Revuelto

Ritual Criollo. Encuentro necesario en torno a la guitarra

El ciclo creado por Gabriel Plaza y Claudia Regina Martínez, nacido este año en el bar notable Los Galgos, cerró su primera temporada con un festival a sala llena en Galpón B. Con Juan Falú como anfitrión y una ronda de cantoras y músicos de distintas generaciones, el cierre fue una celebración sin apuro: mesas en escena, cruces espontáneos y un repertorio que volvió a recordarnos que la música de raíz es presente. Por Ale Simonazzi Luego de un martes de trabajo intenso, cuesta tomar envión para estirar el día. Uno mira la hora, negocia con el cansancio, y el cuerpo pide sillón. Pero hay planes que tientan y, por suerte, uno sigue eligiendo caer en la tentación. Ritual Criollo —esa “buena idea”, como dijo Juan Falú— cerró el año con un concierto que juntó a buena parte de lxs músicxs que durante 2025 le dieron vida al ciclo. Y ahí fuimos: a comprobar, una vez más, que la música popular funciona como combustible del alma. Ritual Criollo es una iniciativa impulsada por lxs periodistas Gabriel Plaza y Claudia Regina Martínez. La premisa, dicha sin vueltas, es recuperar “la bohemia, la intimidad y la emoción” de las guitarreadas argentinas, pero en plena Buenos Aires, con cercanía real y espíritu de encuentro. Durante el año, el refugio fue Los Galgos, con dos o tres fechas mensuales, y una idea que creció en convocatoria y diversidad regional sin perder el corazón de ronda. Para el cierre, el ritual se mudó, de ciclo a festival, y de Los Galgos a Galpón B en el barrio porteño de San Cristóbal. No fue un detalle logístico: Galpón B es un espacio cooperativo del circuito independiente porteño, y esa identidad —lo autogestivo, lo comunitario, lo cálido— se sintió en todo momento. Párrafo aparte para las empanadas de carne, y la buena onda de toda la gente de Galpón B. A sala llena arrancó el encuentro con el Dúo Bote: un encuentro exquisito entre la voz de Flor Bobadilla Oliva y la guitarra de Abel Tesoriere. Dos temas y un viaje directo a un mapa del Paraguay que, sin explicaciones, nos estaba diciendo algo del espíritu del festival: raíz no como museo, sino como tránsito. Después apareció quien, por historia y por presencia, estaba llamado a oficiar de anfitrión: Juan Falú. Su nombre viene ligado al ciclo desde el principio, y también a esa noción de guitarreada donde conviven música, palabra, silencio y humor. El arranque fue con una versión hermosa de “La vieja” (chacarera trunca de Adolfo Ábalos y Benicio Díaz), y con eso alcanzó para marcar clima: supimos que iba a ser una noche de escucha cercana. Así se fue armando la rondam con naturalidad se sumaron cantoras que hicieron una celebración de nuestra música. Mora Martínez, Florencia Bernales, Victoria Birchner, Julia Moscardini, Nadia Szachniuk y Silvia Iriondo: distintas estéticas, un mismo compromiso con el cancionero y con la interpretación sentida. Se dieron dúos, tríos, cruces, y más invitadxs: Rudi Flores, Manu Sija, Mariano Loiácono, Seva Castro y el cantor tucumano Claudio Sosa, entre otrxs. Un hermoso aciertos fue la mecánica escénica: había mesas sobre el escenario y lxs músicxs se quedaban ahí, acompañando la guitarreada desde la misma escena. Esa decisión desarmó cualquier tensión típica del recambio y dejó que la música respirara como en una casa grande. Fueron llegando canciones como quien va sacando postales del bolsillo: “Zonko querido”, “Mi pequeño amor”, “El marne”, “Garzas viajeras”, “Canción de lejos”, “Zamba del arribeño”, “Rosario Pastrana”, “Coplas para la luna”… y hasta un guiño de jazz (“Blue Moon”) en diálogo de guitarra y trompeta, como para recordar que la tradición también sabe abrir ventanas. Lo que se celebró no fue sólo una grilla potente: se celebró una manera. En tiempos donde los espacios culturales se achican y la difusión se vuelve más escasa, Ritual Criollo se pensó —y se sostiene— como un refugio para la música de raíz, con una mirada amplia del folklore, lejos del estereotipo. En palabras que circularon en la previa, la propuesta busca que quien asista no sólo “escuche”, sino que se reconecte con algo identitario que a veces queda dormido, y que el encuentro lo vuelve posible. El cierre juntó a todxs en “Serenata para la tierra de uno”. Y todos cantamos “Porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy” con el peso de lo colectivo, con la canción leyendo el clima de época. Se cantó fuerte, juntos. Se cantó con esa alegría provoca el abrazo cuando más se lo necesita. Ritual Criollo cerró 2025, con promesa de continuidad del ciclo en Los Galgos, y el deseo de que esta celebración vuelva a encontrarnos en 2026, con más voces, más rondas y el mismo espíritu de cercanía. Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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En el Oeste está el agite y la resistencia

Gustavo Nasuti Grupo presentó “Siete años”el segundo trabajo con esta formación en Casa Sonora a sala llena, demostrando que se puede resistir con el arte como bandera desde el Conurbano. Por Florencia Meluso – Fotos: Natalia Moriones El multi instrumentista y compositor oriundo de Ituzaingó eligió Casa Sonora, espacio que dirige artísticamente para presentar en sociedad el nuevo disco junto a Waldemar Garín en violín y viola, Mariano Gamba en saxofones, Ramiro Rey en bajo y contrabajo y Gabriel Loto en batería. En la calurosa noche del viernes 5 de diciembre, fuimos partícipes de una comunión. “Común – unión” entre público y artistas. Primera vez de esta cronista en este centro cultural que desde el Oeste ofrece propuestas muy cuidadas y un espacio para talleres durante la semana. Señal de que en el Oeste no sólo está el agite sino que se puede construir trinchera para resistir en tiempos adversos. Ya en modo concierto, Nasuti decidió iniciar con la “Obertura” de Kenny Wheeler, compositor al que dijo admiraba mucho. No será la única referencia durante la noche, ya que las influencias están muy presentes en el repertorio. Ahora si, es tiempo de escuchar “MaMa” el tema que abre Siete años, el disco que estamos celebrando. Le sigue “Danza del agua” y “Los zoquetes de Bates”, también de este último trabajo discográfico. El quinteto suena afiladísimo, la comunicación es la de una familia que hace mucho tiempo conviven y conocen al detalle cada gesto. Es entonces que Gustavo presenta un tema nuevo, aún inédito y con un nombre provisorio: “Color” en formato trío con el contrabajo de Ramiro Rey y la batería de Gabriel Loto. Los climas van mutando y las formaciones también: “Huellita de Charbo” con Nasuti en guitarra a dúo junto al saxo soprano de Mariano Gamba (con quien también comparte otro proyecto). Otro dúo, para “Corazón del tiempo” junto a la viola de Waldemar Garín y Nasuti esta vez en el piano. En el medio, suenan las únicas dos canciones