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Latinaje volvió a la cancha: una big band con ritmo sudamericano en Café Berlín

Latinaje volvió a la cancha: una big band con ritmo sudamericano en Café Berlín

El domingo 21 de diciembre, Café Berlín fue escenario para que el jazz se mixture con samba, candombe, guiños rioplatenses y un pulso centroamericano que mueve cuerpo y alma. Latinaje —la big band creada por Guido Martínez— celebró el reencuentro con una formación afilada, sonido grande y espíritu de equipo: once músicos que conocen el oficio, se escuchan de verdad y vuelven a decir, con música original, que la alegría también es una forma seria de estar en el mundo. Por Ale Simonazzi Pasaron más de veinte años desde aquellas noches en La Revuelta, sobre Álvarez Thomas, cuando Latinaje era parte de una escena que se renovaba con potencia y en la que el jazz presentaba nuevos y potentes agrupaciones. Volver a escuchar a la big band de Guido Martínez en Café Berlín, el domingo 21 de diciembre, no fue un ejercicio de memoria: fue una confirmación en presente. La sala estuvo llena, el clima fue de celebración, hasta algunos espectadores abandonaron las mesas para bailar. Cuando el groove está encendido y los arreglos respiran, el cuerpo entra a la conversación sin pedir permiso. Latinaje siempre tuvo algo de equipo. En sus primeras épocas, la imagen de las camisetas amarillas numeradas funcionaba como una declaración estética y también como una forma de pertenencia: once músicos pensando y tocando como un solo organismo. En esta vuelta, el detalle se actualizó con casacas amarillas, nombres en la espalda y el símbolo volvió a funcionar: lo que pasa arriba del escenario no es una suma de lucimientos individuales, sino una maquinaria colectiva donde cada engranaje importa. Una de las claves para entender por qué Latinaje suena así —sólido, grande, pero nada acartonado— aparece en la transcripción de la charla que tuvimos con Guido Martínez y Alejandro Manzoni. Guido cuenta que compone imaginando personas concretas: no escribe “para trompeta” o “para piano”, sino para ese músico, con su sonido y su carácter. Incluso piensa introducciones, melodías y espacios de improvisación según quién va a tocar. Esa forma de escribir hace que la música ya nazca con identidad humana adentro, y que la orquesta no suene como un formato genérico sino como una banda con ADN propio. Él mismo lo plantea: aunque el lápiz lo tenga uno, la composición termina siendo “en conjunto”, porque cada integrante aporta una personalidad reconocible. Guido también explica su método de trabajo: las ideas aparecen desde el piano y la computadora, y luego se transforman en orquesta, con escritura y arreglos que ordenan el material sin apagar el juego. Eso se escuchó claramente en Café Berlín. Los pasajes de ensamble tuvieron precisión y empaste, pero siempre con aire; los solos aparecieron con libertad, sostenidos por una base que nunca se desarma. Es el equilibrio difícil: disciplina para que la música vuele, y vuelo para que la disciplina no se vuelva rigidez. La formación de lujo de la banda: Guido Martínez (bajo, composición y dirección), Daniel “Coqui” Di Doménica (trompeta), Juan Cruz de Urquiza (trompeta), Santiago Castellani (trombón), Gustavo Musso (saxo alto), Damián Fogiel (saxo tenor), Martín Pantyrer (saxo barítono), Alejandro Manzoni (piano), Matías Tozzola (guitarra), Javier “Turco” Mokdad (percusión) y Daniel “Pipi” Piazzolla (batería). Con ese equipo, el concierto tuvo una cualidad contagiosa: el disfrute. Se disfrutaba desde las mesas y, sobre todo, se veía disfrutar a los músicos. Hubo una comunión genuina entre escenario y público, esa sensación de que la música no se “presenta” sino que se comparte, y que cada aplauso vuelve a la banda en forma de energía. El repertorio tendió puentes entre etapas. Sonaron temas como “La Conversa”, “Influência Bosco” —un homenaje a João Bosco— y “La Masita”, y también aparecieron composiciones nuevas que apuntan a un tercer disco. En particular, “La Conversa” cargó con un plus de sentido: en la charla, Guido recuerda que ese material se grabó en vivo, tocado de corrido, y que por eso conserva esa sensación de organismo en movimiento, con la intensidad del momento. En Berlín, esa energía volvió a manifestarse de manera directa: lo que Latinaje hace mejor es sonar como un cuerpo grande que se mueve con naturalidad. También apareció, como telón de fondo, la historia del paréntesis. Guido cuenta que hacia 2005/2006 quedó material grabado sin terminar y que, entre la vida y la logística de sostener un grupo grande, apareció el “miedo” lógico de mantener esa estructura en marcha. Pero la vuelta no llegó por impulso nostálgico: llegó porque el interés por esa música nunca se apagó. Y ahora el horizonte está claro: de a poquito, van armando repertorio para grabar un nuevo disco. En un país y en un tiempo donde cuesta sostener proyectos, ver a once músicos reencontrarse con esta calidad y esta alegría tiene un valor especial. La noche en Café Berlín dejó una sensación muy concreta: nadie quería que terminara. No sólo por la música en sí, sino por lo que la música habilitó dentro de la sala: un domingo transformado en fiesta, un público que baila, una banda que toca con solvencia y placer, y la certeza de que Latinaje, cuando vuelve, no vuelve a repetir: vuelve a decir algo nuevo con la misma identidad. Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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NATURALMENTE ETERNO

