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A los cerros: música, memoria y conversación

A los cerros: música, memoria y conversación

La presentación de A los cerros en el Centro Cultural Borges fue la celebración de un reencuentro en un disco: el del guitarrista salteño Seva Castro y el bandoneonista jujeño Santiago Arias, diez años después de aquella edición que los unió por primera vez, Criollo. Un diálogo renovado entre cuerdas y fuelles, entre paisajes y memorias que siguen latiendo con el pulso del norte.. Por Ale Simonazzi Desde los primeros acordes, se respiró un clima íntimo, casi de sobremesa musical. El bandoneón y la guitarra conversan como viejos amigos que se conocen las pausas, los acentos, las miradas. No hay urgencia, hay respiración. Y en esa calma se abre un universo de melodías profundas, con raíces en los cerros, en la tierra, en la gente que los habita. “Somos los mismos, pero a la vez dos personas totalmente distintas —afirma Arias—. Pasaron diez años, hicimos otras cosas, pero el espíritu sigue siendo el de nosotros. Volver a tocar juntos es reencontrarnos con ese diálogo inicial.” Y es precisamente ese diálogo el corazón de A los cerros. El disco, y su versión en vivo, se sostienen en una complicidad musical que trasciende el tiempo. No se trata de nostalgia, sino de continuidad. “Queríamos volver a hacer lo que siempre nos salía bien —agregó Castro—, tocar folclore criollo con ese estilo contrapuntístico que es tan nuestro, y cuidar el repertorio para que siga teniendo que ver con nuestro norte”. El norte, justamente, es más que un lugar: es una forma de estar en el mundo. A los cerros es un homenaje y una ofrenda. “Encontramos que ese nombre —cuenta Arias— nos resultaba más poético. A los cerros suena como una dedicatoria, una entrega. Y los cerros son algo que nos identifica mucho: son distintos, pero a la vez muy parecidos, como nosotros.” Castro completa la idea con una imagen que queda resonando: “Cuando me vine a vivir a Buenos Aires, lo que más extrañé no fue mi casa ni mi gente, fue no tener cerros. No tengo referencia, no tengo silencio. El cerro te ubica, te contiene, te da un lugar.” Y Arias, que ahora vive en México, sumó una mirada que cruza geografías: “Hay música que no puedo tocar si no evoco el cerro adentro mío. Me crié al lado del Cerro Negro, y eso está en cada cosa que hago. No lo pienso, simplemente aparece. Está en mi forma de tocar, en mi forma de grabar. Es mi paisaje interno.” La presentación en el Borges fue una extensión natural de ese universo. La guitarra y el bandoneón se entrelazaron en un recorrido por las músicas de Atahualpa Yupanqui, los Hermanos Ábalos, Raúl Juárez, Cuchi Leguizamón, Falú y Dávalos, entre otros. Bailecitos, zambas y chacareras se sucedieron con la cadencia de un río que conoce bien su cauce. A diferencia del disco —donde la única invitada es Maggie Cullen—, la noche sumó a Mauro Ciavattini y Víctor Carrión en vientos, ampliando el color y la textura sonora del dúo. Cullen aportó su voz luminosa, y Lorena Astudillo, inmensa, transitó la obra de Carnota y el Cuchi con emoción y fuerza. El cierre fue una celebración colectiva: La Arenosa sonó como un abrazo, con todos los músicos sobre el escenario y el público acompañando con palmas y sonrisas. “Nos alegra coincidir en tanto, después de tanto —nos había dicho Arias—. Hay un plano musical que no tiene palabras, que es puro ser. Eso es lo que sentimos con Seva: la complicidad, el disfrute, el estar en la misma película.” La noche dejó la certeza de que este reencuentro no es un regreso sino una continuidad. A los cerros es música que nace del silencio, del aire alto, de los caminos compartidos. Es una conversación que no se agota: un sonido que nombra el paisaje, que lo honra y lo reinventa. Nos quedamos con ganas de más, pero también con la alegría de saber que a este dúo le apasiona el encuentro, la charla, la amistad. Y cuando hay cerros, música y complicidad, siempre habrá camino por andar. Suscribite a #Youtube.  Mandanos un whatsapp ➯ Acá

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El arte de estar donde hay que estar

