Giúdice, responsables de Lo Péz y su vigorosa propuesta nativa.“Creemos que estos encuentros son muy necesarios para la cultura, para el pueblo y para nosotros como músicos también”, sintetizaron en medio de un repertorio de zambas, gatos y chacareras como “La manzana”, “Recuerdos” y “Será”, entre más. Enseguida La “Chiqui” Ledesma sumó su portentoso canto al cuarteto para dos homenajes ligados a la admiración y el calendario: “Grito santiagueño” de Raúl Carnota (quien hubiera cumplido años el jueves último) y “Seminare” de Charly García (para celebrarle las 74 velitas que apagó el 23 de octubre). El Mazazo Trío, la atractiva juntada femenina de Cecilia Zabala, Natalia Martinez y Victoria Zotalis se lució en su absoluta premiere antes de saltar a escena el próximo domingo a las 21.30 en Hasta Trilce. Para el cierre y a ritmo de fiesta sin fronteras, Mintcho Garramone abrazó ritmos y geografías en un viaje sensorial que sostuvo junto al guitarrista Cheba Massolo, el bajista Norbi Córdoba y el baterista Raúl Gutta, para combinar desde obras propias (como “Frevinho pa Ramiro”, “Cumbia del amor” y “Mariposa”, por citar solamente algunas) y hasta una personalísima versión de “Los ejes de mi carreta” de Atahualpa Yupanqui. Una de las formas más concretas de sostener Revuelto Radio es con tu suscripción. Sumate y hacé que este sueño colectivo siga sonando: https://revueltoradio.com.ar/banca_a_revuelto/ Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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Remadores o Transatlánticos

Sobre “Quién decide si podes jugar”, documental sobre cómo es ser deportistas trans en Argentina. Por Gabriela Stoppelman – El Anartista La vida es trans. Les guste o no les guste a los imposiblemente aferrados a sus nombres, a sus elecciones, a su participar de las corrientes mayoritarias, todo lo que existe está hecho de un presente ya sido y en devenir hacia otra cosa. Los calendarios y los relojes conspiran con las líneas rectas para disimularlo. Pero el tiempo hace curvas y bucles. Y el deseo…, bueno, en el caso del deseo, la pirueta, el ovillo, la parábola y la hélice son sus especialidades. Hasta acá podemos aceptarlo o hacernos los bobos. La biología, las pasiones, el mismo ocaso de cada día muestran la dirección alquímica hasta de la luz. La cuestión se pone más enredada cuando giras con cuerpo, alma y acción hacia donde no reinan los consensos. No lo haces por rebelde ni por agitar el avispero de los afincados en certezas. Los haces porque estás vos mismo/a agitado hacia lo que sos o querés ser. Si el caso es  ser un deportista trans, el escenario estará plagado de cinchadas. Entre los límites a las participaciones, la mayor o menor elasticidad de las comunidades deportivas, la soberbia de la ley que siempre encuentra cómo contradecirse a sí misma sin volverse ilegal, el camino se vuelve una carrera de obstáculos. Pero la prepotencia de una vocación sabe de perseverancias y esquives. Tal es el caso de Nico, futbolista trans masculino del Gran Buenos Aires.  Mérito de las cámaras haber puesto la atención en la relación de los deportistas con los objetos. Solo atiendan a cómo Nico hace jueguito, se alía a la pelota igual que un niño se aferra a un hogar, un alivio contra el desamparo. Algo similar sucede con Romina, voleibolista, mujer trans salteña. La pelota de vóley va contra su mejilla. La imagen parece una foto de familia: cachete con cachete con lo más cercano. En el caso de Anna, atleta corredora, mujer trans paraguaya que vive en CABA, habrá que detenerse en su pisada. La zapatilla prueba la pista de carreras, tienta el suelo a donde pertenece, planta bandera. Elías, judoca, chico trans de La Blanca, Entre Ríos, juega con el cinturón de su traje, lo ata y lo desata, como si en ese nudo se abrieran y cerraran todos los escollos y los abrazos que implican insistir en su camino. Y a no perderse a Marcos, futbolista, chico trans de Gualeguaychú, Entre Ríos. Desde la cocina de su casa, hace familia con amigos cómplices y con una madraza que supo acompañar su deseo. Igualmente, es imposible no detenerse en una frase de su relato “Hubo que escuchar cada cosa”. Es ahí, en esa denuncia hecha de modo discreto pero contundente, que todo nuestro tiempo sucumbe ante una de sus mayores calamidades. La imposibilidad de encontrarnos cara cara con la intemperie, con el caldo originario donde todos podemos ser y somos otros. La clausura a ser -tantos, mejores, diversos- perpetrada por pragmatismos y fetichismos del poder. La chance imperdible de huir del hastío. Y lo peor, cuando otros sí prueban de esa fuente, estallan las furias de los afincados, de los agarrados a la última vara de un barco que se hunde, como dirá Nietzsche. Pobres y prepotentes náufragos: mientras creen que son los dueños, los capitanes y la policía del viento y de un transatlántico, la quilla, la proa y la popa muestran sus fisuras. Pero mirá lo que son las cosas, el transatlántico es trans. Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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Cuando el canto se convierte en abrazo: la noche de Cucuza

