Revuelto

LUCIÉRNAGA TRAVIESA

Sobre Tendremos suerte si aprendemos (Colección, Historia social de la canción), de Sergio Arboleya.

Por Gabriela Stoppelman

Una canción de pronto se hace cuerpo. Se tararea sola con una voz impropia, se entrevera en circulaciones, despierta o asoma fuera de hora y altera el ciclo de los amaneceres y las noches. Se encarna como forma de lenguaje respirado en un pulmón colectivo y singular, aunque sin nombre. Misteriosa trenza de sonido, que una vez vira hacia al acorde, otra hacia la palabra y una más hacia el silencio. Ella funda un tiempo que despeina las cronologías, inquieta los calendarios. Mientras agita, une. En lo que discrimina, se expande. En lo que abraza, esconde la profundidad de todo mapa.

Y la canción va. Y, en tanta arrancia, sin quererlo y a veces incluso sin saberlo, como Hansel y Gretel, deja una miguita de su paso acá y una allá. Al final, es posible ver un contorno que une puntos de luz, igualito al de las constelaciones. Sucede así, por ejemplo, con “El tiempo está después”, de Fernando Cabrera. Un título, un verso, una advertencia y una promesa. Un sugerir que no termina de definir aquello que insinúa. Una forma gestada en un aliento hacia una zona originaria, que siempre se escurre: “Que no hay ningún rincón/ que no hay ningún atracadero/ que pueda disolver/en su escondite lo que fuimos”. (*)

Y hacia ese punto de reunión, hacia ese concentrado de infinito que diseña el círculo desde el título hasta el último verso, prospera el poema y funda territorio.

Cualquiera sabe que, si hablamos de territorio, la cartografía no alcanza. Si se trata de habitar, serán precisas otras disciplinas: la cocina, en su arte de milhojas. La alquimia, en su horizonte de transformaciones. La arqueología, en su avanzar en capas. Por eso no llama la atención el recorrido con que arranca Fernando Cabrera, a través del tiempo, una de las voces que, con silueta de entrevista, Sergio Arboleya incluye en este libro coral:

“—¿Cómo nació El tiempo está después?

—En 1988, viví casi un año y medio en La Paz Bolivia (…)”

Y “motivado por la nostalgia”, en un aparente desplazarse entre superficies, Cabrera comienza a calar en profundidades o, tal vez mejor, a escalar alturas.  Del primer estrato en Bolivia, se desplaza hacia el segundo, a la casa de su abuelo paterno en Montevideo, en la calle José Llupes. Allí mismo, por esas cosas que tiene el tiempo de estar tan después, aparece un tercer estrato de pura memoria: “le agregué lo de “raya al medio” porque resulta que antiguamente tenía un cantero, como si fuera un pequeño bulevar que nunca conocí”. Y, como en los malabares de las estaciones siempre hay un antes de antes o una veta detrás de otra, se atreve a un cuarto estrato: “(por ese bulevar) todavía más atrás en el tiempo pasaba un tranvía, y esa calle se encuentra con Belvedere, que es el barrio central de esa zona y también el tren que pasaba”. Y de allí deriva hacia un amor hasta llegar adonde nunca se llega del todo, a esa “contundencia poética”, que asoma y se oculta igual que luciérnaga traviesa.

Si lo inabordable de la poesía pudiera entreverse en alguna disciplina, no hay duda que se disputaría entre la geología y la arqueología, porque todo lo que se muestra como plano, por trasparencia o a luz de la noche, termina por revelar su esqueleto de honduras o cimas.

Y, en ese revelarse, aunque nunca del todo, no va que la calle Belvedere se hace cuento, porque “siempre hay un eslabón perdido entre la música y la poesía”, dice Arboleya.  O, porque “solo podemos ir hacia lo que fuimos, si nos juntamos, si estamos dispuestos a pensar si somos capaces de pensar con otros. Finalmente, ser libres en el corazón de una comunidad”, agrega Liliana Herrero, en otro eco del libro, con forma de prólogo.

Así que esta escritura es una vez más coral porque, si El tiempo está después, el eco, el retumbo, la reverberación y la resonancia serán los encargados de conducir su pulso.

CAVAR

En su poema “Cavar”, el poeta y Premio Nobel irlandés 1995, Seamus Heaney, dice: “Entre mis dedos índice y pulgar/cargo la pluma, firme como un arma./Entra por la ventana un ruido áspero/–la pala hiende el suelo pedregoso–/y me asomo: mi padre está cavando./Mientras agacha la agobiada espalda/junto a las flores, vuelvo veinte años,/y lo veo inclinarse entre los surcos/de papas, donde él solía cavar.(…)Mi abuelo era capaz de recoger/en un día más turba que cualquiera(…)y sin embargo, yo no tengo pala/para seguir a hombres como ellos. Entre mis dedos índice y pulgar/cargo la pluma. /Voy a cavar con ella.”