El arte de estar donde hay que estar

Un encuentro entrañable entre Teresa Parodi y Ernesto Snajer en Café Vinilo, dentro del ciclo Notas de paso en vivo. La palabra, la música y la memoria se entrelazaron en una noche que fue conversación, homenaje y revelación. Por Ale Simonazzi La convocatoria para estar en Café Vinilo era especial. Notas de paso, el ciclo televisivo que Ernesto Snajer condujo durante una década, ahora «en vivo”, brindando la posibilidad de sentir cómo las palabras, las anécdotas y la música se funden en presencia. Un espacio íntimo, como es Vinilo, una sala familiar donde las guitarras descansan cerca de una copa de vino y las historias circulan con naturalidad. Snajer abrió el encuentro con dos temas instrumentales, casi como quien abre una ventana para dejar entrar el aire. Guitarra y loopera bastaron para crear un clima de bienvenida. Luego, con una sonrisa que cruzó toda la sala, presentó a Teresa Parodi, quien se acomodó entre aplausos cálidos y un respeto cargado de afecto. “Parte de mi compromiso lo llevo adelante estando donde creo que hay que estar”, dijo Teresa, y la frase pareció resumir su vida y su obra. La conversación giró pronto hacia el oficio de componer. Snajer quiso saber si había método o rutina en la creación. Parodi, con humor, recordó su casa llena de hijos y que, entre pañales, comida y vida, nunca hubo horarios posibles. “La música aparecía cuando podía, o cuando quería”, dijo. Snajer tomó la guitarra e hizo sonar la introducción de Pedro Canoero. “Una de las más lindas intros que escuché”, confesó. Teresa sonrió: “Esa es mía, cuando era buena guitarrista… después me rodeé de muy buenos músicos y me dediqué más a cantar, perdí algo de técnica”. Entre canciones y recuerdos, la charla viajó a su primera Plaza Próspero Molina, en 1984. Parodi evocó aquella noche con su guitarra y la incertidumbre a cuestas: colegas que le sugerían cantar clásicos del folklore, familia que le pedía interpretar lo suyo. Eligió el camino propio, y no se equivocó: ganó Cosquín y conquistó al público que no la dejaba bajar del escenario. A partir de allí llegaría su primer disco con arreglos de Oscar Cardozo Ocampo, y la anécdota entrañable de la “caja de cartón” donde guardaba sus canciones. “Tenés mucho de esto en la caja”, le dijo Cardozo Ocampo al descubrir temas que hoy son joyas de nuestro cancionero. En ese clima de confianza, las guitarras volvieron a sonar para A la abuela Emilia, y el tiempo se detuvo. La complicidad entre Parodi y Snajer tejía una conversación entre generaciones, una música que se dice con miradas, acordes y cantares. Llegó luego el momento de hablar de Todo lo que tengo (2017), disco que los reunió con Snajer en los arreglos. Sobre Yo tuve un hermano —poema de Cortázar dedicado al Che—, Teresa contó: “La poesía es música. A diferencia de la canción, el poema deja la puerta abierta a muchas músicas. Una mañana, entre mates, la canté, no dejé de cantarla… ahí estaba la melodía esperándome”. Entonces la interpretó, y su voz llenó la sala de emoción… «Yo tuve un hermanono nos vimos nuncapero no importaba.Yo tuve un hermano.que iba a los montesmientras yo dormíamientras yo dormía.» Entre risas, bromas sobre los procesos de grabación y reflexiones sobre los poetas que la marcaron, apareció el nombre de Armando Tejada Gómez, autor de La lucha. “Los grandes poetas escriben para siempre”, dijo Teresa, y en su decir, sin saberlo, también hablaba de sí misma. Y ahí nomás la música para que suene La lucha… «de un lado el jardinero, del otro el asesino» El cierre fue coral: El otro país fue canto compartido. Una celebración del arte como acto de verdad, y del encuentro como forma de resistencia. Hay noches en que la música no solo se escucha: se habita. Y esta, sin duda, fue una de ellas. Suscribite a #Youtube.  Mandanos un whatsapp ➯ Acá

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MANTITAS DE ABRIGO PARA EL PORVENIR

MANTITAS DE ABRIGO PARA EL PORVENIR

Sobre la obra teatral “Leonora”, una obra de Alberto Conejero, interpretada por Teresita Galimany, con dirección de Carlos Ianni Por Gabriela Stoppelman – El Anartista ¿Cómo hacer del cuerpo un territorio que abra camino hacia los otros sin rompernos? Si el cuerpo o el lienzo son espacios frágiles y a la vez potentes, de contornos variables y difusos, ¿cómo cuidarlos de certezas, descartes y abandonos?, ¿de qué modo aliarlos al deseo y alejarlos de las garras del mero querer cosas, saber cosas, acumular cosas?, ¿dónde saldar los costos de las desilusiones y los olvidos?, ¿en qué sitio valuar el precio incuantificable de la herida? El impactante texto de Alberto Conejero López ronda, entre otros, estos interrogantes, sin explicitarlos. Porque donde sobrevuela la poesía, deponen sus armas la teoría, el discurso y toda pretensión de clara argumentación. El tiempo está interrogado en sus disciplinas cronológicas; el espacio, en sus geometrías firmes. Pero la más zarandeada de todas las entidades que juegan en la obra es el yo: yo soy multitudes, así que mi retrato es siempre colectivo, esa es la apuesta de Leonora. El “mí misma” se vuelve así una instancia muy pequeña en relación a la inmensidad que la habita. Esa misma inmensidad, que a veces se contrae en un recorte, hace la misma pirueta que el infinito vuelto escenario o lienzo. Porque el cuerpo es siempre la primera pincelada, no queda más que ser un trazo en los caminos que andamos, una impregnación de color y tono, sin asunto, ni argumento, ni tema. ¿Y hacia dónde dirigirse, así, con las fuerzas involucradas al desnudo, en el despojo absoluto, con el solo equipaje de mi dolor y mi alegría, mis vivos y mis muertos es lo que voy a hacer visible en mi pintura? Algo cruel, dirá Artaud, con la fuerza del hambre, pero sin ser su símbolo. Y de este modo Leonora, aferrada a las mitologías que le contaban las mujeres de su infancia- su madre, su abuela, su cuidador- será una vez la diosa blanca celta, otra la giganta siempre a un paso del cielo, otra la reina Boudica, que venció a los invasores romanos: ejército de una sola soldada contra los mandatos de la familia, de una Europa que se recalentaba en fascismos, contra toda la hiel de las ausencias. En ese pincelar su nido, ella siempre supo que es bueno que el nombre quede al margen, el apellido, detenido en la boca. Como quien dice, cuelgue del perchero la sapiencia, la identidad, los callos de las convicciones. Hágase a un lado de esa lámpara que solo alumbra la imagen del hombre o de la mujer que usted supone ser. No permita que le engorden el corazón y el destino. Recién entonces, sí, adéntrese en lo desconocido. Ese espacio donde la luz no ilumina, la luz es lo que ve, como dice Oscar Del Barco. Y en este preciso momento, con la escena ya comenzada, el cuerpo de la actriz inaugura una pintura no del todo visible al espectador, aunque bien enmarcada en la atmósfera musical de un violonchelo. La actriz y la intérprete conversan con la mirada, una despliega el sonido donde la otra monta el movimiento y la palabra. Y son muchas en el escenario, aunque simulen ser solo dos. Hay varias mujeres sin edad que se prueban en distintos rumbos, como quien se prueba la ropa para elegir la que más la desvista. Puede que una de ellas tenga 24 años e intente huir en un barco hacia Nueva York. El barco que la espera es frío y metálico, como el padre que la persigue para internarla en un psiquiátrico. Puede que la locura de un padre sea la parte podrida en la raíz de una hija. Puede que un buen desarraigo abra las puertas a uno de esos infiernos musicales, de los que hablaba Rimbaud, uno de esos descensos a la lejanía y a la intemperie donde, de pronto, surge un ritmo, la curva justa de una pincelada. Y así remontar la vida: Subo por los años como una alpinista. Escalo, escalo y escalo, siempre a punto de resbalar y de desaparecer en el vacío. La cima más alta y la profundidad más honda parecen estar tan cerca a veces. Y esa lucidez encandila a tal punto, que te hace salir borrosa en el retrato de familia. La única mujer de cuatro hermanos, la gran decepción de su padre. La mujer que huye de la escena matrimonial, del futuro de múltiple paridora. La que escapa para encontrar lo que aún no es, lo que aún puede ser. ¿Cuántas vidas tiene una vida que cabalga de infancia en infancia, de apuesta en apuesta sin detenerse por mucho tiempo en ninguna? Lo incontable es la edad de las vidas mamushkas, de las existencias milhojas que desbordan el relato de su biografía. Por más que mi padre prende fuego a mi caballo. Lo veo arder. Cuando el caballito se consume, recojo las cenizas con las manos y me las trago. Ahora soy una niña-centauro. Qué gusto jugoso tienen los muertos en las bocas que los acunan, los rescatan del olvido… Ni el internado, ni la escuela de buenos modales para aristócratas ni la psiquiatría corrigen la perseverancia de quien ha probado el sabor de la ceniza. Solo hace falta una chispa para que de la ruina surja la revelación: Un meteorito azulado recorre mis venas cuando contemplo en Florencia el cuadro de Ucello. No hay vuelta atrás. Seré artista. Seré pintora. Me lo repito como una promesa o un mandato. El brillo de la revelación ilumina todo el cuadro, que ahora incluye a los espectadores. ¿Cómo se expande la luz revelada? Tal vez en la alternancia de la luciérnaga: se prende como promesa, se apaga como advertencia con voz madre: Tú no estás destinada a envejecer dócil ni sumisa. Lo supe al darte a luz, hija mía. Todas las mujeres de nuestra estirpe somos druidas, tejedoras de lo invisible, pero los hombres tienen miedo de