En una Trastienda colmada, el tango celebró las cinco décadas como cantor de Hernán “Cucuza” Castiello. Invitados, memoria, cruces y canto barrial en una noche que fue abrazo. Por Ale Simonazzi Jueves por la noche en Buenos Aires: Balcarce al 400 late al compás del 2×4. De un lado de la vereda, los clásicos boliches para turistas con entradas prolijas y combis a horario; del otro, La Trastienda repleta de quienes queríamos estar ahí, no como espectadores, sino como interlocutores de una celebración: 50 años de cantor de Hernán “Cucuza” Castiello. En la vereda cruzamos figuras que no querían perderse el festejo: Víctor Hugo Morales, Hernán Casciari, cantores y cantoras que han pasado por el Bar El Faro, como Bárbara Grabinsky, Guille Fernández o Mariana Mazú. Todos allí, convocados por la palabra y la música de Cucuza. Dentro, en el hall, nos recibe una imagen del niño Cucusita en una foto tamaño natural, con corte taza y traje. Primeros pasos de una vida que se entregaría al canto, con una mirada infantil que parece mirar hacia el escenario donde ahora lo esperamos. Al abrirse el telón, aparece ese niño-cantor: Cucuza, con una peluca de corte taza, entonando Cucusita cincuenta años después. La peluca se eleva, y tras el gesto humorístico surge el cantor “descabellado” que conocemos y tanto queremos. “A todos los que acompañaron, los que están y los que no, y por sobre todo al tango”, dice. La voz se quiebra y la sala la sostiene. Y ahí, detrás de esa emoción, está Romina, su compañera de vida y de proyecto, productora de esta noche que no deja nada librado al azar. Cucuza lo sabe y lo siente: su historia también es la de esa complicidad que lo acompaña en cada idea, en cada escenario, en cada sueño hecho canción. En el escenario lo acompañan su hijo Mateo en guitarra, Noelia Sinkunas en piano y Nico Perrone en bandoneón: el “trío inestable”. Inician con temas de sus inicios: tangos —tristes y alegres— que él cantaba desde los cinco años en clubes de barrio. En esa paleta, resuenan instantes de su historia: el canto en el programa de Mareco, donde ganó la tan deseada pileta Pelopincho. El repertorio recorre mojones de su vida: 2007, el año que marcó el inicio del ciclo “El tango vuelve al barrio” en el Bar El Faro de Villa Urquiza. Revive el ritual de inicio de esos encuentros: Cucuza y Mateo, sin amplificación, guitarra y voz, cantan entre el público. Allí, el canto deja de ser espectáculo: es abrazo, piel compartida. Se renueva una vez más el vínculo de cariño y complicidad con el público. Después, todo se vuelve una constelación de amigos y voces. Cada invitado aporta su timbre, su vínculo, su palabra. Él proyecta recuerdos: cantar acompañado de Rubén Juárez, compartir un tema con Charly García, entonar El sueño del pibe con Diego Maradona en la cancha de Argentinos Juniors. Encuentros con el barrio, momentos con su padre Nelson y su abuelo Coté. Las anécdotas aparecen proyectadas en la pantalla y se vuelven relato colectivo. En un momento de la noche, el tango se abre al trap. Cucuza cuenta cómo conoció a YSY A, cómo nació una amistad que hoy los lleva a compartir giras. Entonces llega YSY A al escenario, y las fronteras se disuelven: trap y tango se rozan y dialogan. Esa mixtura se siente legítima, natural, profundamente argentina. Las dos horas ya transcurridas no bastan: todos queremos más. Suben Facu Radice y Cholo Castelo para encender al tango con espíritu rockero: historias de márgenes, guitarras que gritan, canciones de ciudad. Una noche donde disfrutamos de La Chicana, Tango Bardo, Hugo Rivas, Juan Pablo Gallardo, Lidia Borda, Daniel Godfrid, Lucrecia Merico, Cardenal Domínguez, Juan Villarreal y, cuando llega Zorro Von Quintero en teclados, suena No soy un extraño. Se entrelazan mundos musicales y estéticos con una pureza que conmueve. Finalmente, Garúa, el tango que más le gustaba a Nelson, su padre. Cucuza le entrega un ramo de flores a su madre, ubicada como siempre entre las primeras mesas. Late la herencia y el recuerdo del viejo, del abuelo, del barrio, de los que no están. De repente, siento que La Trastienda no estaba llena de espectadores sino de amigos, algunos conocidos y muchos no, pero que sienten cerca a un cantor auténtico, de pueblo, que celebra medio siglo para el tango y por el tango. Técnica, identidad, pero sobre todo honestidad. En esa noche porteña de jueves, el canto fue abrazo, memoria y futuro. Suscribite a #Youtube.  Mandanos un whatsapp ➯ Acá