del repertorio y de Siete años: “Gurisito” de Daniel Viglietti y “El loco Antonio” de Alfredo Zitarrosa. Si el inglés Kenny Wheeler es alguien admirado, estos grandes referentes uruguayos son de los más queridos y venerados por estas tierras. El no-tango “Abuelo Osvaldo” está dedicado a su abuelo simbólico Don Osvaldo Pugliese. La historia viene de su padre, quien tenía un amor especial por el tango, y en particular por Pugliese. Pero la elección musical de Nasuti fue más por el lado de Hermeto Pascoal y Egberto Gismonti. Así las cosas, qué mejor que un revuelto de influencias para homenajear a un grande de nuestra música popular. “Décimas”, incluido en Todos los tiempos ahora (2015) se transforma en casi una despedida. Es importante destacar que durante el concierto, no faltaron las anécdotas, la emoción, algunos chistes, los agradecimientos y los aplausos, por supuesto. El cierre es con “Encuentro” también de Siete años. Justo ese nombre, esa palabra, esa necesidad que tenemos en este contexto y que en Casa Sonora es posible con propuestas como la del Gustavo Nasuti Grupo. Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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Trigémino. Corre hacia tu vida entre dos siglos

La histórica banda de rock progresivo publica Corre hacia tu vida, un nuevo álbum conceptual que cuenta en canciones el recorrido de una generación con “media vida en el siglo XX y media en el XXI”, como dice Juan “Pollo” Raffo. El disco sale en CD a través del sello Viajero Inmóvil, estará disponible en plataformas vía la Agregadora de Música Argentina (AMA), y se presenta el sábado 20 de diciembre en Cuerda Mecánica. Por Ale Simonazzi “Corre hacia tu vida es el nombre del tema, pero también el nombre del nuevo trabajo de Trigémino”, cuenta Juan “Pollo” Raffo en la charla con Revuelto. El álbum llega después de décadas de historia: aquellos primeros conciertos entre 1976 y 1981, en plena dictadura, cuando el grupo se movía por colegios, teatros y salas del oeste bonaerense, sin lograr en aquel momento registrar su música en un disco. “El primer concierto fue el 7 de mayo del 76… el año que viene se van a cumplir 50 años”, recuerda, todavía sorprendido de cuánto tiempo pasó desde ese debut adolescente. Hoy Trigémino vuelve con un sonido maduro y una formación de lujo: Juan “Pollo” Raffo en teclados y voces, Jorge Minissale en guitarras y voces, Fernando Samalea en batería y percusión, Lalo Calello en bajo y Héctor “Cote” Conrado en voces. El nuevo álbum, que se edita en CD el 19 de diciembre vía Viajero Inmóvil y llegará también a plataformas a través de AMA, propone una secuencia de ocho temas donde se alternan secciones cantadas y desarrollos instrumentales largos, fieles al ADN progresivo del grupo. Raffo lo explica con claridad: “Una de las cosas que son bastante características es la igualdad de peso entre las secciones cantadas y las secciones instrumentales. Las partes instrumentales no son decoraciones ni interludios para descansar: tienen un peso narrativo a la par de las secciones cantadas”. Esa decisión estética sostiene el carácter conceptual del disco: música y palabra tiran para el mismo lado, cada arreglo empuja la historia un poco más adelante. Esa historia es la de una generación que atravesó dictadura, 2001, medios hegemónicos y cambios de época. “Hay una secuencia en este disco que tiene que ver con episodios que de alguna manera nuestra generación ha vivido. Es como si le pasaran a un personaje que nunca se nombra, que podría ser cualquiera de nosotros, los que tenemos media vida en el siglo XX y media en el XXI”, dice el Pollo. Desde esa mirada, los temas abordan la música como rito de pasaje adolescente (Corre hacia tu vida), el horror del terrorismo de Estado (El cuarto gol), la primavera democrática (Cosecha), las ausencias (Luz ausente), los estallidos sociales (Suma cero), la desinformación mediática (El mensajero del atardecer), la violencia del “todos contra todos” (Tu pesadilla gira) y una despedida serena en La espectral confesión. En la charla, Raffo se detiene en algunos ejemplos. Sobre El cuarto gol cuenta: “Es una canción muy cortita en la cual un conscripto está haciendo guardia en un hangar de la Aviación Naval y lo relevan para que no vea cómo embarcan un vuelo. Es una historia que a mí no me pasó, pero me pudo haber pasado, porque yo estaba en ese tiempo y en ese lugar”. En pocas líneas se condensa el clima de terror de los años más oscuros de nuestra historia. Corre hacia tu vida, el tema que abre el álbum y le da título, también trae un guiño a la educación sentimental rockera de la banda: “En esa letra el estribillo son frases sueltas; cada una de esas frases se puede ubicar, rastrear en canciones de rock argentino que nos formaron. Está muy bien: estamos hechos de esas canciones”, dice el Pollo, con gratitud y sin nostalgia melancólica. Hay, además, una reflexión sobre la propia identidad musical de esta “nueva etapa” de Trigémino. Después de la reunión que dio lugar a Trampas para engañar –el disco donde regrabaron material de los 70 buscando ser “muy fieles a ese pibe de 17 años”–, el grupo se lanzó a componer música nueva en colaboración. “Se genera un ente aparte en estas composiciones. No está tan presente de forma obvia lo que hemos hecho cada uno por separado. Vuelve el grupo”, explica Raffo. Dentro de ese universo aparece El mensajero del atardecer, el tema cuyo video acaba de estrenarse y que compartimos en esta nota. El Pollo lo define sin vueltas: “El mensajero del atardecer es el fulano del noticiero. Es el tipo que viene a desmoralizarte y a desinformarte: el del noticiero de la tele, el de la tarde, o el del scroll en el celular”. Una figura reconocible para cualquiera que haya enfrentado la catarata diaria de titulares, zócalos y clips que moldean la percepción de lo real. El lanzamiento de Corre hacia tu vida se celebrará el sábado 20 de diciembre a las 20:30 en Cuerda Mecánica (Juramento 4686, CABA). No será un recital eléctrico, sino un encuentro cercano. “Vamos a estar ejecutando piano acústico, guitarras acústicas, percusión y voces; una versión informal y cercana, en un lugar hermoso que es Cuerda Mecánica”, adelanta Raffo. Y agrega una idea que nos encanta: “Estamos viendo la posibilidad de hacer una apuesta tipo living, con el público junto con nosotros, como si el escenario fuera una sala compartida”. En Revuelto Radio podés ver la entrevista completa con Juan “Pollo” Raffo, una buena oportunidad para reencontrarse con Trigémino, esa banda que nació en tiempos difíciles y que hoy vuelve a sonar fuerte para contar, a su modo, esta vida entre dos siglos. Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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Lucas Heredia. 15 años de discos, canciones, viajes y amigos en el camino. 