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Cosecharás tu siembra

Cosecharás tu siembra

Agustina Banegas y una fiesta inolvidable en Galpón B Por Florencia Meluso Foto Diego Nucera Hay cantoras que cantan con el corazón y conmueven con su voz. Pero si además, a ese canto le suman letras sinceras, danza, vestuario despampanante, momentos de intimidad y sorpresa, esa cantora se vuelve ARTISTA. Así con mayúsculas. Lo que Agustina Banegas entregó el viernes pasado en Galpón B fue más que un espectáculo. Ya desde el comienzo sabíamos que iba a haber muchos ingredientes intentando llevar a un escenario porteño lo vivido en el Festival de Doma y Folklore de Jesús María en enero de este año. Pero lo que sucedió allí fue más que un show explosivo, como anunciaban los medios que se hicieron eco. Fue un despliegue de talento, destreza, ternura y reafirmación de un camino que ya tiene un largo recorrido siendo tan joven y que promete mucho por delante. La noche arrancó con la apertura de Alma Hernández, joven cantora de Ferré (Pcia. de Buenos Aires), seguida de Diego Barrionuevo, oriundo de Morón quien también cantó algunas canciones para preparar el terreno. Estos cantores entibiaron el ambiente para palpitar lo que se venía. La entrada de Agustina y el set inicial se centraron en sus orígenes roqueperenses y las canciones propias que conforman Homenaje, ese primer EP de 2024 que es su carta de presentación. Sentidas letras que honran el linaje, sus raíces, las mujeres trabajadoras y lo esencial. Diego Suárez en flauta traversa se sumó para el huayno “Artesana sin libreto”. Foto Diego Nucera Con una banda de excelencia integrada por Andrés Guagliardo en guitarra criolla, Leo Tegli en guitarra eléctrica, Juan Acosta en bandoneón, Agustín Gaugliardo en batería y dirección musical y Gabriel Monsalve en bajo eléctrico, el lugar podía mutar de un festival multitudinario, a una peña en algún lugar del norte argentino o un reducto íntimo para disfrutar de una copa de vino y comer algo rico. La solidez de los músicos demostró que no había chance de momentos bajos en el repertorio. Agustina llevó adelante la noche con gran profesionalismo. Acompañada en los momentos de danza por 𝐅𝐥𝐨𝐫 𝐂𝐮𝐫𝐚, 𝐆𝐮𝐬𝐭𝐲 𝐏𝐞𝐫𝐞𝐳 𝐲 𝐋𝐚𝐮𝐭𝐚𝐫𝐨 𝐂𝐚𝐥𝐯𝐢𝐧𝐦𝐨𝐧𝐭𝐞, deslumbró con cuatro cambios de vestuario. El mismo de Jesús María al comienzo, luego otro plateado con mucho brillo para el set de malambo fantasía con bombo y boleadoras. Uno muy elegante y negro para cantar “Conmigo y en mí”, un estreno compuesto recientemente, acompañada del gran pianista Leandro “Pitu” Marquesano como invitado. Además se sacó las ganas de interpretar “La última curda”, porque “a los gustos hay que dárselos en vida” dijo. En la sección zambas, hubo de esas que nos sabemos todos, donde el público fue partícipe coreando “Zamba por vos”, “Luna cautiva” y “Balderrama”. Entonces Agustina presentó con mucho orgullo a Agustín Di Nezio de tan solo 7 años que subió al escenario a cantar y llenar el aire de ternura.Vuelve la banda completa para el último tramo con gatos y chacareras que transformaron Galpón B en una auténtica peña con una gran ronda de encuentro. Allí se sumó el violín de Gabriel Cajal para hacer “La Sacherita”. Foto Diego Nucera El final fue una fiesta con una memorable versión de “La sembradora”, esa chacarera que acompaña a Agustina desde que su maestro, el “Negro” Colman se la enseñó de pequeña y que se conviritió en himno. Y hablando de sembrar, qué importante es propiciar estos espacios. Qué importante que las personas que asisten a un espectáculo participen activamente del aquí y ahora. Qué bueno que existan personas como Agustina Banegas que entendiendo el rol que tiene como ARTISTA utiliza todas sus herramientas y su versatilidad al servicio de la emoción, la alegría, la ternura, la memoria y la fuerza. Esto es sólo el comienzo de mucho más por cosechar. Suscribite a #Youtube.  Mandanos un whatsapp ➯ Acá