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Willy Lemos: alma de Paladium

En esta charla con Fer Lluró, el actor y performer Willy Lemos repasa los años dorados de Paladium, aquel mítico espacio del Bajo porteño donde el arte, la música y la libertad bailaban sin etiquetas.Más que un boliche, Paladium fue una revolución estética y emocional, una catedral de la noche donde se mezclaban Charly García, Virus, Los Redondos y un público diverso que inventaba nuevos modos de estar. Casi cuarenta años después, el espíritu vuelve a encenderse con Paladium —la fiesta creada por Martín Páez Roth—, y con esta conversación íntima que nos invita a recordar que la verdadera vanguardia sigue siendo la libertad de ser. 🎧 Una charla imperdible, primer contenido especial de Revuelto Radio. 📍 Revueltoradio.com.ar Suscribite a #Youtube.  Mandanos un whatsapp ➯ Acá

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Ombligos de auxilio

Sobre Algo horrible y maravilloso, de Patricio Ruiz, puesta creada en el marco del proyecto pedagógico final de la carrera de Formación del actor/actriz, de la Escuela Metropolitana de Arte Dramático. Por Gabriela Stoppelman – El Anartista Había una vez una niña que hizo un castillito y se perdió. Y una vagabunda que una vez habitó su piel, sus pies, su cuerpo sin intemperie y se perdió. O un cuerpo de niña vagabunda y errante en la orilla, entre lo que una vez fue y lo que sigue que aún no aparece. Pero si la intemperie es un lugar propenso a desencadenar pérdidas, no es todo pérdida. En medio de las ruinas, en ese pasadizo estrecho entre el mar inmenso y la tierra sin bordes, está el brote de la luz posible. María Zambrano propone que el exilio es la condición de posibilidad para comenzar a pensar. Allí donde ya no hay bienes, ni parientes, ni filiaciones, solo queda encontrar el modo de abrir las palabras viejas para renovarlas en significados. Habitar la intemperie para inaugurar de nuevo las palabras. Lamentablemente, el lenguaje no viene con puertitas. Blablblea y repite mucho. Hay vacíos entre palabras muertas, y también entre la realidad y las palabras. Para poder decir de manera verdaderamente nueva, para ser capaces de hallar el grano de la voz -el ritmo originario- se necesita vocación de verdad y coraje en la mirada: Y yo veía hacia lo profundo donde viven monstruosidades como las medusas. Los cuerpos saben de esas aperturas, los cuerpos que no hacen como si fueran otros, sino que actúan, provocan acciones desde la fuerza que son, saben. Pero regresemos. Hay un borde donde solo queda el sonido del mar, la silueta desborda del bañador, el tiempo no distingue entre horadar la piedra y la humanidad. Se tarda en comprender que, cuanto más alto el castillo, más profunda la escritura que deja en las manos. Cuanto más impactante, menos habitable. Y entonces, dónde hallar una estructura a la que llamar casa. ¿Cómo lograr que el día no se te escurra de las manos sin haber logrado restañar, tan siquiera, una sola cicatriz de tu orfandad? En eso, la puesta creada en el marco del proyecto pedagógico final de la carrera de Formación del actor/actriz, de la Escuela Metropolitana de Arte Dramático, comienza a habitarse. Un trío en malla resulta un triángulo que se arma y se desarma en especulaciones: se