El cantautor cordobés, radicado en Buenos Aires hace ya dos años, dice que lo han recibido con mucha generosidad sus pares porteños. Es por eso que decidió iniciar los festejos con dos conciertos: el primero en CABA el sábado 29 de noviembre pasado en el Cultural Thames y el segundo el viernes 5 de diciembre en su Córdoba natal en el Centro Cultural Platz. En ambos casos muy bien acompañado por referentes de sendas escenas. Por Florencia Meluso – Fotos Oner Raw @oner.raw   En el caso de CABA, al llegar al Thames sabíamos que iba a ser una noche de reencuentro con amigos, tanto arriba como abajo del escenario. La música y la poesía inundaron el lugar. Hubo momentos para emocionarse, para cantar con la garganta a tope, para los silencios, la ternura, las risas y los abrazos.  Al frente de La Sin Fín, arrancó el set con “Inundación” e “Instante de claridad” dos temas de su último disco Un temblor ahora en formato banda. Ya entonces el clima era de fiesta, cuando Lucas invitó a subir a Rodrigo Carazo y a Luna Sujatovich para deleitarnos con “Corazón”, también de Un temblor. A lo largo del repertorio, cada canción propuso un viaje, hacia adentro y en comunidad. Por eso nada más lindo que dejarse llevar, dejando de lado las pantallas y disfrutar el aquí y ahora sin distracciones.  Algunas canciones más en formato banda, entre las que estuvo “Te llaman” dedicada a su madre en ese momento de partida a la distancia que nos hizo lagrimear. Es ahí que Carazo y Sujatovich regresan pero ahora por separado para hacer “Adentro hay un jardín” y “Onironauta” respectivamente. La primera, que da nombre al disco debut de 2010, contó con una curiosa anécdota de Rodrigo sobre cómo se habían conocido y la mutua admiración que se tienen. La segunda que cierra esa misma placa contó con la potente voz de Luna para meterle mucho groove. Es el momento de Aranzazu Vigorena para hacer a dúo “Un jardín”. Ese jardín de abrazos que bien podría ser el de la tapa de Un temblor. Si con esto no fue suficiente emoción y ternura, llega Flor Ruiz para compartir “Niño nube”, dedicada a su hijo Mateo, del disco Los nacimientos.  Al dirigirse al público, Lucas volvió una y otra vez sobre la importancia que tuvo para él que lo hayan hecho sentir como en casa desde que llegó a Buenos Aires. Flor Ruiz, Luna Sujatovich, y ahora Inbal Comedi son parte de esa tribu porteña elegida. Inbal entonces canta “Aire” y “Viento a favor“ maravillosamente junto a Heredia.  Y hablando de influencias, un faro para él fue Lucio Mantel, quien se sumó en “Vidala del árbol”. La conexión fue absoluta. Música de raíz folklórica con la delicadeza sonora de dos voces que se funden en una sola. A esta altura, ya sabemos que va a ser muy difícil resumir 15 años de discografía en dos horas de concierto con tantos invitados. Llegan “Telar” con Diego Marchionatti y “Raíz” con Jero Verdún sumando sus colores a estas obras.  Ahora a Lucas le brillan los ojos porque está presentando al próximo invitado “la voz más importante en MI vida”: Mateo Heredia. Con tan solo 7 años, Mateo interpreta a la perfección “Mariposa Technicolor” (Fito Páez) con una soltura que nos deja boquiabiertos.  Sigue una canción propia y ahí nomás La Sinfín nos asombra con una versión rockera de “¡Ah!…Basta de pensar», justamente del disco más acústico de Luis Alberto Spinetta.  Y si hablamos de rockearla, es acá donde se suma Andrea Juárez en el bajo para una versión bien arriba de “Corre” un tema que lo viene acompañando hace tiempo. Cierre con “Deudas del alma” del álbum Luz de cerca. “Yo quiero darle luz con mi voz, para así poder curar las deudas de mi alma” canta Lucas en este temazo.  Un viaje a la medida del inmenso artista que conmueve no sólo con su voz, sino con su decir, con su forma de hacer tribu donde quiera que vaya y con la belleza y la sensibilidad en cada palabra que sale de su boca.  El bis es con todos en el Thames coreando y palmeando “La casa de al lado” de Fernando Cabrera. “Aquí no hay tango, no hay tongo ni engaño”. Es Lucas Heredia y su magia sin fin.   Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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Un cabo suelto: un policía fuera de lugar, un cine que se resiste a los algoritmos

Este jueves se estrena Un cabo suelto, la nueva película de Daniel Hendler, director de 27 noches y figura clave del cine rioplatense. Lejos del paraguas de las plataformas, esta coproducción entre Uruguay, Argentina y España sigue a un cabo tucumano en fuga, con Sergio Prina y Pilar Gamboa al frente del elenco. Por Ale Simonazzi Cuando le preguntamos a Hendler por la diferencia entre dirigir para una plataforma gigante (27 noches) y meterse en una coproducción mucho más chica como Un cabo suelto, sorprende que no subraye un abismo: «Finalmente no sentí grandes diferencias entre una experiencia y otra, o, al menos, no sufrí el impacto de esas diferencias. Obviamente estoy más acostumbrado a dirigir en un modelo de producción independiente, pero trabajar para una plataforma tiene la ventaja de que uno no debe enfrentarse luego a la venta de la película, cuyo terreno hoy está muy limitado para películas chicas o independientes.» Ahí