NATURALMENTE ETERNO

El documental “Vibrar el aire” rinde tributo a Martín Rur y lo vuelve presencia: una obra nacida del amor y la memoria, con producción de Helena Alderoqui y Miguel Rur, y coordinación de post de Julián Rur. Por Gabriela Stoppelman – El Anartista Es difícil hablar sobre la eternidad, lejos de las extorsiones o las promesas de más allaes en las religiones instituidas. Sin embargo, cualquiera que no se haga demasiado el tonto, sabe de qué se trata. Los días del calendario caen, las cronologías ceden en los transcursos como elástico vencido que ya no puede sostener la consistencia de la pretina. Y entonces quedamos en la encrucijada. O declaramos un final contundente e inapelable, mientras ante nuestros ojos la materia, el planeta, el aire, las palabras continúan su sinfín de mutaciones y devenires, o tomamos el otro desvío. Allí reaparece lo eterno, no como aquello que dura para siempre, sino en esa modalidad del tiempo que regresa por instantes, siempre de otro modo.  A ese persistente regresar en el cambio Nietzsche lo llamaba el eterno retorno. Pero eso es lo de menos. Podríamos nombrarlo perseverancia, amor o música. Huellas inquietas en el aire una vez vibrado. Danza invisible que se cuela entre nuestros dedos. Memoria porfiada en el futuro. Elija cada quien la denominación que prefiera, siempre se tratará de hacer revolotear la presencia de lo ausente, de mariposear las duraciones con alitas coloreadas, polvo porfiado en el jardín de nuestros días. Vibrar el aire se detiene en la encrucijada y opta por el camino de la eternidad. En off y cada tanto, se escuchan las voces de Miguel y Helena, los padres de Martín. En cámara quedan los testimonios de los compañeros de ruta, los amigos, los fragmentos de conciertos y zapadas. Pero una sabe que ellos están ahí detrás. Y detrás- o delante de todo- está Martín. Tal vez la música y las palabras sean, en su mejor versión, un puente donde lo invisible une las distintas volteretas de eso que llamamos tiempo. Un pasadizo donde todo lo aparentemente quebrado se vuelve continuo. Ojalá. OJALÁ, LA BANDA     “ser como hoja de otoño que vuela sin distinguir que cuando pase este viento no habrá lugar donde ir” (**)  El documental arranca con un primer tramo, donde el aire vibra a infancia en los recuerdos de quienes lo escucharon las primeras veces que tocó en público. Uno cuenta que era chiquito y se había aburrido de la partitura del tango “Volver” y por eso buscaba variaciones. Por su parte, Marcelo Moguilvesky buscaba deslumbrarlo, y “el pibe iba por más”. El cambio y la audacia se parecen tanto a ella. Sí, ahora pienso que la eternidad debe ser una niña o un niño. Uno o una que se cuela en un verano, cuando un grupo de amigos, pibes y casi adolescentes, se juntan para ensayar. La excusa es un piloto de tele que nunca se terminará de hacer. Pero la rampa está construida. Los chicos tienen ganas y hay química. Tres veces por semana durante tres horas se reúnen por gusto. Y la banda sigue tocando. Tres veces por semana, tres horas. Un número más parecido a una cifra que a una cantidad. Algo así pensaban los pitagóricos, un movimiento filosófico, entre los siglos –VI y –V.  Los pitagóricos unieron de forma muy original la eternidad con la música, porque pensaban que la estructura del cosmos es numérica, armónica y eterna. El principio de todas las cosas es el número, que no nace ni muere. Eternos, los números establecen relaciones, tejen. Y eso es el universo, un gran tejido de cifra, la trama de unos tejedores laboriosos. Cifras profundas que hacen depender de sus proporciones a los intervalos musicales. Así, la octava, la quinta y la cuarta revelan la armonía de todo lo que existe, la música de las esferas que pone en movimiento a los astros, o la melodía eterna capaz de restaurar la armonía de un alma triste. De ese modo, conocer y practicar música es una forma de participar en el cosmos eterno. Sin forzamientos, sin sobre intervenciones, con “esa naturalidad física frente al instrumento”, que Juan Raffo vio ni bien conoció a Martín. Pero también con esa energía explosiva, una sensibilidad que acompaña con una sonrisa y ojos brillantes. Yo lo vi tocar, no conocía ni su nombre. Y al salir comenté acerca de la alegría con que los músicos conversaban entre sonidos y gestos cómplices. Una zona donde toda lógica cae a pedacitos había sido revelada. ¿Cómo se podía sonreír mientras se tocaba el saxo?  MÚSICA COSHER(*) “aunque el mundo se caiga a pedazos hay que seguir sonando en todos lados”. Kef: divertido o placentero. Así se llama la orquesta de música klezmer, donde Martín entró para hacer un reemplazo de Iván Barenboim y ni quiso ni lo dejaron ir: “no había duda cuando salió el disco de la orquesta, si había un solo, era de Martín”. Si Barenboim era Batistuta, Martín era Crespo. Transcurrían los tiempos de Bielsa, que nunca los ponía juntos en la selección nacional. Sin embargo, en la Kef, Batistuta y Crespito se acompañaban sin disputas narcisistas. Como dice Moguilevsky “el narcisismo se deshace cuando el músico se concentra en qué puede aportar para la música, no para sí” Y para que ninguna identidad quedara sin mixturar, Martín le ponía rock al klezmer. Jugaba. Distinto, pleno, natural suenan una y otra en los testimonios de quienes tocaron con él. Y aparece el juego. En siglo XVIII, Friedrich Schiller decía que en el juego estético (como la música) el ser humano es verdaderamente libre. El juego reconcilia la sensibilidad, (placer, kef), con la razón (orden, forma). Entonces, la música no es solo entretenimiento, sino una experiencia formativa y filosófica. “El hombre solo es plenamente hombre cuando juega”. Pero Schiller era un tipo prolijito, y se refería al juego armonioso y equilibrado. Una vez más el bigotudo alemán, Nietzsche, verá en el juego musical audacia, la presencia del dios Dionisos, fuerza que rompe el orden establecido,

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Yacaré Manso adelanta en una escucha exclusiva su nuevo disco “Un poco demasiado”

Yacaré Manso adelanta en una escucha exclusiva su nuevo disco “Un poco demasiado”