cree en niños bomba, se le dice irresponsable al padre, madre, o tutor, se consuela un poco al niño, se lo deja en la orilla antes de que explote, se aplaude, se aplaude. La obra recién comenzó y se aplaude. Como en cualquier balneario cuando se pierde un niño, se convoca a un nombre, a un regreso. O se anuncia el final. Porque, si alguien vuelve, ya no se parecerá a quien ha partido. La orfandad no es una enfermedad que se cure con el tiempo. Los desatados de padres, de orígenes, llevan a cuestas un ombligo de auxilio, la marca del sitio desde donde han debido renacer de un desamparo originario. Mientras tanto, no dramaticemos. Que al final de cuentas estamos en la playa. En tanto y en cuanto no nos toque la ola, habrá un simulacro de vacaciones. Digo, no una ola cualquiera, sino la ola que rompe contra la escollera. La ola que rompe contra un fósil. La ola que rompe contra un cuerpo muerto tendido en la arena La ola que rompe contra un barco encallado. Me refiero a la de siempre, a la eterna arrasadora en su retorno implacable. Los espectros que circulan la escena saben muy bien de qué hablo. Ellos merodean en permanente alerta. Y temen. Van olvidados de aquella sentencia de Spinoza: un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte. Así, enfantasmados en el olvido, les pasan cosas como esta: Una vez comí manjares que entraban por mi boca mientras oía el mar afuera embravecer con la tormenta. Y de este modo las furias se multiplican. Extrañas, repentinas, como venidas de la distancia, pero alojadas bien adentro de lo humano, las furias saben realizar sus tareas. Por ejemplo, cortar las ligaduras que unen al cielo, a la infancia, a la tierra. Nada hay en las estrellas que no esté en las huellas de tus pies, decía un poema. Aunque en medio de la furia no se sabe, no se conoce, no se puede. Lo surreal atraviesa la escena. Los tiempos se curvan, los espacios se intersectan. Es imposible distinguir entre copias y originales. El ritmo lleva la batuta e impide toda linealidad. La propuesta se sacude de una escena a la otra, sin permanecer en ninguna por demasiado tiempo, busca impedir toda fijeza del sentido. Y como en esta playa todo lo que se nombra pasa, los acontecimientos no escasean. Un cómico que se hundió en las olas bucea por la gracia. De un chiste o de un regreso. Una madre que nunca volvió al mar peregrina sus terrores. Becky, Lilian y Tabita resisten sus maternidades entre el agua y el fuego: Agarrada de los barriles llenos de pólvora como ustedes, escapando del fuego para que no explotaran como los otros. Como toda madre, ellas imploran que el universo no explote, que el accidente no vede el acceso al futuro. Y, a diferencia de otras, estas pueden decir las formas del naufragio inevitable: Cuando esa cosa debajo del agua se apareció frente a mí sabía que era algo nuestro volviendo hacia nosotras. En otras lenguas que antes hablábamos y que ya no entendíamos. Debajo del agua nos escuché diciendo cosas en algún otro lado. Se sabe: algún otro lado es siempre el cielo de algún otro lado. La profundidad no tiene fondo, la altura no tiene techo. No se trata solamente del qué fue primero, si el huevo o la gallina. Dicen que a este mar lo creo un niño. Dicen que el niño salió de este mar. ¿Qué fue primero, el mar o