aparece el doble filo del momento: por un lado, un film como 27 noches nace con el respaldo de Netflix –que la estrena en su catálogo después del recorrido en festivales–; por otro, Un cabo suelto se arma con una arquitectura mucho más frágil, en una región donde el recorte de fondos públicos y el vaciamiento del INCAA vuelven cada coproducción un pequeño milagro logístico y político. Un policía tucumano entre Fray Bentos y el Río de la Plata Un cabo suelto sigue a Santiago, un cabo tucumano que se escapa a Uruguay después de haber visto algo que no debía. Cruza la frontera por Fray Bentos casi sin nada encima y se va reinventando a medida que avanza la huida: un duty free en la ruta, un encuentro con Rocío (Pilar Gamboa), trabajos improvisados, vendedores de queso en la banquina, abogados, notarios, colegas que lo persiguen desde el otro lado del charco. Sobre ese juego de identidades a ambos lados del río, Hendler nos cuenta: «Me divertía la cruza de idiosincrasias. Hay chistes que no causan gracia a argentinos ni a uruguayos, sino solamente a quienes cruzamos constantemente de un lado al otro y advertimos esas diferencias culturales apenas notorias. Siempre me llamaron la atención esas sutiles diferencias entre un lado y el otro de la frontera, y para el protagonista –un tucumano que está tratando de camuflarse del otro lado–, esas marcas de su idiosincrasia son una amenaza porque a cada paso pueden desenmascararlo. Por momentos, esas diferencias culturales también funcionan como resorte de suspenso.» La película juega con ese suspenso mínimo: no sólo huir de la policía, sino huir de la propia forma de hablar, de tomar mate, de manejar, de ocupar un uniforme que delata tanto como protege. Huir también de los gestos automáticos, de esas pequeñas costumbres Cada escena parece preguntarse cuánto de nosotros podemos disimular antes de que la vida, o el otro, nos reconozca igual. Más allá del “punitivismo” y de las personas buenas o malas Hay algo que se repite en la obra de Hendler: personajes concretos enfrentados a instituciones pesadas –la familia, la política, el trabajo, la policía, el Estado–. Le preguntamos dónde se ubica Un cabo suelto en ese mapa: «Lo que me seduce inicialmente suele ser el trabajo sobre distintos tipos de relaciones, y en el marco en que se desarrollan las tramas aparecen estos otros temas e instituciones, pero trato de evitar que estos grandes temas le ganen la agenda a la película, que finalmente explora pequeñas cuestiones del comportamiento humano. No podría decir que en Un cabo suelto quise investigar la corrupción en la fuerza policial, pero quizás sí me interesaba cuestionar ese punitivismo que tenemos tan arraigado, a través de un personaje cuyas conductas nos producen desconfianza pero, una vez que logramos empatizar con él, entendemos que merece una segunda oportunidad.» Y remata con una idea que atraviesa toda la pelicula: «Lo que más me interesa, supongo, tiene que ver con romper ese dualismo entre el bien y el mal, y darle un espacio a esas zonas intermedias. No estoy seguro si las personas se pueden dividir entre buenas y malas, pero sí creo que se pueden dividir entre las que intentan ser buenas personas y las que no tienen ningún interés puesto ahí. La película rescata a este policía gracias a ese intento, a veces fallido, por encontrar su mejor versión.» Hay ahí un gesto profundamente político, pero desde lo íntimo: un cabo, un tipo de pueblo, que no es héroe ni villano, sino alguien que prueba vivir distinto después de haber sido parte de una maquinaria violenta. Una orquesta rara de cuerpos, acentos y silencios El elenco junta nombres muy queridos del teatro y la música rioplatense: Sergio Prina, Pilar Gamboa, Alberto “Mandrake” Wolf, Daniel Elías, Germán De Silva, Néstor Guzzini, César Troncoso, Diego de Paula, entre otros. Hendler lo explica así: «Me parecía importante encontrar una paleta de actores bien diversos, de tonos en principio disonantes, y construir una armonía aparentemente imposible. Salvo en el caso de Mandrake Wolf –que nunca había actuado–, elegí actores que me parecen excepcionales. A todos los admiro y cada uno de ellos, a su manera, hace un importante aporte a su personaje.» Hacer cine como forma de resistencia Si algo queda claro en la charla con Hendler es que seguir filmando de manera independiente, hoy, es casi una declaración de principios: «Seguir insistiendo con un modelo de producción independiente es una pequeña forma de resistencia y, muchas veces, la única manera de seguir haciendo. Estamos bastante cooptados por los algoritmos, esos aliados del mercado que vienen a asegurar previsibilidad y falta de riesgo en las inversiones, lo que a los espectadores nos va alejando gradualmente de la posibilidad de sorprendernos, o de enfrentarnos a experiencias que nos incomoden o nos muevan del lugar por un rato.» Y ahí aparece una defensa hermosa de la incertidumbre: «Creo que lo que más nos impulsa a hacer una película es esa incertidumbre: no saber con exactitud adónde nos va a llevar ni por qué

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Club Social Cambalache.Cuatro años de patio encendido en la Casona de los Ezeyza.

