Alma gitana - Sofía Viola

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Alma gitana – Sofía Viola

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    Alma Gitana es quizá el más arriesgado de todos los discos de Sofía Viola. Nacida en Lanús, creció en las noches de milonga del Parakultural —donde su tío Omar Viola organizaba los míticos ciclos de tango. Con un recorrido en la música independiente y composiciones propias en todos sus discos, Viola ha recorrido América Latina, Europa y Estados Unidos con igual tenacidad juglaresca.

    Versátil, diversa, rítmica y atrevida es la música de este disco —o tal vez Sofía misma, ya que la obra parece fiel reflejo de la artista, su recorrido, su mixtura y su personalidad. El punto de partida fue un hallazgo doméstico: limpiando los cajones de su abuela encontró la foto de su bisabuela andaluza. «Gypsy de zona sur», se define. Eso, más la pandemia en la que vio junto a su madre cada capítulo de El Clon y la abrió a la música árabe de Egipto y Turquía. Así fue armando un universo de influencias que ya traía de chica —Lola Flores, Camarón, Gypsy Kings— y que encontró eco contemporáneo en El Madrileño de C Tangana y Motomami de Rosalía. Sobre Rosalía dice algo que vale para ella misma: «Nos dio permiso para hacer lo que queramos.»

    El disco fue producido por Juan Paio Toch —referente de la nueva canción cordobesa— y grabado en Estudios Islandia (Córdoba) por Sebastián Palacios, con masterización de Andrés Mayo. La premisa fue explícita: que no sonara a viejo. El resultado es minimalista: casi todo está tocado, hay programaciones pero no todo es máquina, y hay flauta, cello, percusión latinoamericana, ronroco, escalas de Medio Oriente en el sitar y palmas. Y un detalle particular y nuevo en su música: en Alma Gitana Sofía no toca ninguna guitarra. «Fue como estar desnuda en el supermercado. La guitarra es un escudo para cualquier cantautor.» afirma. Aquí la vulnerabilidad se convirtió en libertad.

    Las nueve canciones —ocho propias y una versión de «La devota», bolero de su amiga chilena Carla Vaccaro, transformado aquí en bachata— recorren un paisaje nómade y onírico que puede ir de las rumbas festivas de Andalucía a un reggaetón con aire mediterráneo, de una bachata que narra un amor infiel a una canción que funciona como mantra andino. Sofía usa el autotune no para corregir sino como recurso artístico —como lo hace la música egipcia moderna, como lo hacía Daft Punk— y lo incorpora con naturalidad, igual que esos toques de música árabe, tan lejanos al oído occidental, que aparecen sin exotismo ni explicación. Un disco pop, sin prejuicio. Lo que muestra es una artista completa que no solo sabe transitar distintos territorios sonoros sino que puede hacerlo dentro de una misma canción.

    Ale Simonazzi