Reconocida trabajadora de la música, Lea Bensasson encarna a “Mi gran casamiento hebreo” donde se explora como actriz y como persona en un festivo cariz vivencial en cuerpo y música
Por Sergio Arboleya

Gran cantante, inspirada compositora y notable manager de célebres compatriotas como Rubén Rada y Fernando Cabrera, Lea Bensasson asume en “Mi gran casamiento hebreo”, un unipersonal que escribió y protagoniza, otra faceta atravesada por su poderosa personalidad.
En la segunda función argentina que el jueves por la noche llenó el Café Berlín del barrio porteño de Villa Devoto y ante una platea mayoritariamente femenina, la artista uruguaya se lució en un show audiovisual de comedia que al escaparse del tradicional formato del stand up deja al descubierto cualidades histriónicas y expresivas que añaden matices al género y la muestran como nunca.
El tono autobiográfico para el que incorporó, además, canciones propias que entona con una voz tan intransferible como notable, y algunos pocos pero precisos pasos de baile y de actuación, le permiten a Bensasson trazar un desopilante relato que en su recorrido de unos 75 minutos muestra los mandatos sociales, el peso de las costumbres judías, un grito liberador, el cambio de costumbres, la potente figura materna, la búsqueda del amor y la determinación de una mujer por perseguir sus sueños.
Apoyándose en imágenes proyectadas en una pantalla a sus espaldas -un dispositivo cuyo funcionamiento distó de ser el ideal- Lea se permitió recordar a Norman Erlich y fue narrando su intensa existencia sin dejar de subrayar el decidido carácter que la anima: “Nunca fui la mujer que se esperaba que fuera. Y tengo un perro rescatado que es mi manera de maternar sin perjudicar a nadie”, explicó al inicio del espectáculo.

Y aunque como aperitivo del suceso que da nombre al show repasó tres desventuras románticas surgidas de apps de citas que denominó Instagarch, Mentinder y Chappen, tales tropiezos sirvieron para mostrar el carácter de una persona a la altura del personaje, la de una mujer con una vida intensa y una cualidad, la de ser, “muuuy viajada”, uno de los latiguillos que compartió con el público durante la velada.
“No soy comediante ni guitarrista, aclaro”, dijo antes de entonar a guitarra y voz la bella “Las tres Marías”, una canción ligada a uno de aquellos lances amorosos que la llevó a construir una amistad con alguien que era taxista y parte de Narcóticos Anónimos.
La propuesta, también enlazada por suerte de capítulos (“Una madre judía”, “Cantar y engordar” y “Las cantantes”, entre más), halla su cauce más delirante en la boda que se apoya en filmaciones de ese 1992, desde la ceremonia religiosa a la multitudinaria fiesta en la que, asegura con una franca sonrisa, “conocía a no más de 10 personas” y también resultó “un casamiento de otros al que yo me adapté”.
Ante la celebratoria mirada de Dalia Gutmann (impulsora de este salto de Lea a las tablas desde Chiaku Producciones) y del músico Kevin Johansen, entre otros colegas, la artista sumó las canciones “Para dudar” y la desafiante “La musa de Botero” que añadieron elementos a un perfil tan natural como jocoso que remató con otra pieza inspirada en cuando su madre le tejió una manta celeste y blanca en el impasse de su primer viaje profesional de Montevideo a Buenos Aires.
“Me despido con ‘Crochet’, un tema que debería llamarse ‘La colcha de mi madre’”, expresó resumiendo el espíritu irreverente de una aventura estética para la que Bensasson exhibe un don magnético que le augura otros caminos a su reconocida actividad profesional dentro de la música.

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