Patio lleno, lluvia cómplice y ronda de abrazos: en la Casona de los Ezeiza (Defensa 1179), el Club Social Cambalache celebró 4 años —y el cumpleaños de Bárbara Grabinski— con una noche de tango, diversidad y comunidad. Historia y vanguardia en convivencia: Amelita Baltar, Cucuza Castiello y una fila de cantoras y músicxs que hicieron del festejo un hogar. Por Ale Simonazzi Noche de sábado en San Telmo. La tormenta anunciada decidió postergar su llegada y el patio de Cambalache se llenó de amigas/os, música y abrazos. Había doble motivo: el 4º cumpleaños del espacio y “treinta y tantos” de Bárbara Grabinski, cantora y una de sus impulsoras. Fue de esas veladas que explican de qué se trata este lugar: tango como eje y, a su alrededor, diversidad y resistencia; historia y vanguardia conviviendo al ritmo de las voces. Mientras se armaba la primera ronda, valía recordar dónde estábamos: Defensa 1179, adentro de la Casa de los Ezeiza —construida hacia 1876, caserón italianizante que, tras la fiebre amarilla, pasó de vivienda aristocrática a conventillo y hoy es galería de día y refugio artístico de noche. Un dispositivo perfecto para que la memoria no sea museo sino calor de mesa. Cambalache nació hace cuatro años como club social que ofrece una propuesta que cruza tango, fado, folklore y ritmos latinoamericanos. La promesa: shows íntimos, techos altos, pisos dameros y una atención que cuida la escucha mientras la cocina acompaña. Lo que empezó como un sueño post-pandemia, pronto se volvió espacio de resistencia cultural en el Casco Histórico de la ciudad. El cumpleaños de este sábado fue una muestra viva de lo que Cambalache entiende por cultura. Amelita Baltar —símbolo de nuestra música— cantó y recibió los más calidos aplausos; hace tiempo eligió este escenario para seguir, a sus 85, respirando tango. Entre lxs músicos que acompañaron estuvieron Vero Bellini en piano y en guitarras Alejandro Bordas y Felipe Traine. La sucesión de cantoras hizo lo suyo: Karina Beorlegui, Lucrecia Merico, Mica Sancho, Florencia García Casabal, Flor Cozzani y la propia Grabinski, por nombrar algunas, fueron dando la textura de una escena que se reconoce. El coro de patio —ese que Cambalache sabe invocar— puso el resto. Entre canción y canción, el lugar contaba su biografía secreta. El caserón de los Ezeiza, a media cuadra de Plaza Dorrego, fue hogar patricio, luego conventillo tras la epidemia, y desde 1980 funciona como pasaje comercial de día. De noche, cuando cae el sol, se abre el club: luces cálidas, mesas, una tarima mínima y la cercanía que pide el tango para volverse conversación. Esa doble vida —galería y club— es la clave del encanto. No faltó la escena ritual: torta al centro, la Polaca llamando al equipo completo para agradecer —los trabajadores que hacen posible el espacio—, y el aviso de “últimos temas” que, en Cambalache, nunca es final: es puerta que se entreabre. Allí apareció Cucuza Castiello para el cierre: gran referente de nuestra música popular con ancla en el tango, tipo generoso que sabe abrir rutas a otras voces —fue y es faro para Grabinski— es barrio, generador de encuentro y buena gente. Apenas se dijo “gracias”, empezó la recalada. Fueron cayendo quienes terminaban funciones por el barrio y no querían perderse la fiesta: Lidia Borda, Dani Godfrid, Juli Laso, Tripa Bonfiglio, Lucio Mantel… y la noche cambió de forma. Guitarras, bandoneón, piano, voces que se reconocen, patio en ronda. Si la historia de la casa explica la arquitectura, la historia del club explica el clima. No es un “bar de tango” más: es club social en el sentido más noble, mezcla de vecindad y programación. La agenda tiene un pie fuerte en tango canción —maestras/os, repertorio nuevo y standards reencendidos— y otro que abre a orillas cercanas: litoral, andes, fado. La idea es convidar sin solemnidad: que una pareja pueda venir a cenar, que un grupo de amigxs venga a escuchar, que se pueda brindar y respetar el silencio cuando se canta. La tormenta, finalmente, llegó con ganas —más de lo esperado— se sumó a la música: voces e instrumentos se entremezclaban con la lluvia, y la postal fue inmejorable. Afuera, Defensa era una película en blanco y negro de charcos. Plaza Dorrego dormía a media cuadra y, mientras nos alejábamos, quedó ese rumor de patio que siempre vuelve. Si alguien pregunta qué es el Club Social Cambalache, alcanza con esta síntesis: una casa histórica que de día es pasaje y de noche ronda de canciones, un patio donde la memoria trabaja y la escena independiente encuentra techo, y un equipo que prueba —fecha tras fecha— que celebrar también es sostener. Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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Ezequiel Borra. Veinte años de El placard.

En Cultural Thames, Palermo, Ezequiel Borra celebró los 20 años de la edición de El placard (2005) con un concierto que empezó mínimo —sentado, guitarra en mano— y fue creciendo de a capas hasta volverse una pequeña fiesta de canciones, memoria y presente. Por Ale Simonazzi Para quien lo ubica de nombre y no de obra, vale el trazo básico: compositor, multiinstrumentista y productor, nacido en 1981, criador de canciones que rehúyen la etiqueta, con un pie en la tradición rioplatense y otro en la experimentación, el humor y la psicodelia; un artista que empezó a estudiar música a los nueve años y que, a esta altura, sostiene seis discos de canciones propias más proyectos paralelos y cruces con nombres centrales de la escena independiente. Lo suyo es libertad sonora con arreglo fino, más curiosidad que molde, más método que pose. La noche en Cultural Thames abrió con “canciones puras” del disco El Placard con voz y guitarra al frente. Enseguida se asomaron las visitas y la paleta tímbrica se ensanchó: Mariano Massolo en armónica para “Los sonámbulos”, pieza a la que aportó en la grabación original; Martín “Gnomo” Reznik y Lisandro Skar en voces que suman textura; y un trío que alternó colores según pedía cada tema: Leila Chab (clarón), Juan Kiss (clarinete) y Andrés Villaveirán en teclas—que fueron piano, batería o bajo, lo que hiciera falta—. No hubo estridencias sino arreglos cuidados y esa respiración de sala que permite que los silencios también digan. Borra eligió una dramaturgia simple y efectiva: viajar de 2005 hacia adelante, detenerse en 2015 para visitar Lo peor —etapa donde confirma su gusto por la forma breve, el guiño literario, el humor que no liquida la emoción— y volver al hoy. Ese hoy también es un