El músico correntino tiene listo su octavo álbum que verá la luz a mediados de 2026. Pero antes, en los míticos Estudios ION, lo presentó ante amigos, colegas y personalidades del medio con una escucha exclusiva y una charla junto al productor Victor Volpi.  Por Florencia Meluso – Fotos: Malú Campello @malucampello Yacaré Manso es un referente de la música litoraleña actual. Afincado hace ya dos décadas en Buenos Aires tiene una extensa trayectoria como músico, productor y agitador cultural. Siempre inquieto, con ideas que materializa con mucha pasión y priorizando la tracción colectiva, nos invita a abrir nuestro corazón a estas nuevas canciones que trae bajo el brazo donde plasma sus sentires en este último tiempo.  “Un poco demasiado” – del grito a la escucha del alma – reza la postal con que fuimos recibidos antes de ingresar al icónico estudio por donde pasaron cientos de figuras de nuestra música popular. El trabajo consta de nueve temas propios, donde el artista vuelve a sus raíces rockeras y a utilizar sintetizadores sin perder la esencia de su región y su fuerte conciencia ambiental. “Un disco que nace en movimiento. (…) Yacaré Manso se entrega a otros pulsos y otras luces, encontrando nuevas formas de respirar la música” concluye la tarjeta. Además, se rodea de invitados de lujo: Kevin Johansen, Vale Acevedo, Los Tipitos, Bersuit y Ave Pez aportan sus colores a las nuevas obras. Después de “Eucalipto” (2023), nuevamente Victor Volpi está al mando de la producción. Con Volpi lograron una sociedad genuina y cercana y un entendimiento que se nota en la búsqueda de este nuevo sonido.“Los buenos días” es el primer adelanto en el que participa Bersuit y que ya está disponible en las plataformas, para ir saboreando lo que será el disco completo. Una canción de redención con las voces de Cóndor Sbarbati y Dani Suárez perfectamente amalgamadas. En cuanto al evento, la escucha se dividió en tres momentos de tres canciones cada uno. El orden no fue el del disco, pero sí hubo un cuidado en los climas. Luego de cada momento, hubo oportunidad de responder a preguntas de quienes estábamos presentes con la moderación de Damián Muñoz. En un ambiente de encuentro, cariño y respeto el intercambio sumó anécdotas sobre la grabación, las letras y la inspiración.  Según el propio Yacaré “Después de llegar al fondo del río, lo único que quería era subir al monte”, esta metáfora que tiene a su paisaje natal como escenario en “Los buenos días” simboliza el tocar fondo hace un par de años y cómo pudo reconstruirse con la música como faro y forma de sanar.  Hay mucho de revisar, de homenajear a personas importantes en su vida (como lo ha hecho otras veces), de resiliencia, de enamoramientos y desencuentros en la obra de este compositor que sigue abriéndose camino. Como dijo también en la charla, no hay una búsqueda de canciones para que suenen en la radio según las tendencias o que cumplen estándares para ser incluidas en una playlist. El algoritmo no manda en la obra que tiene una cuidada estética, arreglos impecables, cuerdas que remiten un poco a aquel primer disco “La corriente” aunque a la vez se despega de esa faceta de folclorista con la que tanto se lo asocia. Yacaré Manso no le teme a lo distinto y a tirarse de cabeza a nuevos sonidos en los que se siente cómodo.  La idea es ir lanzando singles mensualmente en la primera mitad del año próximo hasta llegar al disco en julio. “Todo de mí”, “Antes que salga el sol”, “Once”, “No quiero verte más”, “Puedo percibir” son algunos de los títulos. Habrá que esperar el próximo estreno para seguir degustando este plato que se sirve de a poco y que es puro disfrute.  Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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Ritual Criollo. Encuentro necesario en torno a la guitarra

Ritual Criollo. Encuentro necesario en torno a la guitarra

El ciclo creado por Gabriel Plaza y Claudia Regina Martínez, nacido este año en el bar notable Los Galgos, cerró su primera temporada con un festival a sala llena en Galpón B. Con Juan Falú como anfitrión y una ronda de cantoras y músicos de distintas generaciones, el cierre fue una celebración sin apuro: mesas en escena, cruces espontáneos y un repertorio que volvió a recordarnos que la música de raíz es presente. Por Ale Simonazzi Luego de un martes de trabajo intenso, cuesta tomar envión para estirar el día. Uno mira la hora, negocia con el cansancio, y el cuerpo pide sillón. Pero hay planes que tientan y, por suerte, uno sigue eligiendo caer en la tentación. Ritual Criollo —esa “buena idea”, como dijo Juan Falú— cerró el año con un concierto que juntó a buena parte de lxs músicxs que durante 2025 le dieron vida al ciclo. Y ahí fuimos: a comprobar, una vez más, que la música popular funciona como combustible del alma. Ritual Criollo es una iniciativa impulsada por lxs periodistas Gabriel Plaza y Claudia Regina Martínez. La premisa, dicha sin vueltas, es recuperar “la bohemia, la intimidad y la emoción” de las guitarreadas argentinas, pero en plena Buenos Aires, con cercanía real y espíritu de encuentro. Durante el año, el refugio fue Los Galgos, con dos o tres fechas mensuales, y una idea que creció en convocatoria y diversidad regional sin perder el corazón de ronda. Para el cierre, el ritual se mudó, de ciclo a festival, y de Los Galgos a Galpón B en el barrio porteño de San Cristóbal. No fue un detalle logístico: Galpón B es un espacio cooperativo del circuito independiente porteño, y esa identidad —lo autogestivo, lo comunitario, lo cálido— se sintió en todo momento. Párrafo aparte para las empanadas de carne, y la buena onda de toda la gente de Galpón B. A sala llena arrancó el encuentro con el Dúo Bote: un encuentro exquisito entre la voz de Flor Bobadilla Oliva y la guitarra de Abel Tesoriere. Dos temas y un viaje directo a un mapa del Paraguay que, sin explicaciones, nos estaba diciendo algo del espíritu del festival: raíz no como museo, sino como tránsito. Después apareció quien, por historia y por presencia, estaba llamado a oficiar de anfitrión: Juan Falú. Su nombre viene ligado al ciclo desde el principio, y también a esa noción de guitarreada donde conviven música, palabra, silencio y humor. El arranque fue con una versión hermosa de “La vieja” (chacarera trunca de Adolfo Ábalos y Benicio Díaz), y con eso alcanzó para marcar clima: supimos que iba a ser una noche de escucha cercana. Así se fue armando la rondam con naturalidad se sumaron cantoras que hicieron una celebración de nuestra música. Mora Martínez, Florencia Bernales, Victoria Birchner, Julia Moscardini, Nadia Szachniuk y Silvia Iriondo: distintas estéticas, un mismo compromiso con el cancionero y con la interpretación sentida. Se dieron dúos, tríos, cruces, y más invitadxs: Rudi Flores, Manu Sija, Mariano Loiácono, Seva Castro y el cantor tucumano Claudio Sosa, entre otrxs. Un hermoso aciertos fue la mecánica escénica: había mesas sobre el escenario y lxs músicxs se quedaban ahí, acompañando la guitarreada desde la misma escena. Esa decisión desarmó cualquier tensión típica del recambio y dejó que la música respirara como en una casa grande. Fueron llegando canciones como quien va sacando postales del bolsillo: “Zonko querido”, “Mi pequeño amor”, “El marne”, “Garzas viajeras”, “Canción de lejos”, “Zamba del arribeño”, “Rosario Pastrana”, “Coplas para la luna”… y hasta un guiño de jazz (“Blue Moon”) en diálogo de guitarra y trompeta, como para recordar que la tradición también sabe abrir ventanas. Lo que se celebró no fue sólo una grilla potente: se celebró una manera. En tiempos donde los espacios culturales se achican y la difusión se vuelve más escasa, Ritual Criollo se pensó —y se sostiene— como un refugio para la música de raíz, con una mirada amplia del folklore, lejos del estereotipo. En palabras que circularon en la previa, la propuesta busca que quien asista no sólo “escuche”, sino que se reconecte con algo identitario que a veces queda dormido, y que el encuentro lo vuelve posible. El cierre juntó a todxs en “Serenata para la tierra de uno”. Y todos cantamos “Porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy” con el peso de lo colectivo, con la canción leyendo el clima de época. Se cantó fuerte, juntos. Se cantó con esa alegría provoca el abrazo cuando más se lo necesita. Ritual Criollo cerró 2025, con promesa de continuidad del ciclo en Los Galgos, y el deseo de que esta celebración vuelva a encontrarnos en 2026, con más voces, más rondas y el mismo espíritu de cercanía. Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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En el Oeste está el agite y la resistencia