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Veinte lunas después

Veinte lunas después

Pasaron veinte años de la edición de Primera luna, Georgina Hassan volvió a iluminar ese repertorio en una noche cargada de emoción en el Teatro Hasta Trilce. Acompañada por una banda exquisita y artistas invitados, revisitó las canciones que marcaron el inicio de su camino, dándoles nuevos sentidos y resonancias. Por Ale Simonazzi Llegamos a Hasta Trilce sabiendo que sería una noche especial. No solo por los veinte años de Primera luna, sino porque las canciones, como los ríos, cambian de cauce y de reflejo con el paso del tiempo. Desde el primer acorde de “Fui a fonte”, tema del folklore portugués que también abre el disco, quedó claro que Georgina Hassan no venía a repetir: venía a renombrar, a dialogar con su propia historia. Las canciones de aquel 2005 se escucharon con la madurez de quien ha vivido, viajado, aprendido, pero también con la misma delicadeza y entrega del inicio. Primera luna —ese punto de partida— nació en un tiempo de incertidumbre: Georgina vivía en Chile, sin muchas certezas y con un puñado de canciones. Fue su hermano, Ariel Hassan, quien cruzó la cordillera para buscarla y proponerle grabar ese primer disco. Aquel gesto amoroso fue el inicio de todo. Desde entonces, la música de Georgina Hassan no dejó de crecer, de viajar, de abrir puertas. Y esta celebración fue también una forma de agradecerle a la vida por aquel comienzo. En esta versión 2025 de Primera Luna, Hassan volvió a estar acompañada por Pablo Fraguela, pianista, acordeonista, arreglador y cómplice musical de siempre. Entre ambos desplegaron una alquimia que fue mucho más que memoria: fue un volver a crear. Canciones que alguna vez fueron refugio, ahora son celebración. El escenario reunió a una formación de lujo:Rafael Delgado en violonchelo, Guido Martínez en contrabajo, Facundo Guevara en percusión, Maritza Pacheco Blanco en violín, y Gustavo Segal —compañero de vida y artesano del sonido— sosteniendo cada matiz desde el audio, logrando que todo sonara nítido, cálido, perfecto.Cada músico aportó belleza, sensibilidad y compromiso, disfrutando de ser parte de un todo mayor. Verlos tocar fue disfrutar de una conversación mágica y exquisita. No faltaron invitados que propusieron momentos de gran emoción. El dueto con Manuel Álvarez Ugarte —en bandoneón— fue uno de ellos: juntos interpretaron una canción inédita de Georgina dedicada a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, con una especial dedicatoria a Teresa Parodi, presente en la sala y a quien todos pudimos aplaudir y agradecer. También fue conmovedor el encuentro con Mishka Adams: dos voces que se fundieron en un abrazo a capella, suspendiendo el tiempo, recordándonos que la música es una forma de respiración compartida. Aún quedaban sorpresas. Lito Vitale se sumó para compartir Jazmín de deseo, canción que Georgina compuso para su hija Viole y para todas las mujeres. Fue un momento de pura emoción: la música convertida en memoria, en legado, en ofrenda.Pero la verdadera epifanía llegó cuando Viole subió al escenario. Madre e hija, frente a frente, se cantaron a modo de abrazo. En ese instante, el tiempo se detuvo. No hubo técnica ni virtuosismo que importara más que ese gesto: la continuidad del amor a través de la música. Veinte años después, Primera luna sigue brillando con la misma luz, pero con una nueva órbita. Ya no es solo el registro del inicio de una artista, sino la constelación de su camino: cada disco, cada viaje, cada encuentro expandiendo el círculo. Georgina Hassan no repite canciones: las vuelve a sembrar. Y lo hace con la certeza de que la música, cuando nace del alma, sigue creciendo, se transforma y nos transforma. Suscribite a #Youtube.  Mandanos un whatsapp ➯ Acá

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Canciones que se reinventan en el encuentro