archivo vivo que cada tanto abre otras ventanas: hace unos años propuso en el CCK un homenaje a Facundo Cabral titulado “Vuele bajo”, mitad charla, mitad concierto, otra pista de cómo dialoga con la tradición sin volverse museo. “Cabral fue un hermano mayor que nunca tuve”, dijo entonces, y ese gesto de hablar claro sin grandilocuencia también aparece en su cancionero. El recorrido nos llevó hasta temas como “Lo peor”, “Ese que se yo” y “Semilla”, temas que el público guarda como pequeñas reliquias personales. La banda sonó compacta y lúdica; él, agradecido de volver a tocar en grupo “después de mucho tiempo”. La sensación era parecida a estar en una cocina grande donde se van sirviendo por tandas piezas cortas, precisas, sabrosas: terminaba una, quedaba el gusto, entraba otra, y así hasta el final.. Entre canción y canción, el concierto dejaba algo más que el repertorio: dejaba una idea de método. El placard —título que recuerda aquellas tomas caseras, literales, “dentro del placard”, y una ética de producción artesanal que marcó a una camada post-2001— no es un fetiche del pasado; es un punto de partida para entender por qué Borra se volvió referente de una generación que tomó elementos de la tradición y les sumó una impronta personal, fresca, independiente. Allí están, en su recorrido, los cruces con otras y otros, el trabajo de producción para colegas, y una discografía que incluye el doble Las cosas del mundo / De todos los días (2009), el EP ¿Usted está aquí? vol. 1 (2013), Lo peor (vol. 2) (2015) y materiales más recientes como Tremendo el sol, La Cantimplora o Double Rainbow, siempre con esa mezcla de juego tímbrico, canción y pequeños desvíos que en vivo encuentran nuevo lugar. Lo que hizo de esta celebración algo lejano a un homenaje fue el tono: cercano, sin solemnidad. Borra conversa, se permite la anécdota, agradece, afirma su alegría de sonar con otros y, sobre todo, dejar que las canciones respiren. El público acompaña “chiquito”, como si la amplificación mínima borrara la línea entre escenario y sala. En “Semilla” algunos bailan, muchos cantan. Cuando baja la última nota, la imagen que queda no es la de un aniversario clausurado sino la de un presente extendido: El placard sigue abierto porque esas canciones siguen encontrando cuerpo hoy. Es, quizá, la mejor noticia para quienes creemos en esta música popular independiente: no importa cuántos años cumplan los discos cuando el vivo los vuelve a estrenar. Salimos a la vereda con esa certeza. Lo que propuso Ezequiel Borra no fue un repaso de vitrina: fue una noche de canciones que todavía trabajan. Y ahí están —como hace veinte años y como mañana—, disponibles para quien quiera abrir la puerta y escuchar. Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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Puesta en origen

Sobre “Argentanos”:  Saxofón soprano: Silvio Zalambani; saxofón alto: Fernando Lerman; saxofón tenor:  Giovanni Balistreri; saxofón barítono: Jorge Retamoza Por Gabriela Stoppelman – El Anartista Hay un preámbulo que murmura entre voces, empanadas y copas. Allí enfrente, cuatro saxos repasan las partituras dispuestas en los atriles a la espera de los músicos. Cada uno lee sus líneas y sabe que el todo será mucho más que la suma de las partes.  El metal repasa, anticipa y tararea lo inminente. Nadie sabe exactamente qué le dice un saxo a otro en el simulado silencio de la espera. Es evidente que las boquillas cuchichean, las llaves precalientan sobre los orificios del tubo, las columnas de aire vibrante se aprontan a recibir eso tan raro y tan esencial, llamado música. Habrá otros sitios en el universo con atmósferas propensas, por ahora es este el único del que tengamos noticias. Por eso la música es un signo distintivo de lo terrestre, del ritmo con que con la existencia se da en lo humano. Puede que los instrumentos conversen sobre ese asunto, pero no es seguro. Después de un rato, hay una agitación en el fondo. Los músicos se acercan. Los saxos, los atriles y las partituras lo advierten y callan al instante. Se disponen a formar cuerpo con esas siluetas que les son tan familiares. Por un recorte de tiempo, el pulso del metal y el de la sangre formarán un solo organismo. Un territorio es un ritmo, no simplemente un lugar. Un modo de habitar, de contemplar, escuchar y pensar sin reducirse a definiciones. Una forma en que la poesía se hace presente en la perseverancia de cualquier lenguaje. Sé poco y nada de música. Disfruto desde el lugar de la oyente que sale de su casa en busca de encantamientos. De quien acepta la invitación a abandonar las repeticiones y las responsabilidades y entrar en puntas de pie en aquello que se presenta siempre otro, refrescante, vitalizador. O sucede o no sucede. Y esta vez, sí.  Pero eso se los cuento después. Esta vez, quizás sin previo acuerdo, los cuatro traen memorias de lugares, barrios, bares, paisajes. Territorios que hacen eco entre Italia y Argentina. Escenografías que huellan el tiempo y se llevan en el equipaje de ida y de vuelta. Escuchas atesoradas, versiones, refundaciones, ecos de aquello que no se puede ni se quiere olvidar. Despotrican sin resentimiento, menos como lamento que como afirmación de la vida las Quejas de bandoneón, de Juan de Dios Filiberto, con arreglos de Fernando Lerman.  No hay bandoneón entre los músicos, sin embargo, allí se presenta. No hay gemido ni sollozo en la queja. Lo sigue De algún modo, de Jorge Retamoza. Ya dije que mi fuerte no es la música, así que impactada por el sonido y el tamaño del instrumento, le pregunté a mi amigo Martín, que es músico y por suerte me acompañaba, ¿qué es eso? Es el barítono, me contestó, lo cual no ayudó demasiado. Luego, amplió, ya con dibujito, en un intento de rápido desasnamiento. Llegó entonces La Paternal, Cuarteto de los tres barrios, de Fernando Lerman, quien permaneció unos minutos dentro de un interesante relato acerca de lo particular que resulta vivir en una encrucijada, como les ocurre a todos quienes habitan en esas zonas donde un barrio da origen a otro, sin fronteras definidas. La imagen era bonita. Algo de eso ocurría entre los cuatro saxos: una complicidad musical, de intérpretes que han trabajado amorosamente en las composiciones propias y ajenas, fundaba una continuidad donde las singularidades, sin perderse, componían una instancia mayor, sin límites. Una experiencia bien parecida al sueño de una comunidad. Llegó entonces La Paternal, Cuarteto de los tres barrios, de Fernando Lerman, quien