En el Oeste está el agite y la resistencia

Gustavo Nasuti Grupo presentó “Siete años”el segundo trabajo con esta formación en Casa Sonora a sala llena, demostrando que se puede resistir con el arte como bandera desde el Conurbano. Por Florencia Meluso – Fotos: Natalia Moriones El multi instrumentista y compositor oriundo de Ituzaingó eligió Casa Sonora, espacio que dirige artísticamente para presentar en sociedad el nuevo disco junto a Waldemar Garín en violín y viola, Mariano Gamba en saxofones, Ramiro Rey en bajo y contrabajo y Gabriel Loto en batería. En la calurosa noche del viernes 5 de diciembre, fuimos partícipes de una comunión. “Común – unión” entre público y artistas. Primera vez de esta cronista en este centro cultural que desde el Oeste ofrece propuestas muy cuidadas y un espacio para talleres durante la semana. Señal de que en el Oeste no sólo está el agite sino que se puede construir trinchera para resistir en tiempos adversos. Ya en modo concierto, Nasuti decidió iniciar con la “Obertura” de Kenny Wheeler, compositor al que dijo admiraba mucho. No será la única referencia durante la noche, ya que las influencias están muy presentes en el repertorio. Ahora si, es tiempo de escuchar “MaMa” el tema que abre Siete años, el disco que estamos celebrando. Le sigue “Danza del agua” y “Los zoquetes de Bates”, también de este último trabajo discográfico. El quinteto suena afiladísimo, la comunicación es la de una familia que hace mucho tiempo conviven y conocen al detalle cada gesto. Es entonces que Gustavo presenta un tema nuevo, aún inédito y con un nombre provisorio: “Color” en formato trío con el contrabajo de Ramiro Rey y la batería de Gabriel Loto. Los climas van mutando y las formaciones también: “Huellita de Charbo” con Nasuti en guitarra a dúo junto al saxo soprano de Mariano Gamba (con quien también comparte otro proyecto). Otro dúo, para “Corazón del tiempo” junto a la viola de Waldemar Garín y Nasuti esta vez en el piano. En el medio, suenan las únicas dos canciones del repertorio y de Siete años: “Gurisito” de Daniel Viglietti y “El loco Antonio” de Alfredo Zitarrosa. Si el inglés Kenny Wheeler es alguien admirado, estos grandes referentes uruguayos son de los más queridos y venerados por estas tierras. El no-tango “Abuelo Osvaldo” está dedicado a su abuelo simbólico Don Osvaldo Pugliese. La historia viene de su padre, quien tenía un amor especial por el tango, y en particular por Pugliese. Pero la elección musical de Nasuti fue más por el lado de Hermeto Pascoal y Egberto Gismonti. Así las cosas, qué mejor que un revuelto de influencias para homenajear a un grande de nuestra música popular. “Décimas”, incluido en Todos los tiempos ahora (2015) se transforma en casi una despedida. Es importante destacar que durante el concierto, no faltaron las anécdotas, la emoción, algunos chistes, los agradecimientos y los aplausos, por supuesto. El cierre es con “Encuentro” también de Siete años. Justo ese nombre, esa palabra, esa necesidad que tenemos en este contexto y que en Casa Sonora es posible con propuestas como la del Gustavo Nasuti Grupo. Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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Trigémino. Corre hacia tu vida entre dos siglos