Canciones que se reinventan en el encuentro

Reunión de dos referentes de la música uruguaya, Fernando Cabrera y Hugo Fattoruso, en Café Berlín Buenos Aires. Un concierto donde cada tema, aún conocido, pareció nacer de nuevo en la alquimia de este dúo exquisito. El cruce de sus trayectorias se cristaliza también en un vinilo grabado en el Teatro Solís de Montevideo, que ya es parte de la memoria compartida de ambas orillas. Por Ale Simonazzi El encuentro de Hugo Fattoruso y Fernando Cabrera propone un espacio íntimo donde dos trayectorias inmensas dialogan para reinventar lo propio y lo ajeno. Canciones que forman parte del ADN de la música del Río de la Plata sonaron con el aire fresco de lo recién compuesto. Cabrera lo dijo alguna vez: “Una canción no se repite nunca igual”. Y aquí, junto a Fattoruso, esa premisa se volvió manifiesto. Desde el primer acorde, quedó claro que el repertorio elegido no era un repaso nostálgico sino una exploración en presente. Obras de cada uno se volvieron terreno común, campo de juego para la relectura. A Fattoruso lo disfrutamos al cantar y quedamos cautivados cuando en el piano, el teclado o el acordeón, despliega su infinito mapa de ritmos que le aporta nuevas capas a la poética precisa de Cabrera quien, con su voz que talla la palabra como piedra y con su guitarra inconfundible, abrió ventanas insospechadas a la música de Hugo. Lo vivimos como lo que fue: un privilegio. No asistimos a un concierto: fuimos testigos de la creación en vivo, del momento exacto en que una canción vuelve a existir. Dos nombres fundamentales de la música uruguaya nos regalaron «nuevas canciones que ya escuchamos». En 2024, los músicos iniciaron estas presentaciones en el Teatro Solís de Montevideo, parece increíble, pero no habían compartido un proyecto en común hasta ese momento. Según cuenta Hugo, la idea fue de Javier Celoria, productor y gestor cultural. “Cuando se juntan dos artistas surge algo que no es ni uno ni el otro. Es lo más lindo: lo extraño, lo nuevo”, afirmó Cabrera en una entrevista en el diario El País de Uruguay, como prueba de que el todo es siempre más que la suma de sus partes. Fue precisamente en el Teatro Solis donde se grabaron los temas que integran el vinilo Cabrera-Fattoruso recién editado. Los conciertos en Café Berlín ofician de presentación del disco. La noche propuso climas diversos: introspectivos, festivos, llenos de complicidad. En cada pasaje había miradas, gestos, que revelaban no solo respeto mutuo, sino el disfrute genuino de estar tocando juntos. “El tiempo está después”, “Alas blancas”, “Viva la patria”, “Día después”, “La garra del corazón”, «Desterrado”, fueron parte un repertorio cuidadosamente elegido . Al final del concierto quedó la certeza de que hay discos y conciertos que no solo registran canciones, sino que construyen memoria: memoria de una música que cruza orillas, que hace de la amistad un gesto estético y convierte lo ya escuchado en novedad. Cabrera y Fattoruso son muestra de la identidad de nuestra música popular del Río de la Plata, música que sigue dialogando consigo misma y con quienes nos dejamos atravesar por ella. Como lo hacen estos dos maestros que -juntos-, eligen aprender, reinventar, mantener encendida la llama. Suscribite a #Youtube.  Mandanos un whatsapp ➯ Acá