Así, entre “Destiempos”, Sergio Arboleya se larga, como él mismo dice, a la aventura de escribir. Y no podía ser de otro modo: incluso antes de comenzar, el tiempo estaba después, si es que aceptamos a después no como un adverbio que señala un avance, un triunfo en la línea que fuga siempre hacia adelante, sino como un despiporre en la soberbia de las sucesiones: “una experiencia que le debo no solamente al oficio (…) en la agencia Télam, sino al acertado consejo entre gente querida y cercana que vislumbró este posible hechizo”. Bellas son las profecías que solo se comprenden cuando ya estamos por delante de su enunciado. Estos indicios, esas huellas operan en nuestro deambular por los días como fueguito que reaviva, no la fe, sino la confianza. No llegan con el ropaje de un destino, sino con la fuerza de un encuentro. Así, todos somos desconocidos hasta encontrarnos. O al revés: la potencia de un encuentro muestra que no hay hilos sueltos en la gran trama.

A lo sumo estaremos solos, pero nunca separados.

A lo sumo desconfiaremos de la experiencia como propiedad, como cosa que se acumula en la biblioteca de los libros ya leídos y garantiza una dudosa certeza al momento de actuar: “ese libro ya lo leí, ya sé qué debo hacer”.

Si, en cambio, toda experiencia es inmanente, si no hay más verdad que la de aquí y ahora, podremos decir con Fernando Cabrera y Sergio Arboleya: “Tendremos suerte si aprendemos”. (*)

BELVEDERE

Y entonces, lo ya dicho, en la calle Belvedere hay un cuento. En el cuento vive Rolo, un viejo habitante de un barrio arrasado de Montevideo, que nunca se ha movido de un sitio “cuya imponente geografía regresó a sus orígenes, ya que no quedó prácticamente ninguna edificación en pie, pero todavía cuesta explicarse si la tragedia se trató de un asunto fortuito o planificado”. Porque no hay con qué darles a los absolutos. Uno dice ahora y acá, y resulta que todo depende de la velocidad. Si vas muy rápido, decía Einstein, el tiempo se dilata y el espacio se contrae. Si vas, en cambio, muy lento, las cosas no parecen alterarse demasiado.  Vamos lento, pues, aunque sepamos que las fuerzas siempre cinchan, se combaten, se indistinguen.

Por eso la tensión entre el desastre natural o uno provocado por el hombre.

Por eso, la disputa ente dos bautismos para un mismo territorio: Belvedere o Bella vista.

Por eso mismo también la tensión entre mística y negocios, entre el predicador, Don Cosme, que adelanta el cataclismo y los mercaderes que ofrecen casas y terrenos a prueba de desastres.

Todo en la prosa de Arboleya se disputa en este diálogo irresuelto. El mismo diálogo hace devenir las formas de prólogo y entrevista en una sucesión de cuentos, apenas colgados de la perchita de un verso de Fernando Cabrera. Porque, si el territorio nunca se define por una sola instancia, un libro no tiene por qué ceñirse a un solo género. Así, lo híbrido, lo mestizo, avanza como una procesión a contramano. Como la de Don Cosme, más que un profeta, un desenterrador de ruinas: “de cada una de sus pisadas iban brotando los rieles del viejo tranvía del Tren de la Barra (…) y del seno filoso y metálico del carril se levantaron algunas desangeladas flores, como memorias rasgadas del cantero (…) montado a mediados del siglo XX”.

Las ruinas, en palabras de Walter Benjamin, cuentan menos sobre la destrucción que sobre aquello que persevera después de todo saqueo. Entre las ruinas murmuran testimonios. De ese modo susurra “un viejo arco del estadio Belvedere del club Liverpool de fútbol”. Resiste en su presencia, como un escritor al pie de la catástrofe laboral, afectiva y ecológica.

Solo hace falta dar el salto. Animarnos a ser, una vez más en palabras de Liliana Herrero, “aquello que recordamos sin previo aviso, intempestivamente, y también lo que olvidamos en cualquier otro momento”.

Saltemos, entonces.