permaneció unos minutos dentro de un interesante relato acerca de lo particular que resulta vivir en una encrucijada, como les ocurre a todos quienes habitan en esas zonas donde un barrio da origen a otro, sin fronteras definidas. La imagen era bonita. Algo de eso ocurría entre los cuatro saxos: una complicidad musical, de intérpretes que han trabajado amorosamente en las composiciones propias y ajenas, fundaba una continuidad donde las singularidades, sin perderse, componían una instancia mayor, sin límites. Una experiencia bien parecida al sueño de una comunidad. Llegó entonces Candonga agridulce Nro 1, un cuarteto de saxofones, de Fernando Lerman, quien destacó los créditos del neologismo “candonga”, que corresponden al famoso compositor Mastropiero de Les Luthiers. El hombre buscaba homenajear al ritmo ajetreado de la ciudad con una milonga y le salió un candombe. Así que terminó por titular su composición la Candonga de los colectiveros. Esta otra candonga era tan bella y pura como solo pueden serlo las cosas impuras: las mezclas, los híbridos. Así son los barrios que se intersectan, los hombres que resultan uno con sus instrumentos, los instrumentos que se hacen uno con la música. O lo agridulce. Y, a esta altura, casi que no podía fallar, tantas referencias a sitios gestantes, que ya el concierto parecía un viaje. Ahí fue cuando nos fuimos a Catamarca, de Eduardo Arolas, en versión de Jorge Retamoza. Y estábamos en ese momento donde hacía rato la cosa había empezado, y ya habíamos logrado sumergirnos y no queríamos llegar a ningún destino. Pero en ese preciso instante anunciaron que se acercaba el final. Aunque sería un final largo, de cuatro estaciones. Una suite porteña, de Silvio Zalambani, que comenzó con Milonga que fue, siguió con Al club del vino, Nostalgia del presente hasta llegar a Buenos Aires e ritorno. Volvíamos así a casa, de donde aparentemente nunca nos habíamos ido. Tal vez por eso en los bises, Lerman anunció que “terminamos como comenzamos”. Algo semejante a venir del futuro, o avanzar hacia el origen. De cualquier modo, el territorio había sido fundado. Los saxos, las partituras y los atriles comentaban lo felices y satisfechos que se sentían. O eso imagino. Aunque nadie sepa bien qué le dice un saxo a otro, es seguro que conversan. Sin embargo, el viaje no terminó. Continúa en estas líneas que intentan agradecer esta “puesta en origen”, afirmar complacida

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Ambulantes en Chacarita: pregones que abrigan

En Dumont 4040, Julián Venegas y José Santucho presentaron Módico y de calidad: puesta mínima (voces y guitarras, poca amplificación) para un trabajo enorme de arreglos, timbres y ritmos —milonga, litoral, pregón y más—, con invitadxs y coro de mesa larga que volvió la sala una vereda en fiesta. Por Ale Simonazzi No sabía que estacionar en Chacarita un jueves podía ser una odisea. Por suerte salí con tiempo desde el oeste del GBA y llegué a Dumont 4040, bello espacio con programación muy cuidada. Ambulantes —Julián Venegas y José Santucho— volvió a Buenos Aires con Módico y de calidad, un segundo disco que camina oficios y geografías, y que según la edad del que escucha te devuelve escenas perdidas: el escobero que pasa temprano, el cartero amigo del barrio, la corneta del churrero doblando la esquina. El concierto arrancó con un gesto de comunidad: un audio de Coqui Ortiz cantándoles a estos ambulantes de guitarra y garganta. Terminado el saludo del chaqueño, el dúo subió con los acordes de “Durazno a cuarenta el ciento” (Celedonio E. Flores / José Razzano): milonga de comienzos del XX a la que Ambulantes le arrimó un aire de Cuba. De ahí a “Cocacolero” (de Santucho), tema que nace de esa foto del Estadio Azteca donde Maradona hizo historia. Cuenta Víctor Hugo Morales que cuando le mostraron a Diego la foto remarcó que el mundo vió ese gol menos el vendedor de gaseosas que estaba de espaldas: “Tiembla el partido / la hinchada ya se estira como falda / vos te perdés los goles por la espalda / y ganás carraspera en el rugido”. Ahí sentimos de qué va Módico y de calidad: cronicar lo cotidiano con ternura y pulso. Cuentan que van a tocar el disco completo y con invitadxs. Así es que “Escobero” llega con Nico Arroyo en percusión, después Flor Giammarche se suma para “El vendedor de yuyos” en una interpretación profunda, vals lento que mece la sala y nos lleva lejos de la ciudad: la canasta, las hojas y sus aromas, el remedio que pasa de mano en mano. Con Homero Chiavarino en acordeón la noche se volvió Rosario por un rato: el Paraná, las mesas bajo la arboleda, el humo del carrito que, como dice la letra, “devuelve el alma al cuerpo”. El recorrido del álbum cerró con “El cartero”, al que Miguel Vilca le sumó el charango: la imagen de quien busca palabras de aliento y abrazo en un buzón que está vacío. Con ganas de más, llegan temas del primer disco: “Ambulantes”, “Chatarriero”, “La Florista”. El coro general acompañó cada estribillo, todos cantando “chiquito”, como si escenario y sala fueran la misma mesa larga. En “Pregón del heladero” invitaron a Mauro Ciavattini en saxo y Venegas tomó la kalimba para que todos terminemos en el pregón popular “¡heladoooo, hay palito, bombón, helado!” que nos lleva a veranos de infancia. Para el cierre, “Recolector” —homenaje a esos atletas del asfalto— con Nico Arroyo en percusión y Ciavattini en clarón; y todavía hubo lugar para “El churrero” a dúo, como quien apaga las luces de a poco, después de encendernos el alma. Módico y de calidad trenza milonga, litoral, marcha, pregón, cueca y las mezcla con instrumentos huéspedes (guitarrón, cuatro, tres). El corazón del proyecto es reconocer a las personas detrás de los oficios; resignificar la palabra “ambulante” como dignidad en movimiento. No hay museo ni postal: hay canciones de manufactura que entran en la memoria popular por derecho propio. También hay poética de objetos —la cosa, el oficio, la persona—: la escoba y los trapos de piso que nombran al escobero, la carta que justifica el paso del cartero, la corneta que hace barrio. Por eso Ambulantes imprime cancioneros y acerca sus músicas a escuelas, bibliotecas, sobremesas: para que se canten, que se toquen, que se hereden. Para que vuelvan de donde vinieron, como dijo José Santucho. Y por eso el título: módico en recursos, de calidad en humanidad. Un modo de producción artística que es al mismo tiempo mirada política: cuidar lo común, dar lugar a quienes sostienen la ciudad con trabajos que casi no miramos. Volví de Chacarita sabiendo algo que conviene no olvidar: la música también es trabajo (muchas veces compartiendo el espacio ambulante). Este dúo arma su puesto con pregones afinados y nos entrega una feria de historias. El disco es la foto que en los conciertos es mercado vivo: voces, cuerdas, risas, recuerdos, aplausos… y en esas feria musiquera encontramos lo que andábamos buscando sin saber. Ambulantes honra a lxs laburantes de la calle con canciones necesarias; nosotros —agradecidos— nos volvemos a casa un poco más atentos, un poco más juntos. Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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Hamacas para naúfragos