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UY, ME PERDÍ

UY, ME PERDÍ

Sobre “No me muero”, obra escrita, dirigida e interpretada por Julieta Carrera Por Gabriela Stoppelman – El Anartista DESDE TU CORAZÓN DIGO A TODOS QUE MUERO (*) O también podría decir, “ayer pasó algo y me perdí”. Por suerte y no tanta me perdí. Se me torció la línea recta que conduce la disciplina de toda empleada y me desentrañé. Es decir, me quedé con todas las entrañas para afuera. Y te digo, las tripas mostraban un texto clarísimo que nunca terminaré de leer, aunque me las di de experta en vísceras, y comencé a descifrarlo. En las cifras caídas estaban el sueldo, la cara de mi jefe, la oficina de la aseguradora de riesgos que no asegura ninguna actividad riesgosa y la voz que atiende al público y se desatiende, que ya no se parecía a la mía. Bueno, para qué sobreabundar, una lista larga. Sin embargo, entre las cifras que ascendían se abrió una inmensidad. Como un mar que lo ocupaba todo y no tenía detrás. Pero yo insistía en preguntar, ¿qué hay detrás del mar?, mientras alguno me reclamaba, ¿y vos quién sos? No puedo, no pude responder por miedo a comerme el personaje, cualquier personaje. Una vez me pasó y quedé doblada en dos. Mejor ni te cuento. AMÉ LA SOLEDAD, LA HEROICA PERDURACIÓN DE TODA FE, EL OCIO DONDE CRECEN ANIMALES EXTRAÑOS Y PLANTAS FABULOSAS, Sí, igual a mí lo que me creció es el pie. Entré al escenario meta hacerme la graciosa, dale mover un zapatito en sentido horario y otro, antihorario. Al final, entre chiste y payasada, de verdad tropecé. Que es como si te dijera, otra vez me perdí. ¿De quién era ese pie tan ajeno a mi talla?, ¿cómo iba a seguir su camino el vacío de mi zapato, cómo iba a hacer pie sin mí? Aun así, continué la marcha. La luz se prendía, la luz se apagaba. Y era en el claroscuro, entre la tragedia y la comedia, donde me quedaba sin palabras. Entonces empezaba a moverme. Como loca me movía. Por agitar la soledad nomás, porque alguien me había dicho que si una tiene una pena grande y no la mueve la pena se instala. Con la soledad debe ser igual, me dije. Y me moví. Me moví para espantar a la multitud que aturde, ahí donde me siento más sola. Es imposible no abombarse si una no puede pronunciar siquiera una palabra que nazca del silencio. Pero, bueno, la cosa es que en ese momento parecía una huerfanita que hubiera perdido el rumbo a su casa, desesperada por alojarse en un ritmo familiar, en una sensación de hogar. Jugaba la niña. Hacía teatro y deshacía los roles de los espectadores. A unos les descruzó las piernas, porque así tan panchos no se podía asistir a ese espectáculo de orfandad. A otras les arrebató comprometedoras carteritas. Y sobre todo se sacó de quicio ante una, dos tres camperas chorizo, ¿por qué todos habían asistido con la misma prenda?, ¿a quién asistían con esa actitud? Es que llovía afuera. Y adentro. Lluvia y lluvia de papelitos de colores, humo y agua sobre las ventanas, esmeril de clima y humores que desdibujan de a poco el rostro. Les había dicho que me perdí, ¿no? LO DEMÁS AÚN SE CUMPLE EN EL OLVIDO. Y no hablo de amnesia. Hablo de ese olvido limpia parabrisas, de ese colgar a la empleada del perchero y apostar, de una buena vez, a hacer algo que afirme la vida. Más, después de tanta, tanta muerte. Yo me refiero a un olvido que sane del resentimiento y la melancolía. Que me regrese niña. Una vez escuché a un tal Carlitos Skliar decir que “La niñez es una. Infancias, podés tener todas las que quieras”. Y ya que me perdí, me desentrañé, me desdibujé, me dio por empeñarme en infanciar. Algo simple. Una obra para mi mamá y mi papá. Quién sabe si todo lo que escribimos, actuamos, cantamos, lloramos y payaseamos no es para ganarnos una oportunidad más de tenerlos ahí, de audiencia. No para cumplirles ningún mandato, no como triunfador que regresa con la valija llena de dólares a decir, “Vieja, mirá hasta dónde llegué”. No, no, se trata de volver a un arrorró, a una canción que nos meza otra vez cuna de lo que sigue, de lo nuevo; que nos desperece del tedio de empleos sin alas, que nos acerque a la línea del horizonte y nos permita volver a preguntar, ¿qué hay más allá del mar? Sí, aunque el mar lo cubra todo, che. DE MI ESTADÍA QUEDAN LAS MAGIAS Y LOS RITOS De tanto en tanto, cuando se te cruza un poema, sea de Salinas, de Juana de Ibarbourou o de la inmensa Olga Orozco, me infinito. No es por agrandarme, no. Es pura estrategia para no morir. Digo palabras, me muevo, digo palabras, me muevo. Porque eso es lo que deseaba. Llegó un punto en la oficina en que se me nubló la voz, se me trabó la lengua, dejé de querer cosas. A todas las cosas (tampoco eran tantas) que podía comprar con el mugroso sueldo de absurda empleada, a todas las dejé de querer. Y empecé a desear. Ahí, recién entonces, me sentí una servidora pública. Con la potencia de lo frágil, pedí a cada uno de los espectadores que me dieran la manito, manito, manito, círculo de contención. Que voy a dar un salto para ver qué cuernos hay en el famoso vacío, les dije. O más allá del mar. Por un ratito fuimos familia, complicidad en el afecto y en el juego. Infancias atrevidas, sin vergüenzas. PERO DEBO SEGUIR MURIENDO HASTA TU MUERTE Insisto, debo seguir muriendo para no creerme el personaje. Para no decir yo, o solamente decirlo cuando no se trata de mí. O solamente decirlo cuando se trata de otras de mí infinitadas más allá del mar. Con papá y mamá adentro. O solamente decirlo cuando ya no importa el nombre, y

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Juana Molina lanza “Siestas ahí”, primer adelanto de Doga

Juana Molina lanza “Siestas ahí”, primer adelanto de Doga

Después de siete años sin publicar canciones inéditas, Juana Molina vuelve a sorprender con un nuevo single que ya está disponible en todas las plataformas digitales. La pieza se titula “Siestas ahí” y abre el camino hacia Doga, su octavo álbum de estudio, que verá la luz el próximo 5 de noviembre bajo los sellos Sonamos y RGS Discos. Enigmática e imprevisible, Juana entrelaza texturas sutiles y orgánicas, con palabras que emergen como capas concéntricas sobre una armonía sobria, generando esa atmósfera única que la distingue: familiar y sorprendente a la vez, capaz de transportar hacia otra dimensión. Doga es un disco que le llevó casi seis años de cocción: “Fue como preparar una comida para seis comensales con ingredientes como para un batallón”, confesó. Reunirá 10 composiciones distribuidas en un vinilo doble de 45 rpm, con un arte de tapa creado por Alejandro Ros. La obra concentra todas las cualidades que hicieron de Juana una artista irrepetible: melodías imprevistas, sonidos etéreos, gestos mínimos y sutiles, repetición como estética y letras que dialogan con la emoción más honda. La presentación oficial será el viernes 21 y sábado 22 de noviembre a las 21 h en La Trastienda (Balcarce 460, CABA). Juana Molina, nacida en Argentina en el seno de una familia de artistas (su padre, Horacio Molina, cantor de tangos; su madre, la actriz Chunchuna Villafañe), descubrió la música desde niña. Tras un paso exitoso por la televisión, decidió dejarlo todo y apostar a su verdadera pasión: la creación musical. Desde entonces, construyó una trayectoria admirada en todo el mundo, fiel a una estética que no imita ni se deja encasillar. Como señaló el New York Times: “Molina no imita a nadie. Ella se divierte demasiado siendo ella misma”. Con Siestas ahí y el inminente Doga, Juana Molina reafirma su lugar como una de las voces más originales de la música contemporánea. Suscribite a #Youtube.  Mandanos un whatsapp ➯ Acá