Trigémino. Corre hacia tu vida entre dos siglos

La histórica banda de rock progresivo publica Corre hacia tu vida, un nuevo álbum conceptual que cuenta en canciones el recorrido de una generación con “media vida en el siglo XX y media en el XXI”, como dice Juan “Pollo” Raffo. El disco sale en CD a través del sello Viajero Inmóvil, estará disponible en plataformas vía la Agregadora de Música Argentina (AMA), y se presenta el sábado 20 de diciembre en Cuerda Mecánica. Por Ale Simonazzi “Corre hacia tu vida es el nombre del tema, pero también el nombre del nuevo trabajo de Trigémino”, cuenta Juan “Pollo” Raffo en la charla con Revuelto. El álbum llega después de décadas de historia: aquellos primeros conciertos entre 1976 y 1981, en plena dictadura, cuando el grupo se movía por colegios, teatros y salas del oeste bonaerense, sin lograr en aquel momento registrar su música en un disco. “El primer concierto fue el 7 de mayo del 76… el año que viene se van a cumplir 50 años”, recuerda, todavía sorprendido de cuánto tiempo pasó desde ese debut adolescente. Hoy Trigémino vuelve con un sonido maduro y una formación de lujo: Juan “Pollo” Raffo en teclados y voces, Jorge Minissale en guitarras y voces, Fernando Samalea en batería y percusión, Lalo Calello en bajo y Héctor “Cote” Conrado en voces. El nuevo álbum, que se edita en CD el 19 de diciembre vía Viajero Inmóvil y llegará también a plataformas a través de AMA, propone una secuencia de ocho temas donde se alternan secciones cantadas y desarrollos instrumentales largos, fieles al ADN progresivo del grupo. Raffo lo explica con claridad: “Una de las cosas que son bastante características es la igualdad de peso entre las secciones cantadas y las secciones instrumentales. Las partes instrumentales no son decoraciones ni interludios para descansar: tienen un peso narrativo a la par de las secciones cantadas”. Esa decisión estética sostiene el carácter conceptual del disco: música y palabra tiran para el mismo lado, cada arreglo empuja la historia un poco más adelante. Esa historia es la de una generación que atravesó dictadura, 2001, medios hegemónicos y cambios de época. “Hay una secuencia en este disco que tiene que ver con episodios que de alguna manera nuestra generación ha vivido. Es como si le pasaran a un personaje que nunca se nombra, que podría ser cualquiera de nosotros, los que tenemos media vida en el siglo XX y media en el XXI”, dice el Pollo. Desde esa mirada, los temas abordan la música como rito de pasaje adolescente (Corre hacia tu vida), el horror del terrorismo de Estado (El cuarto gol), la primavera democrática (Cosecha), las ausencias (Luz ausente), los estallidos sociales (Suma cero), la desinformación mediática (El mensajero del atardecer), la violencia del “todos contra todos” (Tu pesadilla gira) y una despedida serena en La espectral confesión. En la charla, Raffo se detiene en algunos ejemplos. Sobre El cuarto gol cuenta: “Es una canción muy cortita en la cual un conscripto está haciendo guardia en un hangar de la Aviación Naval y lo relevan para que no vea cómo embarcan un vuelo. Es una historia que a mí no me pasó, pero me pudo haber pasado, porque yo estaba en ese tiempo y en ese lugar”. En pocas líneas se condensa el clima de terror de los años más oscuros de nuestra historia. Corre hacia tu vida, el tema que abre el álbum y le da título, también trae un guiño a la educación sentimental rockera de la banda: “En esa letra el estribillo son frases sueltas; cada una de esas frases se puede ubicar, rastrear en canciones de rock argentino que nos formaron. Está muy bien: estamos hechos de esas canciones”, dice el Pollo, con gratitud y sin nostalgia melancólica. Hay, además, una reflexión sobre la propia identidad musical de esta “nueva etapa” de Trigémino. Después de la reunión que dio lugar a Trampas para engañar –el disco donde regrabaron material de los 70 buscando ser “muy fieles a ese pibe de 17 años”–, el grupo se lanzó a componer música nueva en colaboración. “Se genera un ente aparte en estas composiciones. No está tan presente de forma obvia lo que hemos hecho cada uno por separado. Vuelve el grupo”, explica Raffo. Dentro de ese universo aparece El mensajero del atardecer, el tema cuyo video acaba de estrenarse y que compartimos en esta nota. El Pollo lo define sin vueltas: “El mensajero del atardecer es el fulano del noticiero. Es el tipo que viene a desmoralizarte y a desinformarte: el del noticiero de la tele, el de la tarde, o el del scroll en el celular”. Una figura reconocible para cualquiera que haya enfrentado la catarata diaria de titulares, zócalos y clips que moldean la percepción de lo real. El lanzamiento de Corre hacia tu vida se celebrará el sábado 20 de diciembre a las 20:30 en Cuerda Mecánica (Juramento 4686, CABA). No será un recital eléctrico, sino un encuentro cercano. “Vamos a estar ejecutando piano acústico, guitarras acústicas, percusión y voces; una versión informal y cercana, en un lugar hermoso que es Cuerda Mecánica”, adelanta Raffo. Y agrega una idea que nos encanta: “Estamos viendo la posibilidad de hacer una apuesta tipo living, con el público junto con nosotros, como si el escenario fuera una sala compartida”. En Revuelto Radio podés ver la entrevista completa con Juan “Pollo” Raffo, una buena oportunidad para reencontrarse con Trigémino, esa banda que nació en tiempos difíciles y que hoy vuelve a sonar fuerte para contar, a su modo, esta vida entre dos siglos. Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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Lucas Heredia. 15 años de discos, canciones, viajes y amigos en el camino. 

Lucas Heredia. 15 años de discos, canciones, viajes y amigos en el camino. 