Sobre “Tío Vania”, dirigido por Oscar Barney Finn, actuado por Paulo Brunetti Por Gabriela Stoppelman – El Anartista El filósofo argentino Oscar Del Barco señala una y otra vez la necesidad de sumergirnos en el “exceso” para aspirar a algún espacio de libertad. El exceso no se concibe como un ente supremo o una sustancia trascendente, sino como lo absolutamente otro que excede toda determinación. Es un “plus” que ninguna categoría, lenguaje o concepto puede contener. Ese exceso se experimenta en lo sagrado, en lo inabarcable. Es aquello que se abre en las palabras del poema, en un gesto, en un paisaje. Esa sobreabundancia tan contrastante con la experiencia cotidiana, que no sabemos muchas veces cómo regresar a la cotidianeidad impregnados de su potencia. Allí, en ese exceso, en ese don, que es a la vez intemperie y abandono de toda identidad, lo divino se expone y se retira al mismo tiempo.  Digo don, porque hay un movimiento de gratuidad radical: no es algo que se gana, ni se merece, ni se manipula. Cerca de Bataille se trata de una pura donación sin sujeto que la done ni objeto que la reciba. No es sencillo colgar del perchero el nombre, la profesión, la biografía, nuestro aferramiento a ser solo consecuencia de lo que fuimos. La experiencia de entregarnos a lo otro que siempre podemos ser pude terminar en una huida hacia lo conocido, en la locura, o en la entrega. Y me detengo en la entrega, sí, ese entregarse a la desposesión de uno en la posesión de otro. Ese movimiento exactamente es el que pone en escena el unipersonal que presenta Brunetti. Son ocho personajes desprendidos de un solo cuerpo, cada uno dinamizado por el vínculo con un objeto. El buen teatro siempre me regresa a aquella luz que echó Walter Benjamin sobre nuestra relación con las cosas:  si uno les devuelve dignidad a los objetos, los objetos levantan los ojos y nos miran. De ese modo, una pelotita sale de un bolsillo para marcar el tono y el devenir de un personaje y se continúa en un trozo de tela roja, vuelto voz y cuerpo de mujer. Así, los objetos actúan. Por instantes, la actuación cumple con ese viejo rito mágico de desaparecer en plena presencia. Lo ausente se manifiesta. Lo que falta se insinúa. Pero todo este devenir otro de un único actor se presenta al principio con la veladura del fantasma. Ante el espectador hay una sucesión de retazos, de figuras, un juego de postas de la voz y las inflexiones, donde no se sabe bien quién es quién. Trazos primarios, primeros, como palotes o mamarrachos que se prueban en el esmero de la audiencia. Se ofrecen sin definirse. Hermosa experiencia de la atención que busca, se esfuerza, se implica en esa infancia donde el crayón investiga el origen del lenguaje, aún sin significar. Y, en el transcurrir, el tiempo escénico, la plástica metamorfosis actoral, la escenografía simple y a la vez llena de zonas de pasajes, poco a poco definen los contornos de cada personaje. Un argentinísimo Tío Iván administra la finca y la rotación del resto de los roles.  Igualito a un sol indisciplinado, corre el centro de sus sistema solar -a veces hacia un costado, otras veces hacia el pasado, algunas más hacia el porvenir- y habilita el desplazarse de sus planetas. De pronto, desaparece y deja que, por ejemplo, Sonia- su sobrina- se vuelva el astro rector. Sonia, la tejedora, la que se autodeclara “ordinaria”, la que se deshace en un romance imaginario con Un Dr. Miguel que jamás la ha mirado con deseo. Sin embargo, como todo espíritu luchador, ella prefiere aferrarse a la pequeña ilusión de no definir, de no saber, de no hundirse en la confirmación de un rechazo, antes que sucumbir al desarraigo, a ser una desatada de mundo y constelaciones. Sonia, una de las más telenovelescas las mujeres de Chejov, de a poco muestra lo que la sabiduría guarda en la tela de su ruedo. Mientras la humilde Sonia ovilla su desesperada búsqueda del sentido en cotidianeidades, la bella y multi deseada Helena agota sus días en esa celda que muchos llaman “matrimonio constituido” con un viejo ex gobernador patagónico, Alejandro. Un hombre que transita la ladera de su vida y, entre furores, medicamentos y frustraciones, declina junto a ella hacia un valle sin retorno. Helena, de tanto en tanto, se da un gustito, otea un rincón de la clandestinidad. Pero esos rincones, cuando se los visita sin coraje, también son desabridos. Ya todo está en medio de un torbellino de pasiones, en el momento en que aparece el abanico. Detrás, Isabel, la madre de Iván. Sin embargo, a esta altura no hay nada que materne la escena. Ni los denuedos del ama de llave, María, ni las quejas de Diam, el peón. La danza de los devenires avanza hacia el vacío. En el espacio escénico crece el protagonismo de los callejones. Más allá de las ventanas y las puertas, hay un mundo que no vemos, donde todo se pierde sin horizonte. Como una gran boca que devora los vínculos, incendia los bosques, arrasa el verde de los mapas, sofoca el aire en las cartografías. Quedan una borrachera de silencio en la atmósfera, una perrita que compaña los desamparos y una hamaca, indetenible en su vaivén. Firmes, las cuerdas la sostienen de un sitio invisible. Como las últimas varas de una balsa que se hunde, el yute da sostén a los náufragos. Los mece en esa última posible cuna. Y allí, en esa infancia aún por venir, anuncia los brotes de sentido aún posible. Abraza, cuando todo parece intemperie y abandono.El rito sagrado se ha cumplido. Lo indecible se ha manifestado. Quienes asistimos salimos impregnados de ese imprescindible que nutre la tabla rasa de la mera vigilia.No queda más que agradecer. O poetizar. O pensar lo absolutamente otro. La obra se puede ver en el British Arts Centre, Suipacha 1333, los sábados a las 20 hs.

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