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PRÓLOGO DE PRÓLOGOS

PRÓLOGO DE PRÓLOGOS

Sobre una noche de música en el CAFF. Por Gabriela Stoppelman – El Anartista Llueve. Siempre llueve más fuerte a orillas de la música. Tal vez sea una prueba de sonido, un preámbulo, un augurio. En Sánchez de Bustamante al 700, el CAFF tiene techos altos, altísimos. La chapa contiene, recoge o abraza la lluvia. En principio, estamos a resguardo para escuchar al dúo Murga- Lucente. A eso creemos que vinimos. Pero habrá que esperar, porque ellos cierran el espectáculo. Está claro que es noche de preámbulos cuando un dueto femenino de piano – Amalia Escobar- y voz poderosa -Luisina Mathieu- agita la respiración de quienes han corrido bajo la tormenta para llegar a tiempo. Así, escurre los últimos vestigios del afuera y abre la inmensidad de adentro. Ellas se miran. La pianista y la cantante arremeten con la mirada. Ese diálogo mudo entre músicos siempre me pareció un corredor hermoso de complicidad, una ligazón que se ríe de las duraciones, un simulacro de vínculos eternos en el instante. Y mudo es una forma de decir, porque allí donde parecen faltar las palabras no hacen falta. Hay un pulso de miroteos que charlan, reverberan en la música, en el aire, en la voz. Qué lindo es vivir en un mundo con aire. Hace poco escuché que todas esas explosiones fabulosas en estrellas súper masivas son absolutamente mudas. No hay, que se sepa, ningún otro sitio en el universo donde el sonido encuentre un medio para conducirse. Privilegiados pues, los que habitan este difícil planeta. Pero volvamos a esos pasillos de confianza, a esos túneles de afecto entre el piano y la cantante, entre el atisbo y el rumor. Estos callejones se han abierto para los espectadores. Es bueno estar aquí. La sensación es la de participar completamente del espacio En este rincón del mundo y en ningún sitio más. De pronto se detiene la música, hay una pausa donde reina la luz. Quién sabe qué será de la lluvia afuera. Acá ya no importa, aún chorrean algunos paraguas en los respaldos de las sillas, mientras se conversa rápido, una obertura breve y a estar listos para lo que sigue. Y sí, más prólogos. Está visto que es la clave de la noche, aunque apenas hay tiempo de pensarlo porque ahí nomás despunta Contrareloj, un sexteto arrasador. Cada tema es un preludio al siguiente y un pórtico a la memoria el anterior. Contrareloj: un nombre que viene como una de mil maravillas, ya que el tiempo ha tomado nuevas curvas. Suaves unas, cerradas otras, por valles y picos, la topografía de la orquesta, de la banda o del conjunto es el mapa donde se dibuja toda ilusión de comunidad. Y Spinoza susurra a vuestro oído: “en la multitud la potencia es mucho mayor a la suma de las partes”. En eso el cantante de Contrarreloj anuncia al dúo Murga- Lucente: “los escuché en la prueba de sonido, no los conocía, no se lo pierdan”. A esta altura es muy difícil pensar el espectáculo por partes, asistimos al todo, es decir, al modo en que una intensidad es el proemio a lo que sigue. Y ahí arrancan. O saltan. Por supuesto, saltan al vacío, que es el único salto que vale la alegría, aunque el asunto termine en pena: “salté al vacío en busca de tus brazos y besos/ enloquecí al descubrir que no había más que una ficción”. Mientras el verso avanza, cruje la madera del trampolín, oscila aún con el impulso del saltador. En ese oscilar, lo recuerda, lo retiene, le cuida la ilusión, protege a quien salta del vacío debajo. Y le canta. Pero el cuerpo se zambulle: “renuncia a la ambición de vencer al dolor”. El cuerpo se mece como el trampolín. El cuerpo es el puente. Entre el teatro y la canción, recitar es prolegómeno de cantar. O viceversa. Ruta de doble mano, regresa con la palabra aterida, asombrada. Y no va la palabra y se sacude las esquirlas del vacío, como antes los espectadores se sacudieron la lluvia, igualito a como tiemblan los ecos de los cuerpos sobre la madera del trampolín. Sí, sí. Cualquiera sabe que un trampolín es la antesala de un despegue, pero aterrizar justo al lado de “María, en el súper Lee Yuan, de la calle Echeverría” es por lo menos inesperado. Y así es como la Milonga china, de Adrián Murga, agradece a la cultura que plancha y entretiene. De ese modo, “Heidi y tintorerías” preanuncian una lista infinita, una muralla que, derribada, presagia un regreso, un giro originario: “Si Occidente es Yankilandia/ solo Mickey lo festeja/ con el oriente milenario/ tal vez nos cambie la moraleja.” El humor es la distancia que acerca. Tal vez de eso hablaba Walter Benjamin cuando insistía en no perder el aura: “la presencia de una lejanía por cercana que se encuentre”. Y ya que hablamos de distancias, bien dispuesto en un pericón nacional, “El gordo y el flaco”, no parecen tan lejanos a duplas autóctonas: “Laurel y Hardy fueron pareja/ de comediantes a los tortazos. / ¿Qué tienen ellos que no tengamos? /A ver si empardan nuestra moción: A uno lo llaman “Rey de la Carne”, /al otro Mauro, presentador;/se chicanearon, se ningunearon/y la comedia así empezó”. Qué manera de hacer volteretas en el espacio. Gira y gira tanto lo que siempre apenas comienza que, de la pantalla chica, saltamos a la calle. Del pericón a la milonga “Dartañán”: “De chiquito aventurero/ que jugaba con espadas/y de grande lo apodaron/Dartañán el mosquetero/y al vecino Baldomero/entre cejas lo marcaba:”…¡cuchame, Baldomero! te lo dije mil veces: que cague en la vereda de tu casa. ¡Te voy a matar! pero no lo tomes como una amenaza, no… tomalo como una verdá”. Y la verdá, la verdá, los cuadros que dominan las escenas en los temas del dúo Murga- Lucente se encadenan para develar prepotencias, astillas de las furias cotidianas. Pero, ojo. Si “la palabra es una faca que se clava como verdá”, por prodigio de esta