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A los cerros: música, memoria y conversación

La presentación de A los cerros en el Centro Cultural Borges fue la celebración de un reencuentro en un disco: el del guitarrista salteño Seva Castro y el bandoneonista jujeño Santiago Arias, diez años después de aquella edición que los unió por primera vez, Criollo. Un diálogo renovado entre cuerdas y fuelles, entre paisajes y memorias que siguen latiendo con el pulso del norte.. Por Ale Simonazzi Desde los primeros acordes, se respiró un clima íntimo, casi de sobremesa musical. El bandoneón y la guitarra conversan como viejos amigos que se conocen las pausas, los acentos, las miradas. No hay urgencia, hay respiración. Y en esa calma se abre un universo de melodías profundas, con raíces en los cerros, en la tierra, en la gente que los habita. “Somos los mismos, pero a la vez dos personas totalmente distintas —afirma Arias—. Pasaron diez años, hicimos otras cosas, pero el espíritu sigue siendo el de nosotros. Volver a tocar juntos es reencontrarnos con ese diálogo inicial.” Y es precisamente ese diálogo el corazón de A los cerros. El disco, y su versión en vivo, se sostienen en una complicidad musical que trasciende el tiempo. No se trata de nostalgia, sino de continuidad. “Queríamos volver a hacer lo que siempre nos salía bien —agregó Castro—, tocar folclore criollo con ese estilo contrapuntístico que es tan nuestro, y cuidar el repertorio para que siga teniendo que ver con nuestro norte”. El norte, justamente, es más que un lugar: es una forma de estar en el mundo. A los cerros es un homenaje y una ofrenda. “Encontramos que ese nombre —cuenta Arias— nos resultaba más poético. A los cerros suena como una dedicatoria, una entrega. Y los cerros son algo que nos identifica mucho: son distintos, pero a la vez muy parecidos, como nosotros.” Castro completa la idea con una imagen que queda resonando: “Cuando me vine a vivir a Buenos Aires, lo que más extrañé no fue mi casa ni mi gente, fue no tener cerros. No tengo referencia, no tengo silencio. El cerro te ubica, te contiene, te da un lugar.” Y Arias, que ahora vive en México, sumó una mirada que cruza geografías: “Hay música que no puedo tocar si no evoco el cerro adentro mío. Me crié al lado del Cerro Negro, y eso está en cada cosa que hago. No lo pienso, simplemente aparece. Está en mi forma de tocar, en mi forma de grabar. Es mi paisaje interno.” La presentación en el Borges fue una extensión natural de ese universo. La guitarra y el bandoneón se entrelazaron en un recorrido por las músicas de Atahualpa Yupanqui, los Hermanos Ábalos, Raúl Juárez, Cuchi Leguizamón, Falú y Dávalos, entre otros. Bailecitos, zambas y chacareras se sucedieron con la cadencia de un río que conoce bien su cauce. A diferencia del disco —donde la única invitada es Maggie Cullen—, la noche sumó a Mauro Ciavattini y Víctor Carrión en vientos, ampliando el color y la textura sonora del dúo. Cullen aportó su voz luminosa, y Lorena Astudillo, inmensa, transitó la obra de Carnota y el Cuchi con emoción y fuerza. El cierre fue una celebración colectiva: La Arenosa sonó como un abrazo, con todos los músicos sobre el escenario y el público acompañando con palmas y sonrisas. “Nos alegra coincidir en tanto, después de tanto —nos había dicho Arias—. Hay un plano musical que no tiene palabras, que es puro ser. Eso es lo que sentimos con Seva: la complicidad, el disfrute, el estar en la misma película.” La noche dejó la certeza de que este reencuentro no es un regreso sino una continuidad. A los cerros es música que nace del silencio, del aire alto, de los caminos compartidos. Es una conversación que no se agota: un sonido que nombra el paisaje, que lo honra y lo reinventa. Nos quedamos con ganas de más, pero también con la alegría de saber que a este dúo le apasiona el encuentro, la charla, la amistad. Y cuando hay cerros, música y complicidad, siempre habrá camino por andar. Suscribite a #Youtube.  Mandanos un whatsapp ➯ Acá

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