El cantautor cordobés, radicado en Buenos Aires hace ya dos años, dice que lo han recibido con mucha generosidad sus pares porteños. Es por eso que decidió iniciar los festejos con dos conciertos: el primero en CABA el sábado 29 de noviembre pasado en el Cultural Thames y el segundo el viernes 5 de diciembre en su Córdoba natal en el Centro Cultural Platz. En ambos casos muy bien acompañado por referentes de sendas escenas. Por Florencia Meluso – Fotos Oner Raw @oner.raw   En el caso de CABA, al llegar al Thames sabíamos que iba a ser una noche de reencuentro con amigos, tanto arriba como abajo del escenario. La música y la poesía inundaron el lugar. Hubo momentos para emocionarse, para cantar con la garganta a tope, para los silencios, la ternura, las risas y los abrazos.  Al frente de La Sin Fín, arrancó el set con “Inundación” e “Instante de claridad” dos temas de su último disco Un temblor ahora en formato banda. Ya entonces el clima era de fiesta, cuando Lucas invitó a subir a Rodrigo Carazo y a Luna Sujatovich para deleitarnos con “Corazón”, también de Un temblor. A lo largo del repertorio, cada canción propuso un viaje, hacia adentro y en comunidad. Por eso nada más lindo que dejarse llevar, dejando de lado las pantallas y disfrutar el aquí y ahora sin distracciones.  Algunas canciones más en formato banda, entre las que estuvo “Te llaman” dedicada a su madre en ese momento de partida a la distancia que nos hizo lagrimear. Es ahí que Carazo y Sujatovich regresan pero ahora por separado para hacer “Adentro hay un jardín” y “Onironauta” respectivamente. La primera, que da nombre al disco debut de 2010, contó con una curiosa anécdota de Rodrigo sobre cómo se habían conocido y la mutua admiración que se tienen. La segunda que cierra esa misma placa contó con la potente voz de Luna para meterle mucho groove. Es el momento de Aranzazu Vigorena para hacer a dúo “Un jardín”. Ese jardín de abrazos que bien podría ser el de la tapa de Un temblor. Si con esto no fue suficiente emoción y ternura, llega Flor Ruiz para compartir “Niño nube”, dedicada a su hijo Mateo, del disco Los nacimientos.  Al dirigirse al público, Lucas volvió una y otra vez sobre la importancia que tuvo para él que lo hayan hecho sentir como en casa desde que llegó a Buenos Aires. Flor Ruiz, Luna Sujatovich, y ahora Inbal Comedi son parte de esa tribu porteña elegida. Inbal entonces canta “Aire” y “Viento a favor“ maravillosamente junto a Heredia.  Y hablando de influencias, un faro para él fue Lucio Mantel, quien se sumó en “Vidala del árbol”. La conexión fue absoluta. Música de raíz folklórica con la delicadeza sonora de dos voces que se funden en una sola. A esta altura, ya sabemos que va a ser muy difícil resumir 15 años de discografía en dos horas de concierto con tantos invitados. Llegan “Telar” con Diego Marchionatti y “Raíz” con Jero Verdún sumando sus colores a estas obras.  Ahora a Lucas le brillan los ojos porque está presentando al próximo invitado “la voz más importante en MI vida”: Mateo Heredia. Con tan solo 7 años, Mateo interpreta a la perfección “Mariposa Technicolor” (Fito Páez) con una soltura que nos deja boquiabiertos.  Sigue una canción propia y ahí nomás La Sinfín nos asombra con una versión rockera de “¡Ah!…Basta de pensar», justamente del disco más acústico de Luis Alberto Spinetta.  Y si hablamos de rockearla, es acá donde se suma Andrea Juárez en el bajo para una versión bien arriba de “Corre” un tema que lo viene acompañando hace tiempo. Cierre con “Deudas del alma” del álbum Luz de cerca. “Yo quiero darle luz con mi voz, para así poder curar las deudas de mi alma” canta Lucas en este temazo.  Un viaje a la medida del inmenso artista que conmueve no sólo con su voz, sino con su decir, con su forma de hacer tribu donde quiera que vaya y con la belleza y la sensibilidad en cada palabra que sale de su boca.  El bis es con todos en el Thames coreando y palmeando “La casa de al lado” de Fernando Cabrera. “Aquí no hay tango, no hay tongo ni engaño”. Es Lucas Heredia y su magia sin fin.   Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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Un cabo suelto: un policía fuera de lugar, un cine que se resiste a los algoritmos

Un cabo suelto: un policía fuera de lugar, un cine que se resiste a los algoritmos

Este jueves se estrena Un cabo suelto, la nueva película de Daniel Hendler, director de 27 noches y figura clave del cine rioplatense. Lejos del paraguas de las plataformas, esta coproducción entre Uruguay, Argentina y España sigue a un cabo tucumano en fuga, con Sergio Prina y Pilar Gamboa al frente del elenco. Por Ale Simonazzi Cuando le preguntamos a Hendler por la diferencia entre dirigir para una plataforma gigante (27 noches) y meterse en una coproducción mucho más chica como Un cabo suelto, sorprende que no subraye un abismo: «Finalmente no sentí grandes diferencias entre una experiencia y otra, o, al menos, no sufrí el impacto de esas diferencias. Obviamente estoy más acostumbrado a dirigir en un modelo de producción independiente, pero trabajar para una plataforma tiene la ventaja de que uno no debe enfrentarse luego a la venta de la película, cuyo terreno hoy está muy limitado para películas chicas o independientes.» Ahí aparece el doble filo del momento: por un lado, un film como 27 noches nace con el respaldo de Netflix –que la estrena en su catálogo después del recorrido en festivales–; por otro, Un cabo suelto se arma con una arquitectura mucho más frágil, en una región donde el recorte de fondos públicos y el vaciamiento del INCAA vuelven cada coproducción un pequeño milagro logístico y político. Un policía tucumano entre Fray Bentos y el Río de la Plata Un cabo suelto sigue a Santiago, un cabo tucumano que se escapa a Uruguay después de haber visto algo que no debía. Cruza la frontera por Fray Bentos casi sin nada encima y se va reinventando a medida que avanza la huida: un duty free en la ruta, un encuentro con Rocío (Pilar Gamboa), trabajos improvisados, vendedores de queso en la banquina, abogados, notarios, colegas que lo persiguen desde el otro lado del charco. Sobre ese juego de identidades a ambos lados del río, Hendler nos cuenta: «Me divertía la cruza de idiosincrasias. Hay chistes que no causan gracia a argentinos ni a uruguayos, sino solamente a quienes cruzamos constantemente de un lado al otro y advertimos esas diferencias culturales apenas notorias. Siempre me llamaron la atención esas sutiles diferencias entre un lado y el otro de la frontera, y para el protagonista –un tucumano que está tratando de camuflarse del otro lado–, esas marcas de su idiosincrasia son una amenaza porque a cada paso pueden desenmascararlo. Por momentos, esas diferencias culturales también funcionan como resorte de suspenso.» La película juega con ese suspenso mínimo: no sólo huir de la policía, sino huir de la propia forma de hablar, de tomar mate, de manejar, de ocupar un uniforme que delata tanto como protege. Huir también de los gestos automáticos, de esas pequeñas costumbres Cada escena parece preguntarse cuánto de nosotros podemos disimular antes de que la vida, o el otro, nos reconozca igual. Más allá del “punitivismo” y de las personas buenas o malas Hay algo que se repite en la obra de Hendler: personajes concretos enfrentados a instituciones pesadas –la familia, la política, el trabajo, la policía, el Estado–. Le preguntamos dónde se ubica Un cabo suelto en ese mapa: «Lo que me seduce inicialmente suele ser el trabajo sobre distintos tipos de relaciones, y en el marco en que se desarrollan las tramas aparecen estos otros temas e instituciones, pero trato de evitar que estos grandes temas le ganen la agenda a la película, que finalmente explora pequeñas cuestiones del comportamiento humano. No podría decir que en Un cabo suelto quise investigar la corrupción en la fuerza policial, pero quizás sí me interesaba cuestionar ese punitivismo que tenemos tan arraigado, a través de un personaje cuyas conductas nos producen desconfianza pero, una vez que logramos empatizar con él, entendemos que merece una segunda oportunidad.» Y remata con una idea que atraviesa toda la pelicula: «Lo que más me interesa, supongo, tiene que ver con romper ese dualismo entre el bien y el mal, y darle un espacio a esas zonas intermedias. No estoy seguro si las personas se pueden dividir entre buenas y malas, pero sí creo que se pueden dividir entre las que intentan ser buenas personas y las que no tienen ningún interés puesto ahí. La película rescata a este policía gracias a ese intento, a veces fallido, por encontrar su mejor versión.» Hay ahí un gesto profundamente político, pero desde lo íntimo: un cabo, un tipo de pueblo, que no es héroe ni villano, sino alguien que prueba vivir distinto después de haber sido parte de una maquinaria violenta. Una orquesta rara de cuerpos, acentos y silencios El elenco junta nombres muy queridos del teatro y la música rioplatense: Sergio Prina, Pilar Gamboa, Alberto “Mandrake” Wolf, Daniel Elías, Germán De Silva, Néstor Guzzini, César Troncoso, Diego de Paula, entre otros. Hendler lo explica así: «Me parecía importante encontrar una paleta de actores bien diversos, de tonos en principio disonantes, y construir una armonía aparentemente imposible. Salvo en el caso de Mandrake Wolf –que nunca había actuado–, elegí actores que me parecen excepcionales. A todos los admiro y cada uno de ellos, a su manera, hace un importante aporte a su personaje.» Hacer cine como forma de resistencia Si algo queda claro en la charla con Hendler es que seguir filmando de manera independiente, hoy, es casi una declaración de principios: «Seguir insistiendo con un modelo de producción independiente es una pequeña forma de resistencia y, muchas veces, la única manera de seguir haciendo. Estamos bastante cooptados por los algoritmos, esos aliados del mercado que vienen a asegurar previsibilidad y falta de riesgo en las inversiones, lo que a los espectadores nos va alejando gradualmente de la posibilidad de sorprendernos, o de enfrentarnos a experiencias que nos incomoden o nos muevan del lugar por un rato.» Y ahí aparece una defensa hermosa de la incertidumbre: «Creo que lo que más nos impulsa a hacer una película es esa incertidumbre: no saber con exactitud adónde nos va a llevar ni por qué