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BAJAR ARRIBA

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Sobre la Experiencia Visitas con Felicitas, en el Museo Santa Felicitas, en Barracas, Pinzón 1480. Por Gabriela Stoppelman – El Anartista Descender a veces tiene su altura. Así sucede en las Visitas con Felicitas, la propuesta del Museo Santa Felicitas de Barracas. Primero hay que bajar, la calle fue levantada y la puerta quedó petisa, dice una de las guías del lugar. Así que se entra agachado, como quien se mete por un hueco en la pared. Y esta promesa de espacio oculto y misterioso también se transforma en tiempo. Después de la recepción, en los “túneles”, ya aguardan los visitantes.Pero de verdad no son túneles, si te fijas, hay ventilación. Es solo que la construcción se encuentra bajo nivel. Sin embargo, antes de comenzar a andar, se puede espiar el pasado, como si de verdad tuneleáramos. Al comienzo, la mirada otea de lejos. Allí hay objetos, muchos objetos que, aún fuera de foco, gritan su disyunción con el presente. Lo antiguo titila a la distancia y llama. Entonces los ojos panean, porque en la multitud el cuerpo del paseante queda librado a su latido, y va allí donde el afecto y el interés escojan. Antiguos tipos de una imprenta que, en su quietud, parecen asediados por el silencio de escrituras que perseveran en lo invisible. Una valija de cuero con una enorme estrella de David grabada en su centro aún cuenta el relato de un inmigrante que debió dejar atrás todo, menos la luz de ese astro que de seguro lo sostuvo en los naufragios del exilio. Por allí, un balde de trabajo se interpone entre la soledad de una balanza y la sed de una tabla de lavar la ropa, que aún retiene entre sus vetas memorias de las fibras, residuos de la trama. Detrás de un biombo, se oculta el recato de una bañadera con patas, medio se muestra, medio se retira, porque quizás custodie aún el pudor de alguna silueta enfantasmada. Si se les devuelve dignidad, los objetos levantan los ojos y te miran, dice Walter Benjamin. Y así sucede con la contundencia de una lata de bizcochos Canale, que regresa ante los paseantes e inaugura memorias y nostalgias de objetos jamás vistos por algunos, más que en fotos o viejas publicidades. No sería raro entrever el tacto de una abuela que fracciona la delicia para la venta detrás de un mostrador, en un almacén de ramos generales. Como tampoco sorprendería que, de pronto, retomaran su floreo los hace tanto tiempo inquietos platillos de una balanza. Tunelamos, merodeamos y la deriva de pronto las ve. No hay duda que intentan escapar del marco de la foto, como una vez intentaron huir del peso de sus empleos. Jóvenes, niñas, ninguna cede a la tentación de una sonrisa. El flash las incendia con una luz o les agrega dos ojos encandilados. Todas las obreras nos miran con esas ganas de futuro que la pobreza y el sacrificio aún les arrebatan. Nos reclaman con ese temple de quien entrega su imagen como documento, como denuncia. Tienen el cuerpo cansado, pero la cabeza erguida. Tienen hambre. Porque, en estos sitios por donde andamos, solían venir a comer los obreros de las fábricas. Los obreros, no las obreras. Si sobraba, también se les servía a los vecinos humildes del barrio de Barracas. El comedor ofrecía comida diaria a muy bajo costo o gratuita, y estaba pensado sobre todo para los trabajadores de los frigoríficos, curtiembres y fábricas de la zona. Y en ese cuento entra Doña Petrona, convocada como ecónoma para determinar los más convenientes menús. Por aquellos años, la tecnología ya generaba una grieta y marcaba de qué lado quedaban las “Doñas Marías Castañas de Retraso” y las “Doñas Marías Castañas de Progreso”. La cocina a gas buscaba imponerse a la cocina a leña con el fulgor de lo nuevo, lo imperdible, con la prepotencia de esa flecha que lleva de las narices hacia adelante. Y en una de esas, mientras la deriva nos conduce de recinto en recinto, en un extremo de uno de los no túneles se encienden una mujer y un farol. Los caminantes se inquietan. Ya el tiempo está curvado, las cronologías confusas y encima ella circula entre los visitantes e insiste en que todo se repite, siempre se repite, siempre igual. Y a cada paso es tan distinta y distinguida, que la muerte no parece haberla dañado demasiado. Por lo menos no tanto como la vida. La vida como la cuentan los breves días y las biografías de Felicitas Guerrero. Paradojal el nombre para una mujer obligada a un matrimonio con un sujeto mucho mayor que ella; para la viuda joven que perdió dos hijos; la joya de los salones porteños que, a punto de celebrar su compromiso con su amado Samuel Sáenz Valiente- a quien, en esta ocasión, tampoco le sirvió de mucho la acepción de su apellido-, es asesinada por un pretendiente despechado, Enrique Ocampo. Felicitas agonizó algunas horas y falleció la madrugada del 30 de enero de 1872. Pero cuentan que al poco se sacudió la muerte y su fantasma comenzó a deambular. Algunos relatos dicen que su fantasma aparece vestido de blanco en los pasillos de la iglesia y en los antiguos salones de la quinta, especialmente, cerca del altar de la capilla Santa Felicitas, construida en su honor por sus padres. O que entra y sale de las demolidas habitaciones donde vivió. O que se la escucha llorar en las noches de tormenta la tragedia de su asesinato y la pérdida de sus hijos. Figuras que se mueven, fríos repentinos, nada de eso acompaña en este caso al merodeante. Es un cuerpo de actriz que habita en el umbral donde la felicidad posible troca en desgracia, donde el asesino atropella los cuerpos de tantas otras, que no tuvieron nombre ni alcurnia para ser consideradas las primeras víctimas de femicidio. Es un cuerpo que actúa en las zonas limítrofes de la historia. Del presente, toma un objeto plástico que un paseante insiste

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