SALTÁ

Así como voló por el aire un barrio de Montevideo, otra explosión “enmudece las voces” de un impulso horrible. Si en Belvedere, Don Cosme veía venir el cataclismo, en el siguiente cuento, Olinda advierte el advenimiento del síntoma como un cosquilleo imparable, un eco que le reclama acción sin explicar por qué ni hacia dónde. Una inquietud que no se aplaca con medicaciones, que solo admite intimidad con casi desconocidos que seguramente no volveremos a ver. La vida, cuando “la oscuridad traga y no convida” (*) parece un ensayo permanente de lo efímero, un prólogo sostenido de extinciones. Y la oscuridad entonces, diluida o sólida, como la pastilla de Olinda, se inunda de sirenas y luces rojas, de madera asediada por el agua. Un cerco de fuego, “un abrazo de despedida” (*) Una forma arcana en que asedian todos los aferramientos. Hay que cambiar. Aunque sea de sacón.

CAMBIASTE DE SACÓN

Figura típica del Renacimiento europeo, Paracelso mezclaba medicina, alquimia, astrología y filosofía natural. Un tipo que de verdad conocía la potencia de leer entre estratos no podía esquivar la potencia del kairos, el tiempo adecuado y en sincronía con la naturaleza para determinado tratamiento médico. Había en las horas, entonces, no solo una cantidad, sino una dimensión cualitativa que generaba el encuentro entre un cuerpo y su ungüento curativo. Si M y C hubieran advertido estas volteretas de las temporalidades, hubiesen esquivado el trago amargo de “un encuentro demasiado prematuro, una relación que se echó a perder antes de estar a punto”. Porque, ya tantas veces dicho, el tiempo está después. Está, a veces, en las huellas. “Una huella numérica que destraba pausas”, una latencia que parece prometer un puente entre el mundo del teatro y el universo industrial. Y, aunque vayas canturreando “pasaron muchas niñeces para llegar aquí” (*), por encima y por debajo de tu melodía, transcurre la ruta de los desfasajes. Al escribir pones “en la que”, en lugar de “donde”.

O ella no va y se cambia de sacón a último momento y desbarata el porvenir de la historia. Así, un mensaje no leído queda latente entre dos cuerpos imaginados, que ya no son.

MENSAJE NO LEÍDO

Entre sus muchas habilidades, una canción siembra una sombra: “Creo que te amo/ (…) Ya no creo en mí/ ya no creo en ti” (*). La incerteza comienza su derrotero entre una carga mecánica de textos y frases que ocultan el miedo en vaguedades: “te invito a tomar algo una noche de estas”, “dale, combinemos”.

El paisaje habla: “la penumbra salpicada de faroles era otro indicio angustiante”. Lo que parecía inmenso y sin bordes como la eternidad se quiebra en pedacitos demasiado concretos. Los vínculos que iban a sortear la hegemonía de la agenda, el imperio del itinerario, de pronto tornan en astillas de turnos laborales. La nueva integrante de un equipo de trabajo, que jamás será un grupo y menos una comunidad, se desprende de su halo de promesa con un click mecánico. Con una borradura de lenguaje, con una tachadura de miradas. Un puente de piedras arrasa con los cuerpos.

UN PUENTE DE PIEDRAS

Y volvamos al comienzo. A la cocina y su arte de milhojas, a su audacia de amasijo y ensalada, de miscelánea e impureza. Volvamos a la escena inmensa y cotidiana, “Ella y él se repartían la mesada y un par de hornallas de la cocina entre cuchillos”. Un espacio que repite y reclama una diferencia, “un gesto donde superar las banderas partidarias”. Un tiempo de una primera y siempre acechada certeza: “Todavía no hay un nosotros, pero somos más que ellos”.

Volvamos al comienzo porque el tiempo está después, es decir, siempre en el desacople entre lo instalado y la sorpresa. Practiquemos ese “cataclismo propio de una relación que se deja caer en sus rituales como un ejercicio tan reiterado de estreno, que en su plenitud no permite que se imponga la rutina”.

Volvamos al comienzo, a esa zona originaria, a ese tiempo de descuento, donde toda narración renuncia al solo hecho de contar, y se exprime como una fruta agotada de la rigidez de las formas. Y al final solo resta el jugo, el sabor que no puede decirse del todo ni con palabras ni con sonidos, ni en trazos ni en coreografías. Pero marca un horizonte. No una meta. Sí, una dirección donde reencauzarnos mejores. No es seguro el tránsito. Será más sencillo, si las cartografías ceden y comienzan a manifestarse los pliegues de las edades. El puente no siempre es de piedras. Tendremos suerte si aprendemos.

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