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Club Social Cambalache.Cuatro años de patio encendido en la Casona de los Ezeyza.

Club Social Cambalache.Cuatro años de patio encendido en la Casona de los Ezeyza.

Patio lleno, lluvia cómplice y ronda de abrazos: en la Casona de los Ezeiza (Defensa 1179), el Club Social Cambalache celebró 4 años —y el cumpleaños de Bárbara Grabinski— con una noche de tango, diversidad y comunidad. Historia y vanguardia en convivencia: Amelita Baltar, Cucuza Castiello y una fila de cantoras y músicxs que hicieron del festejo un hogar. Por Ale Simonazzi Noche de sábado en San Telmo. La tormenta anunciada decidió postergar su llegada y el patio de Cambalache se llenó de amigas/os, música y abrazos. Había doble motivo: el 4º cumpleaños del espacio y “treinta y tantos” de Bárbara Grabinski, cantora y una de sus impulsoras. Fue de esas veladas que explican de qué se trata este lugar: tango como eje y, a su alrededor, diversidad y resistencia; historia y vanguardia conviviendo al ritmo de las voces. Mientras se armaba la primera ronda, valía recordar dónde estábamos: Defensa 1179, adentro de la Casa de los Ezeiza —construida hacia 1876, caserón italianizante que, tras la fiebre amarilla, pasó de vivienda aristocrática a conventillo y hoy es galería de día y refugio artístico de noche. Un dispositivo perfecto para que la memoria no sea museo sino calor de mesa. Cambalache nació hace cuatro años como club social que ofrece una propuesta que cruza tango, fado, folklore y ritmos latinoamericanos. La promesa: shows íntimos, techos altos, pisos dameros y una atención que cuida la escucha mientras la cocina acompaña. Lo que empezó como un sueño post-pandemia, pronto se volvió espacio de resistencia cultural en el Casco Histórico de la ciudad. El cumpleaños de este sábado fue una muestra viva de lo que Cambalache entiende por cultura. Amelita Baltar —símbolo de nuestra música— cantó y recibió los más calidos aplausos; hace tiempo eligió este escenario para seguir, a sus 85, respirando tango. Entre lxs músicos que acompañaron estuvieron Vero Bellini en piano y en guitarras Alejandro Bordas y Felipe Traine. La sucesión de cantoras hizo lo suyo: Karina Beorlegui, Lucrecia Merico, Mica Sancho, Florencia García Casabal, Flor Cozzani y la propia Grabinski, por nombrar algunas, fueron dando la textura de una escena que se reconoce. El coro de patio —ese que Cambalache sabe invocar— puso el resto. Entre canción y canción, el lugar contaba su biografía secreta. El caserón de los Ezeiza, a media cuadra de Plaza Dorrego, fue hogar patricio, luego conventillo tras la epidemia, y desde 1980 funciona como pasaje comercial de día. De noche, cuando cae el sol, se abre el club: luces cálidas, mesas, una tarima mínima y la cercanía que pide el tango para volverse conversación. Esa doble vida —galería y club— es la clave del encanto. No faltó la escena ritual: torta al centro, la Polaca llamando al equipo completo para agradecer —los trabajadores que hacen posible el espacio—, y el aviso de “últimos temas” que, en Cambalache, nunca es final: es puerta que se entreabre. Allí apareció Cucuza Castiello para el cierre: gran referente de nuestra música popular con ancla en el tango, tipo generoso que sabe abrir rutas a otras voces —fue y es faro para Grabinski— es barrio, generador de encuentro y buena gente. Apenas se dijo “gracias”, empezó la recalada. Fueron cayendo quienes terminaban funciones por el barrio y no querían perderse la fiesta: Lidia Borda, Dani Godfrid, Juli Laso, Tripa Bonfiglio, Lucio Mantel… y la noche cambió de forma. Guitarras, bandoneón, piano, voces que se reconocen, patio en ronda. Si la historia de la casa explica la arquitectura, la historia del club explica el clima. No es un “bar de tango” más: es club social en el sentido más noble, mezcla de vecindad y programación. La agenda tiene un pie fuerte en tango canción —maestras/os, repertorio nuevo y standards reencendidos— y otro que abre a orillas cercanas: litoral, andes, fado. La idea es convidar sin solemnidad: que una pareja pueda venir a cenar, que un grupo de amigxs venga a escuchar, que se pueda brindar y respetar el silencio cuando se canta. La tormenta, finalmente, llegó con ganas —más de lo esperado— se sumó a la música: voces e instrumentos se entremezclaban con la lluvia, y la postal fue inmejorable. Afuera, Defensa era una película en blanco y negro de charcos. Plaza Dorrego dormía a media cuadra y, mientras nos alejábamos, quedó ese rumor de patio que siempre vuelve. Si alguien pregunta qué es el Club Social Cambalache, alcanza con esta síntesis: una casa histórica que de día es pasaje y de noche ronda de canciones, un patio donde la memoria trabaja y la escena independiente encuentra techo, y un equipo que prueba —fecha tras fecha— que celebrar también es sostener. Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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Ezequiel Borra. Veinte años de El placard.

