Cuentan las ancestras mapuches que en el agua habitan seres espirituales y que, cuando el agua es maltratada, esos seres se van; y con ellos, el agua. Algo de eso —dicen— sucedió en la laguna Carrilaufquen, en la localidad rionegrina de Jacobacci, donde hasta hace unos años había un espejo de agua y hoy sólo queda tierra agrietada.

El 21 de marzo pasado, la Cooperativa Surgente —un colectivo que trabaja en ese territorio— hizo un llamado: recuperar la memoria del agua, reunirse a contar los momentos vividos en torno a la laguna, compartir anécdotas, abrazarse para alivianar la ausencia y “honrar el dolor”, es decir, transformarlo en motor para dar la pelea para que el agua vuelva.
Las causas de por qué la Carrilaufquen se secó son múltiples. Por un lado, una estancia ubicada en la naciente del arroyo Maquinchao —su principal fuente— desvió el curso de agua hacia sus campos, impidiendo que llegue a la laguna. Por otro, la región atraviesa desde hace años una crisis hídrica, producto de la falta de lluvias y la ausencia de deshielo como consecuencia del calentamiento global.
“En esa ronda de palabras salió muy fuerte esta idea de que los seres que habitan el agua se van. Y se van porque el agua está maltratada. Entonces, en realidad, estábamos todas y todos diciendo lo mismo. Y qué interesante es la interculturalidad cuando se transforma en transculturalidad, cuando nos transformamos y podemos sentir del mismo modo”, dice Carlos Irasola en diálogo con Después de la Deriva.

Esa forma de construir es una constante de la Cooperativa Surgente. Más de una vez, Carlitos ha dicho: “somos pocos, pero movedizos”, y ese movimiento de sus integrantes puso —y pone— en marcha numerosos procesos en la denominada Línea Sur de Río Negro.
Surgente se constituyó como cooperativa en 2007 y tiene su sede central en Ingeniero Jacobacci. “La idea fue conformar un espacio de técnicos, profesionales e idóneos en distintas temáticas para brindar servicios a otros espacios. Desde que comenzamos ya había problemas con el agua en la zona campesina”, cuenta Irasola.
Uno de los primeros colectivos con los que trabajaron fue la Cooperativa Ganadera Indígena, un espacio con 53 años de historia, conformado por paisanos y mapuches de todo el territorio, que se organizó “para comercializar mejor sus lanas, sus chivas y comprar conjuntamente lo que necesitan”, recuerda. También acompañaron durante muchos años a la cooperativa de agua.
En 2013 formaron parte de un proyecto llamado Climagua —en el que participaban universidades, el Estado y otras organizaciones— para trabajar sobre las cuencas de los ríos Huahuel Niyeo, Limay y Negro. Ya en ese momento advirtieron una disminución del 20% en el caudal respecto de sus niveles históricos.
“Nuestra tarea se focalizó en el cañadón del Huahuel Niyeo. Un compañero rediseñó bombas de agua pequeñas que permitían abastecer viviendas y animales, y también instalamos bombas que funcionaban con pequeños paneles solares. Es decir, trabajamos en distintos sistemas de detección, extracción y acopio de agua en la zona”, relata.
A partir de esa experiencia, Surgente comenzó a gestar diferentes articulaciones con vecinas, vecinos y organizaciones de Jacobacci.
“Lo que detectamos es que estas acciones resolvían problemas puntuales, pero la cuestión estructural no se modificaba: la tendencia era que cada vez hubiera menos agua. Los arroyos permanentes se volvían temporarios; los temporarios se secaban; las aguadas que surgen de las aguas subterráneas mermaban. Entonces empezamos a pensar cómo hacer frente a esto y conocimos experiencias que trabajan con el concepto de cuenca-territorio: no sólo pensar la cuenca hidrológica como el lugar por donde pasa el agua, sino como un territorio donde ocurren actividades humanas, donde hay intereses, conflictos, pueblos, cuencas altas, medias y bajas”, describe Carlos.

De esa idea nació otra experiencia: la Unidad de Gestión Integrada del Agua de la Cuenca Huahuel Niyeo, conformada por organismos estatales locales, provinciales y nacionales, universidades, comunidades originarias, vecinas y vecinos, y organizaciones de distinto tipo.
Durante dos años el colectivo funcionó: pensaron juntas y juntos, pero la irrupción del proyecto minero Calcatreu, con sus promesas de trabajo y progreso, tensionó ese espacio. La “gestión integrada” de la cuenca comenzó a desintegrarse: algunos dejaron de asistir a las reuniones y otros pasaron a defender la minería.
Surgente, sin embargo, sigue. Además de su trabajo con la Red de Alimentos Cooperativos Patagónicos y la tarea que desarrollan en la planta de reutilización de aguas cloacales, brindan talleres y capacitaciones en diversas temáticas: construcción de invernáculos, huerta integral, apicultura, cosmética natural y, en los últimos meses, siembra de agua.
“Hoy nos refugiamos en las y los compañeros de base: comunidades, cooperativas, sindicatos como Luz y Fuerza, docentes, la asamblea por el agua y otras y otros compas que están en la lucha antiminera, muralistas… una movida bien de base, bien horizontal”, cuenta.
Carlos reflexiona más allá de Surgente: “Nos encontramos en un momento inédito, entonces los modos de construir tienen que ser diversos. Y existen. En esos modos uno encuentra esperanza; eso es importante: encontrar esas militancias que se van poniendo objetivos. Hay que confiar en que el pueblo tiene esa capacidad, que tenemos historia, y que esta es una noche que va a pasar”.
Mientras tanto, en Jacobacci, la ausencia de la laguna sigue siendo herida y memoria. Pero también motor. Y en ese trabajo paciente, colectivo e incansable, la Cooperativa Surgente va buscando los modos para que los seres del agua regresen, y con ellos la laguna vuelva a llenarse.

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