Ezequiel Borra. Veinte años de El placard.

En Cultural Thames, Palermo, Ezequiel Borra celebró los 20 años de la edición de El placard (2005) con un concierto que empezó mínimo —sentado, guitarra en mano— y fue creciendo de a capas hasta volverse una pequeña fiesta de canciones, memoria y presente. Por Ale Simonazzi Para quien lo ubica de nombre y no de obra, vale el trazo básico: compositor, multiinstrumentista y productor, nacido en 1981, criador de canciones que rehúyen la etiqueta, con un pie en la tradición rioplatense y otro en la experimentación, el humor y la psicodelia; un artista que empezó a estudiar música a los nueve años y que, a esta altura, sostiene seis discos de canciones propias más proyectos paralelos y cruces con nombres centrales de la escena independiente. Lo suyo es libertad sonora con arreglo fino, más curiosidad que molde, más método que pose. La noche en Cultural Thames abrió con “canciones puras” del disco El Placard con voz y guitarra al frente. Enseguida se asomaron las visitas y la paleta tímbrica se ensanchó: Mariano Massolo en armónica para “Los sonámbulos”, pieza a la que aportó en la grabación original; Martín “Gnomo” Reznik y Lisandro Skar en voces que suman textura; y un trío que alternó colores según pedía cada tema: Leila Chab (clarón), Juan Kiss (clarinete) y Andrés Villaveirán en teclas—que fueron piano, batería o bajo, lo que hiciera falta—. No hubo estridencias sino arreglos cuidados y esa respiración de sala que permite que los silencios también digan. Borra eligió una dramaturgia simple y efectiva: viajar de 2005 hacia adelante, detenerse en 2015 para visitar Lo peor —etapa donde confirma su gusto por la forma breve, el guiño literario, el humor que no liquida la emoción— y volver al hoy. Ese hoy también es un archivo vivo que cada tanto abre otras ventanas: hace unos años propuso en el CCK un homenaje a Facundo Cabral titulado “Vuele bajo”, mitad charla, mitad concierto, otra pista de cómo dialoga con la tradición sin volverse museo. “Cabral fue un hermano mayor que nunca tuve”, dijo entonces, y ese gesto de hablar claro sin grandilocuencia también aparece en su cancionero. El recorrido nos llevó hasta temas como “Lo peor”, “Ese que se yo” y “Semilla”, temas que el público guarda como pequeñas reliquias personales. La banda sonó compacta y lúdica; él, agradecido de volver a tocar en grupo “después de mucho tiempo”. La sensación era parecida a estar en una cocina grande donde se van sirviendo por tandas piezas cortas, precisas, sabrosas: terminaba una, quedaba el gusto, entraba otra, y así hasta el final.. Entre canción y canción, el concierto dejaba algo más que el repertorio: dejaba una idea de método. El placard —título que recuerda aquellas tomas caseras, literales, “dentro del placard”, y una ética de producción artesanal que marcó a una camada post-2001— no es un fetiche del pasado; es un punto de partida para entender por qué Borra se volvió referente de una generación que tomó elementos de la tradición y les sumó una impronta personal, fresca, independiente. Allí están, en su recorrido, los cruces con otras y otros, el trabajo de producción para colegas, y una discografía que incluye el doble Las cosas del mundo / De todos los días (2009), el EP ¿Usted está aquí? vol. 1 (2013), Lo peor (vol. 2) (2015) y materiales más recientes como Tremendo el sol, La Cantimplora o Double Rainbow, siempre con esa mezcla de juego tímbrico, canción y pequeños desvíos que en vivo encuentran nuevo lugar. Lo que hizo de esta celebración algo lejano a un homenaje fue el tono: cercano, sin solemnidad. Borra conversa, se permite la anécdota, agradece, afirma su alegría de sonar con otros y, sobre todo, dejar que las canciones respiren. El público acompaña “chiquito”, como si la amplificación mínima borrara la línea entre escenario y sala. En “Semilla” algunos bailan, muchos cantan. Cuando baja la última nota, la imagen que queda no es la de un aniversario clausurado sino la de un presente extendido: El placard sigue abierto porque esas canciones siguen encontrando cuerpo hoy. Es, quizá, la mejor noticia para quienes creemos en esta música popular independiente: no importa cuántos años cumplan los discos cuando el vivo los vuelve a estrenar. Salimos a la vereda con esa certeza. Lo que propuso Ezequiel Borra no fue un repaso de vitrina: fue una noche de canciones que todavía trabajan. Y ahí están —como hace veinte años y como mañana—, disponibles para quien quiera abrir la puerta y escuchar. Revuelto Radio — Abrazo de música y palabra. Suscribite a YouTube ➯ https://www.youtube.com/@revueltoradio Sitio oficial ➯ https://www.revueltoradio.com.ar Instagram ➯ https://scnv.io/qIfb Mandanos un WhatsApp ➯ https://wa.me/541138040150 ¡Descargá nuestra #APP! ➯ https://scnv.io/nCON

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